Al margen – Qué tiempos aquellos


MADRID, 23 (OTR/PRESS)

Qué tiempos aquellos en los que el verano nos permitía a los articulistas escribir, de vez en cuando, sobre las cosas ligeras de la vida. Decía Wilde que nada es pecado, salvo la ligereza, pero ese pecado se nos perdonaba, pues era la pequeña manera de compartir con los que sí las vacaciones que no teníamos. El último descubrimiento sensacional de los científicos de alguna universidad americana que resultaba ser algo que se sabía de toda la vida, la última demencia de la televisión, la maravillosa y automáticamente ignorada invención española del árbol ignífugo, yo que sé la de cosas que se nos venían a la cabeza y a la pluma en el intento de tomar un respiro, nosotros y los lectores, en la mala leche acumulada durante todo el año en un país que incubaba en secreto la Revolución de los Ricos, cuyo último parte victorioso se ha escrito con el regalo de Catalunya Banc al BBVA, y en un mundo casi siempre atroz. Julio y agosto eran, en los periódicos, así, pero ya nada es así y ya no puede un columnista ensayar lo divertido, que no era tampoco, en todo caso, lo contrario de lo serio, sino su complemento.
Con los 12.000 millones de euros que alegremente ha perdido el Estado (la gente, nosotros) en la ruinosa operación de «rescate» de Catalunya Banc para, una vez saneada y niquelada, entregarla a precio de chuche a una de las entidades que componen el oligopolio bancario, podrían seguir vivas algunas cientos o miles de personas. Mejor o peor, pero vivas. Eso sí es ligereza, pero del género de las absolutamente imperdonables. Ni el Sumo Hacedor, tan inclinado de suyo a la infinita misericordia, podría ni querría perdonarla, o, cuando menos, en su versión de la monja Caram y el papa Francisco. Esos 12.000 millones no es que equivalgan, es que son, los que se han robado a la salud, a la educación, al derecho y al bienestar de los españoles. Las primeras víctimas mortales de esa descomunal sirla a la patria, y a sus hijos, los encontramos entre los grandes impedidos que han sido abandonados por las instituciones, entre los que aguardaban una salvífica intervención quirúrgica que nunca llegó, entre los que no han podido seguir tratándose debidamente de sus graves o crónicas dolencias, entre los que se despeñaron con sus autos al pisar la cuneta mordida de cualquier carretera sin mantenimiento, entre los que no pudieron soportar el paro, el desahucio, el robo de sus ahorros o el hambre de sus hijos, y se les paró el corazón o se quitaron de enmedio.
Qué tiempos aquellos en que el futuro se presentaba, sino muy despejado ni boyante, sí algo menos criminal.

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