No te va a gustar – Todos los síntomas de la nueva era


MADRID, 2 (OTR/PRESS)

Cuando falleció Adolfo Suárez, hace poco más de dos meses, todos advirtieron que se abría una nueva era: solamente la figura de Don Juan Carlos quedaba en activo para conectar esa nueva era con la de la transición a la democracia que se abrió a la muerte de Franco. Ahora, de aquella época ya no queda prácticamente nada, y los indicios de que se iniciaba una etapa diferente en la democracia española eran múltiples, desde los resultados de las elecciones del pasado 25 de mayo hasta la dimisión como líder de la oposición de un «histórico» como Alfredo Pérez Rubalcaba. Ahora, todo se ha consumado oficialmente: el futuro ha empezado ya y resulta impensable pretender que todo va a seguir como estaba.
Creo que, con su abdicación, el Rey doliente y solitario -menudo rostro de tristeza en su despedida- ha prestado un último servicio a España: hay que dejar paso a las nuevas generaciones, nos dijo en su mensaje de despedida. Era algo que le pedíamos, con respeto y hasta con afecto, muchos, incluso bastantes que, como yo mismo, se proclaman monárquicos. Don Juan Carlos ha abierto la puerta a una nueva época, la de quien será Felipe VI. Un hombre en plena madurez a sus 46 años, sólidamente preparado y que jamás ha cometido, hasta ahora, errores en su trayectoria como sucesor en el Trono de España. Hay quien ha tratado de debilitarle a través de críticas, no siempre justas, a su mujer, Doña Letizia Ortiz; pero lo cierto es que las encuestas muestran un ascenso imparable en la popularidad del Príncipe de Asturias, acaso en detrimento de la de su padre, especialmente a raíz de los últimos «deslices» del Monarca, como la famosa cacería en Botswana.
Sin duda, los cuarenta años de Don Juan Carlos en la jefatura del Estado han tenido muchísimo más de positivo que de negativo, y así lo subrayaron este lunes numerosos medios extranjeros. Pero eso, ahora, queda para las hemerotecas de esta jornada de comienzos de un junio que se adivina trepidante de acontecimientos. Como debe orillarse, pienso, tanto cotilleo que acompaña habitualmente a la familia real. Y como debe, me parece, incluso aplazarse ese debate Monarquía-República que ha rebrotado inmediatamente al conocerse la noticia de la abdicación del Monarca: en tiempos de crisis, advertía Iñigo de Loyola, no deben hacerse mudanzas. Pedir, como se apresuró a pedir el líder de «Podemos», Pablo Iglesias, este mismo lunes desde pantallas amigas, un inmediato referéndum sobre Monarquía-República, sería, creo, lo peor que ahora podría hacerse. No está el horno para esos bollos, ni mucho menos.
Lo importante ahora es tratar de adivinar cómo será la «nueva» Monarquía española, encabezada por el Príncipe Felipe. En una ocasión, me reconoció que entendía que él tendrá que ganarse el puesto día a día, como cualquier trabajador. Admitía también sus privilegios y era consciente, creo, de los cambios, incluso constitucionales, que, en relación con el papel de la Corona, deberán producirse en esta nueva era, aunque ha de ser el poder civil, el Gobierno, quien propicie esos cambios.
También consta la preocupación del Rey, y del Príncipe, por lo que está ocurriendo en Cataluña. No han faltado fuentes aparentemente cercanas a La Zarzuela que opinasen que el jefe del Estado era más partidario del diálogo de lo que aparentemente lo es el jefe del Gobierno, y se añadía que lo mismo ocurría con el Príncipe. Pero la verdad es que tanto Don Juan Carlos como Don Felipe han evitado siempre evidenciar el más mínimo roce con los representantes políticos, e incluso en el caso de Carlos Arias Navarro, el presidente del Gobierno que sucedió a Carrero Blanco, el Rey presentó, en 1976, como una abdicación, recompensada con un marquesado, lo que claramente era un cese por incompatibilidad.
Pienso que esa tónica de prudencia será seguida escrupulosamente por Felipe VI, que va a intensificar su presencia en todos los territorios de España, comenzando, naturalmente, por Cataluña y el País Vasco. Confiemos en que el inminente nuevo Rey recoja también el testigo de Don Juan Carlos cuando pidió «regenerar» la vida política, en su último mensaje de Navidad. Y esperemos que a Don Felipe le hagan más caso que a su padre. Y que su padre, aunque apartado de la primera línea, guíe con su consejo y su experiencia al nuevo Monarca, que de ningún auxilio podrá prescindir al iniciar su reinado.

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