Homilía funeral sobre el socialismo español.


Queridísimos hermanos, camaradas amantísimos, deudos todos del próximo difunto: jornada aciaga donde las haya, hic et nunc, nos encontramos hoy ante el cuerpo insepulto, trémulamente palpitante todavía, del socialismo español.

Qué decir, qué deciros a vosotros: Marías Antonias, Enrics y Margaritas, Pepes Bonos, Pepes Blancos, Peces-Barbas, fraternales Gabilondos, Chaconas y Pajines, camarados y camaradas; Bibianos todos de la high life parasitaria; heteróclita e incongruente carcoma del legado de nuestro santo laico —“ora pro nobis”— don Pablo Iglesias: cristianosocialistas, opusocialistas, republicanomonárquicos siempre del sol que más calienta (con Franco y sin él).

Os agradezco de veras que hayáis pensado en mi alocución al convocarme en tan infausta circunstancia. Mas para qué, ¿para qué me convocáis ahora, en la hora declinante de las postrimerías? ¿Qué deseáis, en rigor, escuchar de mí? ¿Acaso el como eco de vuestras patéticas consignas y reiteradas oquedades verbales? He de deciros, de ser así, que vuestra parroquia ha errado con el oficiante elegido.

Si todo moribundo merece el máximo respeto, no seré yo quien prive del suyo a este socialismo de casi cuerpo presente. Porque es un hecho cierto que el socialismo español, cuya originaria autenticidad ha venido siendo histórica y progresivamente expropiada por un hatajo de estafadores de la vida pública causantes de gravísimos perjuicios patrimoniales a su propio pueblo mediante engaño y con ánimo de lucro, precisamente por ello, se bate hoy consigo mismo, a horcajadas de la vida y la muerte, postrado en la ultimidad de sus estertores. Tal que un sucedáneo del chocolate, un socialismo declinado en “socialdemocracia” —como no podía ser menos cuando, inexorable, la Historia misma le vapuleó las narices con su clase media— y que viviendo, entre otros cuentos, del cuento de un inexistente pasado ético precisa hoy de la bufonada extemporánea de pañuelos rojos e “Internacionales” —cánticos de beata rancia para enmascarar su obsceno, tantas veces endogámico, insultante y ya indisimulable señoritismo.

Hay muertos que mueren de pura ofensa. Y según la doctrina esparcida por Madame Necker en las jornadas precursoras de la Revolución Francesa, las palabras ofenden más que las acciones, el tono más que las palabras y el aire más que el tono, como lúcidamente recordaba el noventayochista Grandmontagne, en su sugestivo ensayo sobre «El cariño y el amor». Pues que precisamente de ello, y al margen de su exacerbado cariño por lo crematístico, de amor —auténtico amor social y por la patria, es decir, por los compatriotas que integran su cuerpo social— es de lo que, agónico, adolece nuestro socialismo; hoy, tan ex-obrero como español a beneficio de inventario: “socialismo” pura, dura y sangrantemente financiero: paradoxa paradoxorum, socialismo capitalista; “socialismo” donde no cabe otro progreso que el de los horteras nuevos ricos. ¡He ahí, amadísimos cofrades, bajo la pública periferia de los capullos, las espinas de la rosa!

En este templo de las contradicciones y ante el féretro del vástago máximo de Pablo Iglesias, con la memoria presente de Besteiro y Saborit, de lo que hoy hay que hablar aquí es, una vez más, de la circunstancia. ¡Y siempre, en España, de la malhadada circunstancia! Es decir, en el imperdonable ahora que os retrata: de vuestra sistemática incongruencia, por un lado, y de vuestro aire o, más propiamente en lengua española, “de vuestros aires”, por otro; esos aires de nuevos ricos que con tanto dolor punzan el corazón de cientos de miles de españoles condenados a la indignidad biográfica por la codicia de vuestro señoritismo pertinaz.

Sí, esos cientos de miles de españoles que sangran las yemas de los dedos en vuestros contenedores de basuras con el denuedo desesperado de los que miseria o apenas nada tienen que llevarse a la boca, mientras lo más granado de vuestra neocasta se embaula por mes no menos de doce mil euros —así Leire, la “obrera”, “socialista” y “revolucionaria” que con creces los sobrepasa, o el también “obrero”, “socialijta” y “crijtiano” José Bono. ¿Pero para qué le son necesarios estos y otros parásitos a la patria? La una, si acaso, para bostezar sus prolongados tedios en el Parlamento, o para babosear “planetariamente” cada vez que abre su boca de boxeador noqueado; el otro —patético cicerone de Evos Morales y gorilas rojos— para expresarse, al hacer “ajcos” con la suya, como el bien criado hijo que es de un progenitor Jefe Local del Movimiento, además de «pojtulante» a la Guardia de Franco. Bendita “Memoria histórica”.

¿Qué si parásitos o “rojos”? No me hagáis reír en esta penosa sazón, que actualmente, sobre España, no quedan más rojos que los sangrantes números de las cuentas bancarias de miles de pequeños y medianos empresarios; los mismos que, dónde va, podrían haber comenzado a levantar el país, si vosotros, estafadores políticos del pueblo español, en lugar de llenar los odres de la banca inmoral que os condona las deudas con las mismas plusvalías de usura que les permitís a cuenta de los españoles, hubieseis ejercido una verdadera y responsable política social. Una de tantas fantasías de vuestro profeta planetario: el Hechizado de la Moncloa. Fantasía, sí. No os lo digo yo, sino el propio Marx en la «Crítica del programa Gotha»; el mismo programa citado tantas veces por uno de vuestros más insignes golpistas: el estuquista “Lenin español”, Francisco Largo Caballero, a quien en no poca medida debemos los cuarenta años de franquismo. «¡Esta fantasía [dice, con efecto, Marx] de que con empréstitos del Estado se pueda construir una nueva sociedad como se construye un nuevo ferrocarril es digna de Lassalle!» ¿Pues por qué, si no por esperpéntico remedo de Lassalle, creéis que llamo “Hechizado” al que consuetudinariamente os trasmite su hechizo: el ventrílocuo de vuestro máximo muñeco público, Pepiño Blanco?

Es cierto: la nación está mal; pero quizá más tarde que temprano, en el tráfago vital de la época, acabará recuperando el tono general de sus virtudes. De la lucha por la vida, si-se-lucha, casi siempre se obtiene plácet. En cambio, tanto por la anorexia moral como por la intolerable bulimia de vuestras insaciables e hiperburguesas codicias, el “socialismo” que proclamáis sin otra convicción que la crematística, lo mismo que vuestros sindicatos de vagos acomodaticios y vividores a cuenta de la esperanza ajena, vuestro fraude social en suma, hoy en boca de todos, está condenado a la radical extinción del tiempo presente. Quién sabe si, allende esos aires de celofán prêt-à-porter a lo Yves Saint Laurent que os envuelven, refundándolo, otro socialismo puede volver a anidar en las entrañas morales de los españoles. Bajo ninguna aurora el vuestro, que, en su consunción superlativa, apenas balbucea desde el féretro:

«Esta noche para siempre terminaron mis hazañas,

un chamuyo misterioso me acorrala el corazón,

alguien chaira en los rincones el rigor de la guadaña

y anda un algo cerca ‘el catre olfateándome el cajón.»

.

(Cfr. «Sobre los dos PSOEs y la «Carta ética de la Internacional Socialista» (I)»)

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© R. Malestar Rodríguez
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(23/9/09)

Autor

Roberto Malestar Rodríguez

Roberto Malestar (Vigo). Heterodoxo; filósofo —licenciado, graduado y doctorando en filosofía por la Universidad de Santiago de Compostela. Publicista, ensayista y articulista. Es, además, letrista e intérprete de tangos, folclore hispanoamericano y otros géneros.

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