Fernando Jáuregui – Completar la «V».


MADRID; 14 (OTR/PRESS)

Lejos de mí ni siquiera sonreir ante esa imagen tan curiosa de Artur Mas rodeado de migueletes con uniforme Vetusto para rememorar una batalla ocurrida hace trescientos años, la de Talamanca. Creo que los pueblos que aman su historia son los llamados a la grandeza; ocurre, sin embargo, que algunos estamentos oficiales y muchos ciudadanos miopes se detienen en amar solamente una parte, la que ellos escogen, de la Historia. Y, a veces, la deforman.
Puede que algo de eso esté pasando en Cataluña, como también pasó en Euskadi. Son partes de una España en la que una larga dictadura se dedicó a falsear a conciencia el pasado y hasta el presente: los niños de mi edad nunca tuvimos conciencia cabal de quién era Felipe II y de Felipe V se contaban apenas parcialidades. No le quiero ya decir cómo nos narraron la etapa de la II República y la subsiguiente guerra civil. Artur Mas, paseándose encantado entre miquelets y esteladas -que son historias diferentes- quisiera ser el vencedor que luego escribe la Historia, que ya se sabe que nunca es narrada por los derrotados. Pero algo en esos uniformes ajustados a las burguesas dimensiones de los estómagos de algunos disfrazados en Talamanca hace presagiar que la victoria de Mas va a ser mucho más complicada que la del marqués de Poal, que mandaba las tropas afectas al imperio del archiduque.
De momento, ya está Mas encontrando dificultades para completar, el próximo día 11, esa gran «V» humana con la que la Assemblea Nacional de Catalunya quiere conmemorar la Diada. Necesitan algo más de trescientas mil personas, con camiseta roja unas, amarilla otras, que formen la letra de la Victoria -y del Voto, y del Valor, y de tantas otras cosas– con los colores de la cuatribarrada, que, por cierto, son los mismos de la enseña nacional. Pero, hasta el momento, se ha apuntado a la fiesta menos de la mitad de los manifestantes necesarios. Y la señora Forcadell, que preside la nunca elegida Assemblea, así como Omnium Cultural, que tampoco ha pasado por más urnas que las de la convocatoria a actos independentistas, hacen llamamientos para que el personal, algo decaído con esto de Pujol y familia, se anime a formar parte de la «V» que tomará el centro de Barcelona.
Qué quiere usted que le diga: tengo escaso ánimo patriotero y procuro huir tanto de las conmemoraciones del 1 o del 2 de mayo como, vade retro, de las del 18 de julio o las del 14 de abril. Los disfraces de época, con sus pelucas y sus mosquetones, me dan calor y me disgusta el olor a naftalina. He ido a muy pocas manifestaciones en mi vida y siempre que he ido me he sentido desplazado porque sentía que estaba vitoreando tópicos, brazando banderolas incompletas. Ver la fotografía de Mas con esos migueletes que probablemente desconocen las últimas implicaciones de la batalla de Talamanca y, ya que estamos, de lo que ocurrió el 11 de septiembre de 1714, cuando Barcelona hubo de capitular ante las tropas borbónicas de Felipe V, me produce el escepticismo que desde hace tiempo me reconozco.
Confío en que, por esto que escribo, nadie me acuse de no respetar la Historia, las costumbres o los sentimientos de quienes se manifiestan de buena fe rememorando la heroicidad de Rafael Casanova. O cualquier otro ideal que sirve para sacar a la calle a la ciudadanía. Es, simplemente, que no me identifico con uniformes sacados del baúl de los recuerdos ni, ya que estamos, con algunas mentiras que, desde estamentos oficiales y oficiosos, les están contando a los catalanes, nos están contando a todos.
Ya que hablamos de «uves»: esta es la era de Felipe VI, no del V, y es una época llena de modernidad, en la que algún día se hará realidad esa Europa unida sin fronteras -y sin batallas, y sin dirigentes corruptos- que muchos soñamos desde hace tanto. No, no quisiera rememorar episodios tristes, como los que protagonizaron figuras por lo demás admirables, como Maciá o Companys, cuyos proyectos, a veces demasiado personales, terminaron mal. Siempre he creído que quienes gobiernan mirando a las derrotas del pasado jamás podrán colocarse en el pecho la medalla de la «V», la victoria, que es, también, la letra de la Vida. Y de lo Venidero, es decir, el futuro.

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