Fernando Jáuregui – Los recién llegados a nuestra política


MADRID, 14 (OTR/PRESS)

Tres nombres: Pedro Sánchez era, hace año y medio, un perfecto desconocido, que trataba, a través de su participación en tertulias televisivas de la «serie B», ser algo más popular. Pablo Iglesias, que hace seis meses también era «apenas» un tertuliano como quien suscribe; y Alberto Garzón, un joven de veintiocho años que se ha convertido, en las últimas semanas, en el puente entre la Izquierda Unida del veterano Cayo Lara y el «Podemos» de Iglesias. Tres nombres que dan pie a la reconstrucción de la izquierda española. Que va… ¿hacia dónde diablos va la izquierda española?

Convengamos en que poco hay de común entre Sánchez, Garzón e Iglesias. Ni siquiera el repudio a la Monarquía. Ni siquiera el rechazo a las formas de capitalismo salvaje que, a veces, domina el panorama político-económico-social español. Ahora, el teórico liderazgo de la izquierda le corresponde a un joven sonriente, complaciente, un tal Pedro Sánchez perfectamente desconocido hace unos meses. ¿Qué hará para acercarse a Garzón, a Iglesias y a lo que ellos representan? Poco. Sánchez es la izquierda posible, dialogante, pactista. La que seguramente conviene a la actual situación del país. La que quieren, y lo digo en el sentido más positivo posible, la Corona, las empresas y bancos, los medios de comunicación -nunca, nunca, desde luego, las tesis «controladoras» de «Podemos»-. Y, posiblemente, lo que preferimos usted y yo -al menos, yo-, que queremos la estabilidad del país, independientemente de etiquetas. Eduardo Madina era más de lo mismo que Sánchez, pero acaso en más antipático, y las formas, en política, son tan importantes como el fondo: hay quien cree que ser de izquierdas es negarse a ir a determinadas radios y cadenas de televisión consideradas «conservadoras». Y no es eso, no es eso.
Por eso, y porque se equivocó mucho en la campaña, Madina perdió apoyos. Sobre todo, en Andalucía, que es el granero de votos y de militantes del PSOE. Ahora, habrá que ver si admite la «repesca» que le va a ofrecer Sánchez en su próxima ejecutiva, o si se diluye en las brumas de los que pudieron ser y no fueron. Ha sido, en todo caso, un buen perdedor, que merece más oportunidades en el futuro. Si aprende, claro. Que, sin duda, aprenderá; tengo el mayor de los respetos por la capacidad intelectual y de análisis de Eduardo Madina.
Susana Díaz, que ha sido, en el fondo -y en la forma–, la que ha dado la victoria a Sánchez, ya ha aclarado que no estará en la Ejecutiva del PSOE que surja del congreso extraordinario de finales de este mes, y que no se presentará a las primarias para la carrera por La Moncloa. Así que todavía quedan muchas preguntas en el aire. Como, por ejemplo, quién concurrirá en las elecciones generales contra Mariano Rajoy, o quienquiera que encabece del cartel del Partido Popular. Por el momento, lo único cierto es que aún no se ha escrito el último capítulo acerca de lo que vaya a pasar en el principal partido de la oposición en España. Sánchez puede ser un accidente afortunado en el camino. Pero ni mucho menos es el final de la accidentada ruta de un PSOE que ha sabido poner en marcha un admirable proceso de transparencia en busca de un líder. Lo de este domingo ha sido, simplemente, un paso más en la recomposición de la izquierda española, lo que es algo muy importante para el futuro del país. Un país que no puede quedar tutelado en exclusiva por un solo partido que representa al centroderecha, ni al albur de las ocurrencias de mayo del sesenta y ocho de algunos que se quieren «gauchistas». Y ahora, hasta ahora, el PP estaba solo, sin una oposición constructiva y razonadamente crítica.
En manos de Pedro Sánchez queda volver al menos a aquel bipartidismo del que algunos abominábamos, pero que era el mal menor frente a la «sopa de siglas» advenedizas que está amenazando el futuro del sistema. Enorme tarea la que tiene enfrente este recién llegado a la política, que ha entrado en ella por la puerta grande. Confiemos en que no salga por el portillo de atrás. Ni dando un portazo.

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