España estrena monarquía sin Dios ni Evangelio.


Parece una contradicción que una institución tan clásica, tan rancia, tan obsoleta, tan poco necesaria, tan anacrónica, y tan, tan, tan, siga los patrones de la vorágine actual, donde hechos y noticias se suceden y duran lo que un suspiro. El anuncio de la abdicación, la ley, la abdicación y la coronación por la vía de urgencia choca de frente con los protocolos relacionados con los dioses. Porque de eso hablamos; de la escenificación de un mito; de la renovación del rey-dios-héroe civilizador a imitación de lo acontecido in illo tempore, es decir, al inicio del mundo. Reyes y emperadores han sido en todas las culturas los representantes directos de los dioses, que garantizaban en la tierra el orden cósmico celeste. En determinadas fechas el rey y la reina se retiraban a sus aposentos, en presencia del pueblo, y realizaban la hierogamia sagrada –perdón por el pleonasmo—, es decir, copulaban para garantizar la descendencia y continuidad de la dinastía, para que el orden se mantuviese. En el alma colectiva, aún está vivo ese sentimiento de adoración y búsqueda de protección. Lo estamos viendo estos días en las loas desmedidas al Rey saliente y al entrante; sentimiento que poco o nada tiene que ver con la razón o la cultura. ¿Cómo se explica si no, que –dejando a un lado intereses personales o profesionales— personas bien formadas intelectualmente puedan admitir despropósitos como la inviolabilidad, la sucesión por nacimiento, u otros privilegios discriminatorios con el resto de los ciudadanos? El inconsciente colectivo se manifiesta asimismo en la adoración que despiertan en el gran público las niñas de los nuevos reyes. Leonor y Sofía son los frutos de su unión sagrada, que garantiza la continuidad de esa sangre azul de la estirpe, para que la vida en la tierra –España—, reflejo del orden cósmico, continúe su curso. Hay que decir que las niñas son preciosas y están muy bien educadas, pero de ahí a decir que Letizia, aparte de reina, se coronó como madre, me parece una hipérbole babosona rayando lo absurdo.

La coronación estuvo marcada por los extremos. A un lado, los radicales de la izquierda, con Podemos como fuerza reivindicativa emergente, seguidos por los Llamazares, los Laras y grupúsculos republicanos de todo jaez, ¡y Verstringe!, que ya es un clásico, más los independentistas vascos, catalanes y gallegos, que hicieron feos, desplantes, protestas y manifestaciones. Piden referéndum ¡ya!, y hacen demagogia al por mayor.

Y en el otro extremo, camparon los espiches y escritos melosones y manipuladores de los cortesanos que, ajenos a la verdad y a lo justo, hablan por hablar, y escriben por escribir aunque sea a costa de plasmar una realidad inexistente. Visto lo visto, ¿qué espacio nos queda para los pacíficos republicanos, de derechas y católicos, que no queremos oír hablar de la II República, ni de los Pablo Iglesias, de antes y de ahora, ni de los Rajoy traicioneros?

Según el Kibalión, la obra milenaria de Hermes Trismegisto, tan cantada por los esotéricos de todas las épocas, “los extremos se tocan”. En este caso se vuelve a cumplir el axioma de la Tabla Esmeraldina, porque laicistas y aprendices de tal –aunque algunos son ya licenciados con postgrado— están jubilosos porque, a diferencia de Juan Carlos I, que juró ante Dios y los Evangelios, el recién ascendido Felipe VI, lo hizo simplemente ante la Constitución, con la corona y el cetro, símbolos de la Monarquía. Pero ni Dios, ni la Biblia, ni la cruz de plata, ni misa posterior. Es cierto que el responsable y culpable, tanto del discurso como de la puesta en escena, es el Gobierno, pero olvidarse de Dios es muy grave y un mal comienzo. En un discurso donde hubo palabras de agradecimiento para sus padres el Rey y la Reina, ¡cómo se pudo omitir el nombre de Dios! ¿Qué hay en una cabeza que evita nombrar a Dios? Curioso –y diabólico— que se programase la coronación para el día de Corpus Christi, un día especial en el que a lo largo de los años, todas las parroquias de España han sacado las custodias en procesión.

Desde el III Concilio de Toledo, en el siglo VI, durante el reinado de Recaredo, España es una monarquía católica. Los reyes siempre habían permanecido fieles a los símbolos hasta ahora. Uno de los títulos que hereda Felipe VI es el de rey de Jerusalén, y a los reyes españoles siempre se les ha citado como “Su católica majestad”. ¿Suena raro esto hoy, porque la sociedad ha cambiado? ¿Pero no suena raro también hablar de coronaciones y de monarquía? La coronación de Felipe VI estuvo inmersa en la pura incoherencia. El nuevo Rey lucía la banda de la Orden de Caballería de Carlos III, creada por este Monarca, para celebrar el nacimiento de su hijo el príncipe Carlos Clemente Antonio. La Orden fue creada en agradecimiento a la Virgen María, en su advocación de la Inmaculada Concepción, de quien era muy devoto desde pequeño, y a la que propuso como patrona de España. De ahí los colores celeste y blanco.

La reina consorte, Letizia, lucía en la parte izquierda del vestido el Lazo azul celeste y blanco, de la misma Orden, compuesto por una cruz de ocho puntas rematadas en globos de oro esmaltados, cuatro flores de lis de oro y en el centro una imagen de la Inmaculada Concepción y la leyenda “Virtuti et Merito”. Es la máxima distinción honorífica de España, con un componente simbólico-espiritual, que obliga a quien lo lleva a la práctica de la virtud, a ser un modelo ejemplar.

Don Felipe VI ha colocado en su despacho el cuadro de su antepasado Carlos III, a quien tiene como icono. Los historiadores lo presentan como un buen alcalde-rey. Pero debemos tener presente que estuvo rodeado de masones traidores, y que en su balance pesa, para su mal, la injusta expulsión de los jesuitas, de consecuencias nefastas en los territorios de Ultramar y especialmente en las admirables reducciones guaraníes. ¿Se rodeará Felipe VI de masones y anticristianos? Por lo que vemos hasta ahora, todo parece indicar que sí. ¿Quién está manejando los hilos de la Corona? Creo que la verdad no la sabremos; al menos por ahora.

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Por Magdalena del Amo
Periodista y escritora, pertenece al Foro de Comunicadores Católicos.
Directora y presentadora de La Bitácora, de Popular TV
Directora de Ourense siglo XXI
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Autor

Magdalena del Amo

Periodista, escritora y editora, especialista en el Nuevo Orden Mundial y en la “Ideología de género”. En la actualidad es directora de La Regla de Oro Ediciones.

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