Fernando Jáuregui – Aquella metedura de pata de Felipe González


MADRID, 19 (OTR/PRESS)

Creo, con sinceridad, que el ex presidente Felipe González se considera ya por encima del bien y del mal, dice lo-que-le-da-la-gana -faltaría más-, independientemente de que guste o no al «aparato» de su partido y, más allá de simpatías o antipatías personales, de negocios más o menos compatibles, hay que reconocer que en él sigue existiendo un estadista. Y un enorme político. Así que si Felipe González aboga a favor de una gran coalición PP-PSOE para el futuro «y si fuese necesario», eso no es algo que deba despacharse sin más como el «lapsus» de un señor cuyo cerebro va envejeciendo. Ni ha sido un «lapsus», ni González tiene mermadas un solo ápice sus importantes facultades mentales, ni, por cierto, es el único que cree que un gran pacto, que llegue hasta una «grosse koalition», sería una buena solución para la política española.
Otra cosa es que González haya tenido que pedir disculpas a los actuales líderes del PSOE, que bastante desdibujada han encontrado ya su campaña electoral entre preparativos de primarias, mociones de censura en Extremadura, socialistas catalanes a la greña y un Rubalcaba que quiere estar en todos los frentes y, simplemente, no llega a todos los escenarios posibles y deseables. Claro que ni en el PSOE ni en el PP cabe hablar, precisamente ahora, de futuros pactos, y menos de coaliciones: es la campaña electoral, estúpido, podríamos decir, retocando la célebre frase dedicada a la economía. Y en campaña electoral lo que se lleva, ya digo, es sacudirse de lo lindo, recordar herencias, hablar del incompetente del otro lado. No es momento de construir nada y consta que hemos perdido un tiempo precioso, en estos dos últimos años sin elecciones, para haber logrado acuerdos sobre grandes reformas políticas. En fin, de nada sirve, si no es para aprender la lección, llorar sobre el agua derramada; lo malo es que nadie parece deseoso de aprender lección alguna.
Pero ya digo: incluso el Consejo de la Competitividad, que agrupa a los «grandes» de nuestra economía, se pronunció, en el último encuentro con Rajoy, por esta solución futura del Gobierno de coalición. Al fin y al cabo, lo que nos dicen las encuestas es que, de seguir esta tendencia, ni PP ni PSOE podrán gobernar en solitario, y tendrán que pedir ayuda. ¿A los partidos pequeños, tratando de lograr alianzas con los nacionalistas vascos y/o catalanes, o con UPyD? Eso nos llevaría a esquemas «a la italiana», sin un dibujo claro de poder. ¿Una alianza PSOE-IU, «a la andaluza»? Ya hemos visto que el «frente de izquierdas» puede llegar a ser un polvorín, y, si no, que se lo digan a la presidenta andaluza, Susana Díaz. Quedaría, entonces, la gran coalición PP-PSOE, con un programa regeneracionista que incluya, entre otras cosas, la modificación de algunos puntos de la Constitución para arreglar problemas con las «nacionalidades históricas».
Claro, uno no es Felipe González, ni miembro del Consejo de la Competitividad, ni reside en La Zarzuela, donde me aseguran que esta salida no se contemplaría con malos ojos. Uno es, simplemente, un mirón de la cosa política desde hace ya demasiadas décadas. Ya en 2007, en un libro titulado «La Decepción», que llevaba los retratos de Zapatero y de Rajoy en la portada, escribí que la gran coalición, que tan buenos resultados da ocasionalmente en ese gran país que es Alemania, sería un buen remedio contra lo que se avecinaba. Pero entonces el inquilino de La Moncloa pensaba que vivíamos en el mejor de los mundos posibles y el líder de la oposición vaya usted a saber qué pensaba realmente; quizá en todo menos en formar una coalición con Zapatero. Estoy convencido de que si esa gran alianza se hubiese concretado, muchos avatares no deseables y ciertos daños que se han producido en estos siete años de vacas flacas habrían sido limitados y controlados.
Ahora te dicen, unos y otros, en público (no siempre es lo mismo que te dicen en privado), que España no está preparada para una gran coalición. Como si hubiese países aptos para esta fórmula política y otros a los que el destino nos ha negado esta posibilidad. Lo que ocurre es que, incluso a la hora de argumentar las razones por las que no se hace nada, algunos nos toman por tontos de remate. Y eso sí que no.

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