Siete días trepidantes – Algo más que una cuestión «privada y familiar».


MADRID, 26 (OTR/PRESS)

La reacción de Artur Mas ante la confesión de culpabilidad de Jordi Pujol, el político que engañó al fisco durante más de tres décadas, me ha parecido lo más sorprendente de todo este culebrón ya largamente conocido, y silenciado, por la sociedad catalana (y por el resto de la opinión pública española) desde hacía tiempo, aunque solamente ahora se confirme por el propio «interesado»: dice el molt honorable president de la Generalitat que la tormenta puesta en marcha con su confesión por su antecesor no tan remoto, el ex molt honorable Jordi Pujol, es una cuestión «privada y familiar». ¿Es «privado y familiar» haberse enriquecido al margen de las obligaciones tributarias durante treinta años, años de omnipotencia en los que -el ex molt honorable dixit_no tuvo tiempo de regularizar fiscalmente las cuentas de su familia en el exterior?¿Es «privado y familiar» el clima de corrupción que, desde aquellos tiempos de Banca Catalana, se cierne sobre Cataluña?¿»Privado y familiar» que uno de los hijos de Pujol haya tenido que dimitir de su cargo en Convergencia acosado por sus irregularidades económicas, vamos a llamarlas, piadosamente, así?¿»Privado y familiar» el contenido de las conversaciones grabadas a la ex nuera de Pujol con la presidenta del PP catalán, Alicia Sánchez Camacho?

No, nada de esto es «privado y familiar», como no lo era que fuese el establecimiento de doña Marta Ferrusola, esposa de Pujol, el que colocase la hierba del Camp Nou. Y así podríamos seguir con el (mal) ejemplo dado por quien comenzó su carrera envolviéndose en la bandera catalana para tapar las malas prácticas ya desde los tiempos de Banca Catalana. Recuérdese cómo un indignado president de la Generalitat Pujol acusaba al entonces vicepresidente del Gobierno socialista, Narcís Serra, de intentar un «proceso político» contra él a cuenta de Banca Catalana. Curioso que hoy Serra esté imputado por su gestión en Catalunya Caixa y Pujol se encuentre en los trances en los que se halla. Todo un síntoma.
Ni privado, ni familiar. Cataluña es una sociedad en la que nada menos que Pasqual Maragall dijo -aunque luego se viese forzado a retractarse– que está regida por la «ley del tres por ciento». Comisiones ilegales, vamos. La sociedad de los «casos Pallerols» y tantos otros. La sociedad en la que los presuntos delincuentes, si son buenos catalanes, prefieren ser juzgados por magistrados catalanes.
Desconocer todo esto sería otro más de los graves errores y pecados de un Artur Mas que está conduciendo al conjunto de la sociedad catalana simplemente al abismo. Claro que el «tema Pujol» no será tratado en el encuentro que el presidente de la Generalitat mantendrá el próximo día 30 con Rajoy, pero qué duda cabe de que pesará sobre la mesa. No puede Mas seguir reivindicando un país de ensueño, esa Catalunya libre en la que todos serán más felices, olvidando que está en medio del hedor de la podredumbre. ¿Que en el resto de España también se respira ese hedor? Sí, pero creo que no en la medida en la que se percibe en Cataluña, ni es un hedor tan generalizado, esa es la verdad como yo la percibo. Mas es culpable también de «lo» de Pujol, entre otras cosas porque son demasiadas las anomalías que trata de quitarse de encima a base de señalar que son «privadas», «familiares» o producto de la maldad de Madrid, de esa España que «nos roba».
Las advertencias que llegan de fuera -Merkel, Manuel Valls, Durao Barroso_señalando el peligro de seguir con la trayectoria independentista deberían pesar en el ánimo de ese Artur Mas que quiere pasar a la Historia encabezando las manifestaciones de la Diada, que no son, por cierto, las manifestaciones de todos los catalanes. A este paso, Mas pasará a la historia, sí, pero con minúscula, como el empecinado que hundió a su pueblo; no como el Moisés a cuyo paso se abrieron las aguas, sino todo lo contrario, el voluntariamente ciego que sepultó a los suyos bajo el oleaje que él mismo provocó, arruinando lo que podría haber sido la «marca Catalunya». Pero seamos, al final, optimistas: Mas no es tan loco como para no darse cuenta de todo lo que está ocurriendo a su alrededor. Ni, esperemos, Rajoy está tan equivocado como para seguir esperando a que la «situación catalana» termine de pudrirse.
Escribo de una cuestión que ha estallado a seiscientos kilómetros desde el hotel en el que se celebra el tumultuoso congreso del PSOE, que se clausura este domingo. Todos en los pasillos son conscientes de que nos hallamos ante días clave para la marcha de las cosas en España, comenzando por ese encuentro, el lunes, entre el nuevo secretario general socialista y el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy. Y me parece que todos, con Sánchez a la cabeza, creen que no será con los silencios, los encogimientos de hombros, los «y tú más» o minimizando las situaciones comprometidas calificándolas como «privadas y familiares», como se arreglará todo. O lo que algunos, Artur Mas y su camarilla -de la que los Pujol forman parte destacada– muy especialmente, se han empeñado en estropear. Esto que comento, el inmenso follón catalán, me parece lo más destacado de la semana que concluye, aunque entiendo que este congreso desde cuya sala de prensa escribo forma parte de lo trascendente, lo muy trascendente, de estas últimas jornadas del mes de julio. Menudas jornadas para un mirón como el que suscribe, por cierto.

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