No te va a gustar – Lo que nunca debe suceder en la España que yo quiero


MADRID, 08 (OTR/PRESS)

Sospecho que son cada vez menos los que se preocupan ante los traspiés que va sufriendo la «marca España». Me refiero, al menos, a los encargados de vigilar los procesos que son susceptibles de abusos por parte de terceros. Y, claro, los vigilantes son quienes menos pueden incurrir en esos abusos, so pena de que la inseguridad jurídica y la desconfianza, los dos mayores enemigos de la democracia y del progreso económico, se instalen en un país.
Sucede que, en este país, podríamos citar demasiados ejemplos de estos «abusos in vigilando», y lo propio podría decirse de las negligencias. Porque tan intolerable es lo que las investigaciones muestran que ha ocurrido en el Tribunal de Cuentas -nada menos que en el Tribunal de Cuentas-, donde familiares, amigos, deudos y enchufados se repartían sabrosos cargos propiciados por los «jefes», como «lo» de Gowex. Que ningún regulador, ningún auditor -excepto, uno, bastante desconocido, por cierto- se hayan enterado de los desmanes de un «ingeniero financiero» -vamos a llamarlo así- durante cuatro años resulta, cuando menos, espectacular.
Y así podríamos seguir citando ejemplos en los que los «reguladores», los «supervisores», los «controladores» y hasta los «contables» han hecho la vista gorda, han sesteado escandalosamente… o peor. No culpo a nadie en concreto: conozco a muchos responsables de organismos supervisores y controladores por los que siento el mayor de los respetos, comenzando, claro, por el presidente del Tribunal de Cuentas, Ramón Alvarez de Miranda. Es más bien contra todo un estado de cosas, contra algo que se ha instalado en el sistema, contra lo que me rebelo.
Por eso hablo en términos generales: en la España que yo quiero quienes rigen el Tribunal de Cuentas, que es el encargado de fiscalizar eso, las cuentas, de los organismos públicos, no puede colocar a dedo a «amiguetes». De la misma manera que las instituciones que han manejado o manejan los políticos no pueden llenar sus plantillas de enchufados o gentes a las que hay que recompensar, como si todo fuese una continua candidatura de eurodiputados. De idéntica forma que los consejos de las cajas de ahorro y de ciertas empresas públicas no pueden albergar a personas cuyas bocas conviene tapar o alentar, según los casos, a juicio del político de turno encargado de proveer «vacantes» que, a veces, ni siquiera están vacantes.
Ya sé, porque he escuchado comparaciones con, por ejemplo, otros tribunales de cuentas, que España no es el único país europeo en el que una traducción local de «nepotismo», y hasta de «cuñadismo», es aplicable a las (mal)sanas costumbres de gobiernos, burocracias e instituciones. Eso para nada me consuela. Yo no quiero una España en la que los peores vicios de cada uno de los vecinos encuentren su réplica, de la misma manera que tampoco quiero una España en la que la multiplicidad de normas, cautelas y controles a la hora de contratar las administraciones sea tan excesiva que produzca el efecto contrario: que todo el mundo se los salte, porque resulta imposible cumplirlos. Que no quiero una España consumida por los peores vicios de la burocracia, vamos.
La España que yo quiero, y este no suele ser tema que se aborde en los debates políticos, ni siquiera en aquellos que enfrentan a quienes llegan de refresco, es la que representa a un país en el que la sociedad civil tenga algo que decir ante los abusos de las preferentes, engaños de los que «nadie» se enteró hasta que los engañados se lanzaron a manifestarse estaban en la calle; una nación en la que la justicia sea igual para todos, no mejor (o peor) para el famoso o el poderoso; un Estado en el que se dialogue con todos sus componentes, incluyendo a aquellos que no quieren seguir en ese Estado. Etcétera.
No quiero, en suma, una España en la que unos sean más preferentes que otros, en la que los tribunales de cuentas tengan cuentas pendientes, en la que un señor llamado Jenaro, palmeado por todos porque su brillante coraza era la del éxito, se convierta de la noche a la mañana en un presunto delincuente, mientras el gobernador del banco de España, y eso ha ocurrido este martes, confiesa que «no tenía ni idea» de lo que hacía o no el amo de Gowex.
No quiero, en suma, una España en la que cada día haya que preguntarse si estamos en buenas manos.

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