¿Qué se esconde detrás del virus del Ébola?


Con tanta noticia y cortina de humo, solo tenemos tiempo para el presente, aquello que sutilmente se programa desde las alturas. Hubo ración de Peñón, una serpiente de verano clásica, y algunos asuntos recurrentes, de los de siempre. Solo faltaba Nessy para estar al completo en lo que resta de verano, el tierno monstruo del lago Ness que de vez en cuando atisba algún excursionista afortunado, permitiendo incluso que fotografíe su adivinada forma entre las aguas turbulentas. Pero llegó el Ébola, y con él el miedo, el escándalo, y los viejos recuerdos de conspiraciones que no son tales, sino realidades tejidas en los telares de la maldad, léase laboratorios de intereses perversos.

El miedo amansa y anonada. Lo saben los diseñadores de la sociedad, que lo fabrican y se lo sirven en bandeja de plata cual cabeza del Bautista, a los políticos de turno para que lo dosifiquen a conveniencia. Lo del Ébola es un viejo recurso, una historia repetida. Recordemos si no el Ántrax, las gripes aviar y porcina, el virus del Nilo Occidental y otras plagas más locales, como la Chikunguña o la fiebre del dengue. No quiero decir que no sean reales los virus: todo lo contrario. Lo son, y también letales, hasta el punto de ser catalogados como armas bacteriológicas. Lo que pretendo es arrancar la careta a estos creadores de terror y muerte que manipulan a la sociedad consiguiendo el triple efecto: 1) desviar la atención. Así, por ejemplo, queda minimizado el vergonzoso genocidio de Gaza, el horrendo crimen de Ucrania, la gran crisis mundial y el aumento de hambrunas y pobreza; 2) crear pánico para amansar a una masa que se rebela contra este sistema oligárquico, injusto e inhumano; y 3) favorecer a determinados laboratorios fabricantes de los medicamentos o vacunas para remediar o paliar la pandemia programada. Hay un cuarto efecto –el más importante y decisivo que, afortunadamente, aún no se ha puesto en práctica masivamente—, que sería provocar grandes pandemias para diezmar la población. Lo que acabo de expresar queda confirmado en estas escalofriantes palabras, pertenecientes nada menos que al exsecretario de Defensa de Estados Unidos, Robert McNamara, un ser nefasto y amoral, que falsificó las pruebas para justificar que Estados Unidos se implicara a fondo en la guerra de Vietnam, y que como presidente del Banco Mundial presionó a los países subdesarrollados para que aceptasen las políticas de eugenesia de la IPPF, a cambio de no ejecutar sus préstamos: “Hay que tomar las medidas para la reducción demográfica del globo terráqueo, aun en contra de la voluntad de sus respectivas poblaciones. La reducción del índice de natalidad ha sido un fracaso. Por eso tenemos que aumentar la tasa de la mortalidad por medios naturales, por el hambre y por la inoculación de todo tipo de enfermedades”. La triste verdad es que cuando se profundiza en la marcha de los acontecimientos, se analiza su origen y se descorren los velos, más allá de lo que propagan los emporios de noticias, que la prensa debe titular, redactar, llevar a portada y opinar, cual tontos útiles de un mundo casi feliz, el sistema corrupto y antihumano se muestra ante nosotros en toda su esplendorosa perversión.

La búsqueda de métodos exterminadores viene de lejos. Doscientos años antes de McNamara y de los mismos nazis, en junio de 1763, el general Jeffrey Amherst, le escribía en una carta al coronel Henry Bouquet que se encontraba en el fuerte de Pitt asediado por los indios durante la sublevación del Pontiac: “¿No se podría difundir la peste entre los indios? Deberíamos aprovechar todos los medios a nuestro alcance para exterminar a esta repugnante raza”. Dicho y hecho. El hombre blanco se las arregló para colocar en el terreno ocupado por los indígenas, mantas infestadas con bacilos de la peste, lo cual diezmó a la población aborigen. Si sustituimos “esta repugnante raza” por negros, indios, latinos, subsaharianos, pobres, disminuidos y parados, el párrafo cobraría actualidad, a la luz de los acontecimientos. La nación norteamericana es experta en estas prácticas. Finalizada la Segunda Guerra Mundial, continuó con los experimentos nipones de guerra bacteriológica. El gobierno de Truman “importó” un buen número de científicos nazis en virtud de un proyecto secreto denominado Paperclip. Entre ellos se encontraba el experto en enfermedades víricas, Eric Troub, responsable de la sección de armamento biológico del Tercer Reich, que empezó a trabajar para la marina estadounidense asesorando a la Cía y a los científicos de Fort Detrick –curiosamente, epicentro del Ébola—en varios planes siniestros. Los experimentos de las últimas décadas sobre la población civil son vergonzosos y casi es preferible no conocerlos y permanecer al margen. Quedan ya lejos las pruebas del lejano 1953 en el valle del río Moncazy, en Maryland, cuando un avión regó la zona con el producto químico NJZ2266, a base de cadmio y otros elementos cancerígenos. Siguieron después otros experimentos en Virginia, Minesota, Washington o Puerto Rico, y ensayos bacteriológicos en Nueva York, Canadá, Corea y Vietnam. En Maryland se encuentra Fort Detrick, donde se experimenta desde hace décadas sobre elementos resistentes a los antibióticos.

La amenaza de guerra bacteriológica pende sobre nuestras cabezas. Lógico que tengamos miedo y queramos llenar nuestro botiquín, de antibióticos y hacer cola para que nos vacunen. El presidente Obama intentó calmar los ánimos con estas palabras: “No tenemos que alarmarnos; el Ébola no se transmite aerodinámicamente sino a través de intercambio de fluidos humanos”. Es cierto que este virus se transmite a través de fluidos, como sangre, sudor, saliva o vómitos de humanos o de animales, vivos o muertos. Pero, según un exhaustivo estudio realizado en el 2012 en Canadá, el virus identificado en 1976 por el doctor belga, Peter Piot, actual director del departamento de Higiene y Enfermedades Tropicales de Londres, sí se transmite por el aire. El Ébola actual, para entendernos, aparecido en África Occidental, es una nueva cepa híbrida, una versión creada artificialmente en el laboratorio perteneciente a Fort Detrick de Maryland, que lleva décadas experimentando con monos y seres humanos en Guinea, Sierra Leona y Liberia. Es decir, un virus manipulado, creado” en laboratorio. Para más coincidencias, en esta zona africana fue donde apareció el Sida, tras pasar por las manos de los científicos de Fort Detrick.

En España, durante unos días el Ébola copó los espacios de noticias, para bien de los políticos que dejaron de oír de corrupción y de todo lo que les sonroja. El desafortunado caso del misionero y la polémica de su repatriación, propició aún más el protagonismo del brote. Los bienintencionados, incapaces de pensar que mentes siniestras estén tras estas creaciones diabólicas, critican que desde que en 1976 se identificó el virus en el Congo –del río Ébola toma el nombre—, los avances para combatirlo se reduzcan a un suero de escasa eficacia. No van por ahí las cosas. Pero no dudamos que muy pronto aparecerá un nuevo medicamento y/o una nueva vacuna al servicio de este virus concebido para matar, que engrosará las cuentas corrientes de los accionistas de las farmacéuticas, como ocurrió con el famoso Tamiflú y el Acetaminofén. La patente del virus del Ébola pertenece al Centro del Control de las Enfermedades (CDC, por sus siglas en inglés), de Atlanta, Georgia, y curiosamente ahí se encuentran los dos médicos que se contagiaron con el Ébola en Liberia. En nuestro afán por meternos donde nadie nos llama, descubrimos que el director del “suero milagroso” (MAPP) que se recomienda a nivel experimental –con el que se están curando los dos médicos contaminados, pero que con el sacerdote Pajares actuó de inyección letal—, es el doctor Larry Zeitlin, antiguo director de experimentos bioquímicos de Fort Detrick. ¡Qué coincidencia!

En Maryland, en los alrededores de Fort Detrick, llamado ahora Frederick, existen numerosas familias que achacan sus cánceres de diversos tipos a los experimentos químicos que se realizan en las proximidades de sus viviendas, y a los rociados desde aviones y globos aerostáticos con productos cancerígenos. La cadena Fox lo denunció en uno de sus reportajes. Pero la vida de seres humanos tiene poca importancia ante los que consideran que son simples hormigas. ¿Cuándo dejaremos de ser dirigidos y gobernados por psicópatas?

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Por Magdalena del Amo
Periodista y escritora, pertenece al Foro de Comunicadores Católicos.
Directora y presentadora de La Bitácora, de Popular TV
Directora de Ourense siglo XXI
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Autor

Magdalena del Amo

Periodista, escritora y editora, especialista en el Nuevo Orden Mundial y en la “Ideología de género”. En la actualidad es directora de La Regla de Oro Ediciones.

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