La semana política que empieza – El Príncipe, al ordenador, prepara su discurso.


MADRID, 15 (OTR/PRESS)

Naturalmente, desconozco el contenido exacto del discurso que el nuevo Rey Felipe VI dirigirá a la nación cuando el jueves hable a los españoles tras la ceremonia de su coronación en el Congreso, aunque sí intuyo los nombres de algunos de quienes están asesorándole acera de lo que debe o no decir, y en qué tono ha de hacerlo. Tengo gran confianza en algunas de las personas que han estado en torno a Juan Carlos I estos años -Aza, Spottorno, Javier Ayuso- y sé de sus valiosos consejos al Monarca, que en alguna ocasión creo saber que ha dado a entender que los errores cometidos eran suyos, solamente suyos y perpetrados contra el criterio de las gentes de la Casa… y, desde luego, contra el criterio del Príncipe de Asturias, que de ninguna manera ha caído en errores semejantes, al menos que sepamos.
El Príncipe ha tenido muchos preceptores, no demasiados asesores y una infraestructura de personal claramente escasa: a veces daba la impresión de ir solo por el mundo acompañado apenas por el omnipresente Jaime Alfonsín, acaso la persona más discreta y con una dosis mayor de renuncia al protagonismo que conozco. Puede que esta presencia constante haya salvado al Príncipe de muchos charcos, quién lo sabe. Pero el mantenimiento de Alfonsín al lado de Felipe de Borbón durante todos estos, tantos (casi veinte), años, habla claramente de que entre ambos no ha habido episodios de irritación como los que jalonaron las relaciones de Juan Carlos I con personas tan estimables como Puig de la Bellacasa o Sabino Fernández Campo; el Príncipe, y he podido ser testigo de ello, cuenta hasta diez, o hasta cien, antes de estallar y, una vez finalizado el conteo, prima el autocontrol sobre cualquier otra cosa.
Durante meses, y con mi compañera Pilar Cernuda y bajo la dirección de Pedro Erquicia, participé en un reportaje para TVE sobre los treinta años de vida de Felipe de Borbón. Comprobé hasta qué grado el entonces joven Príncipe se estudiaba los temas: nada deja a la improvisación, y nada va a quedar a la intemperie este jueves, cuando pronuncie el discurso más importante de su vida. Porque tendrá que dirigir sus palabras a todos: también a los que se llaman republicanos -me cuesta creer que Cayo Lara haya pensado en no asistir a la ceremonia-, a quienes dicen que quieren dejar de ser españoles, a los de «Podemos» asamblearios, a los del PSOE que quieren abrir, desde la segunda formación del país, el debate sobre la forma del Estado, a la legión de parados, a los descontentos de toda laya.
Sería una equivocación mayúscula, en la que estoy seguro de que no va a caer, componer el texto pensando en quienes apoyan explícitamente a la Monarquía y que el sistema siga igual, o en el Ibex, o en las cancillerías extranjeras. Ni bastará con palabras grandilocuentes o de magnífico sonido, pero carentes de ese tono metálico de las realidades. Habrá de comprometerse, y eso no es algo que se pueda hacer a humo de pajas, a reinar de una determinada manera, que no será la misma de Juan Carlos I, porque las circunstancias son distintas; mejores en algunas cosas, peores en otras. Don Juan Carlos inauguraba una Constitución, don Felipe verá cómo, inevitablemente, se reforma. Juan Carlos reinó sobre una generación de políticos de enorme talla; su hijo ha de hacerlo en medio de una crisis de valores intelectuales y morales. Tendrá que agarrar ese toro por los cuernos, no dejarlo todo a la interpretación de los comentaristas, ser mucho más explícito de lo usual. Las medias tintas, estimo, no convienen ahora, ni nunca más. Ya que los políticos no crean ahora esa atmósfera que ilusiona a los ciudadanos, le va a tocar a él hacerlo, nada menos.
No creo que Felipe VI lo fíe todo a quienes le aconsejan. Ni, desde luego, a su padre con quien me dicen que ha experimentado últimamente una mayor cercanía. Menos aún, al Gobierno. Estoy seguro de que «meterá pluma» personalmente, eso por lo menos, en un texto que va a ser escuchado, analizado, medido y radiografiado hasta extremos obsesivos. Y no solamente en España, claro está. Su responsabilidad, este jueves, va a ser enorme. Lo mejor es que lo sabe: estos días multiplica sus apariciones junto con la futura reina doña Letizia; pero conocemos que está robando horas al sueño y a sus hijas dando a las teclas del ordenador. No bastará con una pieza de compromiso: se le pide todo un programa de acción, que se la juegue en un momento crucial para el país sobre el que Felipe VI reinará, confiemos en que, como su padre, muchos años y en una España próspera y el paz. Los tiempos no van a ser fáciles, pero él puede con ello.

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