Siete días trepidantes – Un país en busca de autor.


Llámeme usted excesivamente optimista, si quiere; soy plenamente consciente de que transitamos por parajes nuevos y, sin embargo, archiconocidos, donde podemos volver a tropezar con las mismas piedras, ocultas en los mismos recodos del camino. Pero tengo la sensación -no es más que eso, claro- de que los españoles comenzamos a ver un horizonte algo más rosado, empezamos a perder algo -algo- de ese nacionalpesimismo que sin duda es lo peor de nosotros. Nos hemos asomado esta semana al Cambio con mayúscula, que es lo contrario de los parches, con minúscula, que se nos vienen aplicando con mayor o menor éxito.
Pongamos, si usted, amable lector, quiere, que la abdicación del Rey, deseada por mucha más gente, dicen las encuestas, de lo que proclamaban los altavoces oficiales, ha abierto una espita de esperanza regeneracionista. Claro que quienes dicen hablar en nombre del inminente Felipe VI dicen que se trata solamente de continuidad, que ese Cambio no tiene por qué ver algo con el ascenso al Trono del Príncipe de Asturias, que por cierto sigue sin cometer un solo error en estos dificilísimos días del traspaso; incluso la prensa menos hagiográfica elogia estos días a doña Letizia, la inquieta periodista que está a punto de convertirse en reina de España, abriendo una página inédita en la historia de este país.
Pero claro que la llegada de Felipe VI va a suponer muchas cosas, se quiera o no. Ya se ha dicho hasta la saciedad que esta abdicación abre formalmente una nueva era que ya estaba ahí. Pero si al colorido de los fastos por venir le añadimos la insistencia con la que nos repiten, desde instancias nacionales e internacionales, que la situación económica mejora con claridad, que la crisis es ya cosa del pasado, y además resulta que esa insistencia tiene éxito en la confianza de la ciudadanía, porque está basada en hechos tangibles, pues resulta que ya tenemos ahí un segundo factor para la esperanza. Ahora hay que cimentarla asegurando una transición que suponga un apoyo para la nueva pareja real, que es tanto como decir para el «statu quo» que a todos interesa: no es el momento, creo, de ponerse a discutir si son galgos o podencos, porque estamos en unos momentos muy delicados para cimentar el futuro.
Claro que hay elementos preocupantes en estos momentos de transmisión de la jefatura del Estado. A mí me inquietan más esos que quieren tirar la Constitución a la cabeza de cuantos piden cambiar la marcha que quienes desean un cambio radical en ese «statu quo», ya se trate de introducir el referéndum Monarquía-República o de consultar a los catalanes sobre si quieren o no seguir siendo españoles. Me parece que no hay que ceder en la firmeza en el cumplimiento de las leyes, eso sí; pero considero muy peligrosas esas afirmaciones, en boca nada menos que del fiscal general del Estado, aplaudido como corresponde por el ministro de Justicia, en el sentido de que «lo que está en la Constitución, está en la Constitución, y lo demás no existe ni política ni socialmente».
Yo creo que todas las voces, todas las aspiraciones, existen, faltaría más, aunque algunas estén -como yo creo que lo están- equivocadas a la hora de plantear una ruptura con la forma del Estado o con la configuración territorial. Me parece que el debate es, en todo caso, legítimo, y que a quienes nos sentimos representados por la mayoría «constitucionalista» en las Cámaras nos toca convencer a los demás de nuestras buenas razones, no imponerles el silencio ni aplicarles las más burdas descalificaciones. NI siquiera cuando, como hizo el portavoz de la Generalitat catalana esta semana, algunos se retratan en su zafiedad diciendo que la abdicación del Rey se produjo por «intereses familiares». Ni siquiera cuando alegan no sé qué viaje absurdo para no estar presente el representante del Estado español en Cataluña en la coronación del Rey, que es también su Rey; menos mal que parece que Mas va a rectificar, de la misma manera que ha hecho matizar al portavoz Homs su grosera barbaridad.
Y así andamos, entre la esperanza, la burla, la épica y la caricatura. Nunca mejor aplicado aquello de que España es un país en busca de autor: andan buscando su propio libreto en el PSOE, con todas las idas y venidas que una remodelación completa conlleva. Y creo que también en el PP y en el Gobierno, donde parecen pensar que en boca cerrada no entran moscas, han entendido el mensaje, la lección de esta semana que concluye. La palabra es Cambio, se escribe con mayúscula y se aplica precisamente en un régimen de continuidad y normalidad, como si no pasara nada. Que vaya si pasa.

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