Fernando Jáuregui – También hasta el PP está llegando el vendaval de la reforma.


MADRID, 31 (OTR/PRESS)

Han sido siete días que han empezado a cambiar España. Los movimientos en el mundo político, azuzado por los resultados de las elecciones del pasado domingo, han sido frenéticos. También lo están siendo en el seno del PP, más lento de movimientos reformistas que el PSOE, pero consciente de que, simplemente, así no se puede seguir, por mucho que se declare, y lo sea, vencedor en los comicios y por muchos «brotes verdes» que registre la economía y que siguen sin hacerse patentes para el común de la ciudadanía.
Menos de una semana después de la celebración de las elecciones europeas, todos los sectores políticos constatan que un auténtico «tsunami» se cierne sobre la política española, en busca de cambios que acerquen al electorado a unos partidos hacia los que la ciudadanía ha mostrado cuando menos desapego. El PSOE, el más castigado por los votantes, está liderando una acelerada reconversión, cuyos detalles concretos conoceremos a partir del lunes, pero todo indica que la «estrella emergente» en el partido, la presidenta de la Junta andaluza, Susana Díaz, será secretaria general y, luego, candidata a La Moncloa tras las primarias. Puede que sea aún un poco pronto para ver dónde quedarán las restantes figuras que se postulan para ocupar las máximas responsabilidades en el que aún es el principal partido de la oposición: Eduardo Madina, Pedro Sánchez o Carmen Chacón son los nombres que ya han emergido, pero puede haber otros que meditan su salida al ruedo, como el navarro Juan Moscoso.
La evidencia de la desafección ciudadana también salpica, con su rotundidad, las playas del Partido Popular, donde ya han comenzado a estudiar posibles cambios y reformas que van mucho más allá del inmovilismo mostrado, al menos oficialmente, por un Mariano Rajoy centrado, al parecer, en lograr situar a los representantes españoles en cargos clave en la Unión Europea, en cuyo seno también se adivinan cambios propios de una nueva era: tanto en Gran Bretaña, en Alemania -menos-, en Italia o, sobre todo, en Francia, se advierten terremotos acaso no de la intensidad del que está experimentando España, pero sí de consideración, en el sentido de que los líderes han comprendido que no pueden seguir gobernando como se ha hecho tradicionalmente hasta ahora. Y lo propio ocurre en las estructuras de la propia Unión, donde los «manejos» de la poderosa señora Merkel no van a poder impedir, ni probablemente ya lo pretenden, la elección de Juncker como presidente de la Comisión. Al fin y al cabo, ha sido el ganador de las elecciones, aunque no convenza.
Advierten algunos medios que son buenos conocedores de las interioridades del partido en el poder que en el PP se ha abierto una reflexión muy seria que va en una triple vía: primero, cambios legislativos en profundidad -que afectarían también, y esta hipótesis se abre paso al fin en círculos monclovitas, a la Constitución, en lo que se refiere a la relación con Cataluña y a la estructura territorial, así como a temas que ya están «desfasados», como los artículos que afectan a la sucesión en la Corona, al Senado, al servicio militar y a la incardinación de España en Europa. Segundo, reforma en la estructura del Gobierno, pese a las patentes reticencias de Rajoy, cuya tozudez en este terreno «va más allá de lo razonable», según reconoció a quien suscribe un miembro del Ejecutivo, que admite que hay varios ministros «quemados». Tercero, la reforma en el seno del propio partido: el PP no funciona correctamente, como se ha evidenciado, una vez más, en la campaña electoral. La secretaria general tiene malas relaciones con un vicesecretario y con la propia vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, quien, pese a las críticas de algunos ministros -el famoso «grupo de los cinco»-, mantiene su poder e influencia, y a la que se considera eje de los impulsos reformistas. Y atención, por cierto, a los «populares» madrileños (a Esperanza Aguirre, por tanto), que, inmersos en la angustia de tener que ganar sus propias elecciones en marzo, están tratando de convertirse en los abanderados de los cambios «desde el poder».
Crece en el PP el número de partidarios de iniciar «ya» un diálogo con Artur Mas, que evite la que otros consideran ya casi inevitable entrega de las estructuras de poder catalán a Esquerra Republicana de Catalunya. No deja de ser significativo que desde el Círculo catalán de Economía le hayan soltado a la cara al president de la Generalitat que debe dar «otra oportunidad» al diálogo. Y piensan que debe ser un diálogo a tres, en el que esté muy presente Duran i Lleida y en el que intervenga activamente -sospecho que ya lo está haciendo- el «enterrado» (lo dijo él con humor en Sitges) Rubalcaba, aun después de que abandone su cargo de secretario general del PSOE en el congreso extraordinario que él mismo ha convocado y que no parece que vaya a ser tan confuso ni tan complicado como algunos medios, acaso hostiles, han vaticinado en los últimos días. Habrá que aguardar a ver si se produce un acuerdo de fondo entre los que se habían manifestado aspirantes a candidatos para dirigir el partido, y que se han visto patentemente sorprendidos por los cambios de rumbo tras las elecciones.
Queda, en fin, el fenómeno emergente, «Podemos», cuyo dirigente, Pablo Iglesias, modera su lenguaje y se muestra posibilista a la hora de analizar el futuro: aseguran que ya están en marcha los contactos «preliminares» con Izquierda Unida de cara a formar un frente para las elecciones municipales y quizá autonómicas en varios puntos de España, señaladamente Madrid. Se diría que ya se advierte en el horizonte, con diez meses de antelación, una nueva, larga, transformadora, precampaña electoral. Algo que «curiosamente, puede ser para bien», en opinión de parlamentarios de todos los grupos consultados por quien suscribe, que constata que el viento del cambio recorre -¿al fin?- los pasillos del Congreso.

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