No te va a gustar – La extraña miopía colectiva


MADRID, 29 (OTR/PRESS)

Lo sabía todo el mundo. Los manejos de Jordi Pujol obraban en poder del Gobierno central al menos desde 1991, según me han certificado fuentes de lo que entonces se llamaba CESID y hoy CNI, que aseguran que informaron al presidente de turno sobre las actividades económicas de quien era, desde una década antes, el molt honorable president de la Generalitat. Lo sabía, por tanto, Felipe González, lo supo Aznar y, por tanto, también Zapatero y Rajoy. Es más: ya en 1984, dentro del programa Teleobjetivo, de TVE, se contó que Pujol se había asociado con los banqueros Calvi y Sindona, miembros de la logia P2, para montar ACESA en Cataluña y, por tanto, el negocio de las autopistas. Se contó sin tapujos y nadie dijo nada, ni se comentó en ningún medio; quizá todavía vivíamos bajo la ilusión de que «lo de Banca catalana» fue un proceso político contra el nacionalista Pujol y que, ante la sospecha de que no todo se estaba haciendo correctamente, más valía callar, no fuesen a despertarse los demonios familiares.
Sentirse instalado en la impunidad potencia los más bajos instintos y concede una especie de patente de corso para «actuar» al margen de la ley. Pujol sabía que casi todos sabían, comenzando por algunos medios, que callaban. Y, así, las actividades irregulares, por decir lo menos, se extendieron a «la familia», es cierto que en un marco, el de la política catalana, en el que no solamente el president de la Generalitat y allegados se apartaban del margen de lo ética y estéticamente permitido: ahí tenemos, sin ir más lejos, las andanzas del socialista Narcis Serra al frente de Catalunya Caixa –¿a quién, sino a Pasqual Maragall, con el visto bueno de Zapatero, se le pudo ocurrir poner al zorro de guardián de las gallinas?- y tantos y tantos episodios realmente lamentables, desde el «carpetazo» al «caso Pallerols» hasta el silencio impuesto a un Maragall que denunció las comisiones del «tres por ciento».
Lo peor del «caso Pujol», que lo tiene todo de pringoso, son algunas de las reacciones que ha producido: no puede Artur Mas salir a la palestra exclusivamente para decir que los «olvidos» de Pujol con Hacienda -y no solo- son cosa «privada y familiar». Familiar puede que sea; privada, en un personaje que acumuló trienios como president de la Generalitat, desde luego que no. Y han sido algunos los medios «locales» y los «colegas» de Pujol en la política que han callado, temerosos de romper el «sagrado equilibrio» que ha venido rigiendo las tensas relaciones entre la Cataluña oficial y el resto de la España también oficial.
Mas llega este miércoles a Madrid, para entrevistarse con Rajoy, llevando en la maleta el incómodo cadáver político del «padre» del moderno nacionalismo catalán, el hombre que lo fue todo en la Cataluña posterior a Tarradellas y que, durante veintitrés años, desde el palacio de Sant Jaume, colaboró con/hostigó al Gobierno central. Es de suponer que el tema no será explícitamente abordado en la agenda entre los dos políticos.
Pero ya digo: a Mas le pesará demasiado el equipaje, aunque lo deje en la consigna de la estación de Atocha. Porque ya no cabe prolongar esa miopía colectiva que nos hizo a todos, en aras de la paz, mirar para otro lado mientras una «casta» -esa sí que sí- se dedicaba al pillaje en el territorio catalán. Y ya sé que no era solamente en ese territorio donde la corrupción corría como un caballo desbocado e incontrolable, desde luego. Pero en Cataluña se han traspasado todos los límites y de nada, si no es para empeorar las cosas, servirá que Mas se empeñe en acudir a La Moncloa silbando «els segadors» y arropándose en imaginarias esteladas; aquí, antes de hablar de un referéndum, hay que discutir sobre moralización; mucho antes que de independencia, habrá que tratar sobre cómo poner orden en casa; muchísimo antes de lanzar el «España nos roba» hay que entonar el «fuera ladrones de nuestra casa».
En fin: pienso que el encuentro de este miércoles, importante encuentro en el que el presidente del Gobierno no debería pensar que todo se está pudriendo en beneficio de la unidad del país, tendría que plantearse sobre moldes diferentes a como lo quisieran esos estamentos que, desde la Generalitat hasta la fantasmal Asamblea Nacional de Catalunya, todo tratan de confundirlo a base de no hablar nunca claro. Y ahora, hablemos claro: el Estado tiene que dejar de ser cómplice, con sus silencios, de una situación que, en Cataluña, rebasa con creces lo tolerable.

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