Charo Zarzalejos – Jornada impecable.


MADRID, 19 (OTR/PRESS)

Fue la de ayer jueves una jornada excepcional. Una sucesión en la jefatura del Estado no se produce todos los días. Pero además de excepcional fue una jornada impecable en el fondo y en la forma. El asunto de fondo era el esperado discurso del Rey Felipe VI y fue un discurso impecable. Y lo fue porque siendo bien consciente de los limites constitucionales de su papel, el Rey se acordó de los que peor lo están pasando reclamando ara ellos especial atención y recordó su papel que no es otro que el alentar, mediar, escuchar. Fue impecable porque aun siendo consciente de los nuevos tiempos miró para atrás sin nostalgia y si como trampolín de impulso para seguir mejorando y ello pleno de reconocimiento y gratitud hacia quienes han venido haciendo posible una España en libertad. Fue impecable porque como Jefe de Estado recordó la unidad de España, que no su uniformidad y nos invitó a todos a sentirnos orgullosos de nuestro país. Fue impecable porque asumió como propias las exigencias de ética y principios morales en el quehacer publico y fue impecable porque se puso como reto que nosotros los españoles lleguemos a sentirnos orgullosos de su tarea.
Fue impecable al recordar con emoción a su padre el Rey Juan Carlos, motor de la democracia, y a su madre la Reina Sofía por toda una vida de trabajo. Fue impecable y justo al poner ese punto de emoción y afecto a quienes le han precedido y fue impecable al recordar a las victimas del terrorismo. Fue impecable al invocar el acuerdo, la tolerancia, el diálogo y el esfuerzo compartido.
Esta opinión sé bien que no es compartida por muchos que como en el caso de Urkullu y Artur Mas solo se hubieran sentido satisfechos si el Rey, saltándose la Constitución, les hubiera dado la razón en sus pretensiones. Otros habrían querido que arremetiera contra el FMI o teorizara sobre el «austericidio». Estos descontentos solo indican desconocimiento del papel del Rey Felipe VI que ayer, con su discurso impecable, demostró saber bien cual es el terreno en el que debe jugar. La jornada fue impecable porque, además, todos supieron estar en su sitio y saber estar no siempre es fácil. La Reina Sofía, emocionada y discreta, lanzó un beso a su hijo. La Infanta Elena no ocultó sus lágrimas de emoción, Froilán fue el Froilán de siempre y la Reina Letizia, escrutada sin piedad una y mil veces, estuvo impecable. Impecable fue su vestimenta e impecable fue su actitud. Ni rastro de envaramiento ni de gesto contraído. Fue impecable la mezcla de solemnidad y afecto. Impecables estuvieron los presidentes autonómicos, con las excepciones ya señaladas y contundentes, muy contundentes las medidas de seguridad que disuadieron a mucha gente porque los controles de acceso a algunas zonas resultaron imposibles. En el último momento y con acierto, los reyes se desplazaron al Palacio Real con el coche descubierto.
En la soledad de Zarzuela, el rey Juan Carlos, quizás acompañado por la Infanta Cristina que ayer estaba en Madrid, siguió por televisión las consecuencias de su libre decisión. Los avatares de la vida y él ha tenido muchos, dejan huella pero es seguro que se sintió orgulloso. Hoy, después de una jornada impecable, llega la hora de la verdad y la verdad de la realidad española es una realidad compleja en la que confluyen los efectos sangrantes de una crisis sin precedentes y abatida por el descreimiento. No le toca al Rey Felipe VI tomar medidas concretas, ni juzgar los casos de corrupción, ni interferir en las decisiones del parlamento catalán o del Congreso de Diputados. No está en sus manos que el PSOE salga bien parado de su proceso interno o que Rajoy haga o deje de hacer una crisis de Gobierno. A Felipe VI le corresponde hacer de la Monarquía una institución ejemplar, un referente de honradez y transparencia, un motor para encauzar los cambios necesarios. Le corresponde instar al entendimiento y a la tolerancia, preservar en su diversidad, ya reconocida como en ninguna otra parte del mundo, la unidad de España y ser garante de nuestros derechos y libertades. No hay ningún motivo para pensar que el Rey Felipe VI vaya a defraudar. Ayer, desde luego, no lo hizo.

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