Fernando Jáuregui – ¿Cómo combatir la abstención, tras una campaña de pesadilla?.


Los principales dirigentes políticos, en los mítines de cierre de campaña, hicieron llamamientos casi desesperados a la participación en la jornada electoral de este domingo. ¿Vano intento? Abstención, abstención… Es la palabra más repetida en los círculos políticos de toda Europa. Más en España, donde el interés en la jornada de reflexión se centraba en otra cosa, en otro lugar.
Si usted ha visto la televisión, escuchado los noticieros de radio y/o leído los periódicos en las últimas horas, habrá comprobado sobradamente que la Champions, en su final madrileña este sábado en Lisboa, ha derrotado ampliamente a la recta final de una campaña electoral unánimemente calificada como soporífera, anodina, inane. Frustrante, en suma.
A las decenas de miles de españoles que las televisiones nos han mostrado desplazándose hacia la capital portuguesa, o en pleno alboroto en la Avenida da Liberdade, me parece que les importaba bastante poco la cita con las urnas de este domingo: lo único que interesaba de Europa parecía ser la final de la Copa. No sé cuánto importaba esta cita a los demás, estuviesen o no pendientes de la pequeña pantalla en la noche del sábado futbolero.
En todo caso, la campaña se nos ha ido entre acusaciones de machismo, de criticar el rostro de Ribery, de debates en torno a una ley del aborto que probablemente jamás verá la luz… Poco de sustancia verdaderamente «europea», en momentos en los que Europa empieza a reiventarse, poco sobre la defensa del Viejo Continente cuando los analistas más lúcidos tiemblan ante el renacimiento del antiguo nacionalismo ruso -a ver qué ocurre en esta jornada electoral en Ucrania- y ante el incremento de la «invasión» inmigrante ilegal por el sur, un incremento que influye no poco sobre el euroescepticismo. Y, claro, influye sobre el desencanto ante la falta de soluciones «europeas». Y, al final, sobre la abstención. Todos tiemblan ante esta palabra.
Preguntas: ¿A cuál de las formaciones en liza perjudicará más la parece que inevitablemente alta abstención, se debe a una voluntad de castigo, se deba a desinterés del electorado? ¿Qué consecuencias tendrá para los dos «grandes» partidos el desinterés ciudadano? Momento será, dentro de pocas horas, cuando se conozcan los resultados, de analizarlo: podría, en caso extremo de debacle, hasta haber dimisiones, rara avis por estos pagos. De momento, me parece que todos, hasta los «menores» en ascenso, suspenden. Los mítines, hace no tantos años, congregaban a treinta mil personas: ahora, reunir a dos millares, en los actos centrales de la campaña de los principales líderes, ya se considera un triunfo. Y medir la eficacia de las redes sociales a la hora de hacer campaña es algo aleatorio, visto cómo andan las redes, que algún día habrá que analizar su benéfica (¿o maléfica?) influencia.
Sobre la campaña han pesado, para colmo, acontecimientos luctuosos que, como el asesinato de la presidenta de la Diputación de León, Isabel Carrasco, han ejercido una influencia lamentable -y bien que he podido comprobarlo- sobre el cuerpo social. Y han pesado errores de comunicación de los candidatos -sobre todo, hay que reconocerlo, de Miguel Arias-, una pésima preparación de las campañas y toda suerte de factores exógenos, desde la situación económica -Standard& Poor»s ha echado una mano a última hora, mejorando la calificación del Reino de España- hasta las manipulaciones de Artur Mas, presentando sus urnas de cartón en el último día de la campaña, generando así la sensación de que «lo de Cataluña» se agrava. Ante la aparente pasividad -parece que no lo es tanto- del inquilino de La Moncloa.
Más preguntas: ¿cuánto influirá en la votación, o en la no votación, ese ejército de desempleados que, en su mayoría, se ha tenido que limitar a contemplar con envidia cómo miles de compatriotas escapaban a Portugal a gastar miles de euros en un viaje deportivo-lúdico? No lo sabremos hasta las próximas horas. Pero seguro que la coincidencia de la emocionante final futbolística con la jornada de reflexión no incide precisamente en la hondura de la meditación acerca de si ir o no a votar, y, en caso afirmativo, a quién.
En contra lo que trasluce de tantos comentarios despectivos, creo que los candidatos que encabezan las listas hacia las europeas son bastante estimables: Arias Cañete, con quien compartí pupitre durante años, es un hombre preparado, a quien ocasionalmente traiciona un carácter demasiado expansivo; sus «lapsus», en todo caso, se olvidarán ya esta misma noche de domingo, y creo que le espera un buen futuro como eurocomisario: el martes tendrá que negociarlo Rajoy en Bruselas. Elena Valenciano, a quien también conozco desde hace tiempo, ha aportado una nueva frescura a la vida política, se diga lo que se diga sobre su currículum. Willy Meyer, de IU, es persona de coherencia probada, se esté o no de acuerdo con sus planteamientos. Sosa Wagner, el candidato de UPyD, es un hombre serio, que sabe lo que dice y que no siempre comparte la alegría verbal -vamos a llamarlo así- de su jefa de filas. He tratado poco a Tremosa y nada a Terricabras, pero no me parece, ninguno de los dos, lo más vociferante e insustancial de las opciones a las que representan: mucho peores son, en mi opinión, Mas y Junqueras. Y me interesan los «tertulianos» Nart, Pablo Iglesias y Vidal Quadras, cada uno con sus luces y sus sombras, más de lo primero, cada uno en su estilo, que de lo segundo.
Lo que falla no son los candidatos. Es el sistema. Estas campañas no dan más de sí, como tampoco se sostienen ya las actuales estructuras de los partidos, de los sindicatos, de las patronales, de ciertas instituciones, de no pocas leyes, comenzando por la injusta normativa electoral. Unas campañas con debates serios en los medios, haciendo propuestas reformistas o mejor regeneracionistas, de futuro, hubiese congregado mucho mayor expectación. Se apostó por lo banal, por lo anecdótico, por los ciento cuarenta caracteres de Twitter. No se discutió ni siquiera sobre las ventajas, o no, del bipartidismo, de un futuro Gobierno de coalición -como sugirió Felipe González-, sobre las propuestas de cambios en la Constitución. Y menos aún, sobre Europa, su futuro, sus ventajas, sus flaquezas. ¿Por qué, entonces, se iba a tentar a los españoles a votar? ¿Votar sobre el presunto machismo de Arias, sobre si a Valenciano le gusta o no el rostro de Ribery, sobre si Ramón Jáuregui es demasiado indulgente con lo que hace un enloquecido compañero de su partido vasco? ¿Votar sobre los «brotes verdes» de Rajoy, sobre si Rubalcaba es o no el mejor ante las primarias del PSOE, sobre la actitud hipercrítica de Rosa Díez, sobre las afirmaciones demoledoras de Cayo Lara? Menudas propuestas para caminar hacia la unidad y la prosperidad de Europa.
Cuando escribo, tengo la jornada de reflexión casi tras de mí. Me digo que lo políticamente correcto es aconsejar, desde cualquier tribuna que se pueda ocupar, que la ciudadanía acuda a votar. No sé en qué estará pensando cada uno de los electores cuando acuda a su colegio electoral en esta jornada de domingo; sé, en mi fuero interno, que es mejor ir al encuentro de las urnas que no ir. Pero no sé si podría acertar a explicar, más allá de los tópicos, por qué. ¿Para qué votamos? Quizá para poder seguir haciéndolo.

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