Antonio Casado – Vísperas de la «Diada»


MADRID, 5 (OTR/PRESS)

Invocar la legalidad frente a los activistas de la Cataluña una, grande y libre (qué bien lo ha visto el historiador británico Henry Kamen) es absurdo porque ellos también la invocan. Otra legalidad, se entiende. La fabricada por ellos como precursora de la que quieren imponer unilateralmente sobre la falacia de una nueva fuente de derecho: el pueblo soberano de Cataluña, que es lo que en su día declamó el Parlament. No, no es una errata. Dígase «declamó» y no «declaró», para entender la irrelevancia política y jurídica de aquel pronunciamiento del Parlamento catalán.
Artur Mas y sus fatigados costaleros (y no me refiero a ERC, que se limita a esperar la muerte política del president para quedarse con las limosnas sin haber cargado con el santo) saben de sobra que nunca podrán alcanzar la tierra prometida. Por impedimento legal, el que emana de la única legalidad vigente en un Estado legítimamente constituido como es el nuestro. De modo que tratarán no ya de reemplazarla porque eso llevaría mucho tiempo sino de desbordarla con lo que ellos llaman «mayoría social».
Se refieren a la concentración más o menos masiva de los que acudan a la cita del 11 de septiembre en la Diagonal y la Gran Vía de Barcelona, que ya está en fase de precalentamiento. La idea es hacer una exhibición de fuerza en la calle, aunque esta vez puede que no se repita el éxito de crítica y público que tuvieron las manifestaciones de la «Diada» de 2012 y 2013.
Tres sombras negras se ciernen sobre la causa independentista en vísperas de lo que Más ha llamado «la hora grande de Cataluña». A saber: Una es el inmovilismo del presidente del Gobierno de la Nación, Mariano Rajoy, al que se acaba de sumar el líder del principal partido de la oposición, Pedro Sánchez. Ninguno de los dos está dispuesto a moverse ni un milímetro en la valoración de la consulta del 9 de noviembre (me refiero a la que figura en las intenciones del president y sus socios) como «ilegal» e «inconstitucional».
El segundo de los bloques de hormigón que aparecen obstaculizando la ruta soberanista es el escándalo que afecta al santo padre del catalanismo contemporáneo, el de la fortuna clandestina de dudosa procedencia que fue administrada durante un tiempo por el ya fallecido padre de Artur Mas, asimismo encausado judicialmente en su día por evasión fiscal (no Mas sino su padre), aunque el asunto se archivó por prescripción del delito, que es lo que también pretende ahora el ex presidente de la Generalitat después de su confesión pública.
La tercera de las sombras negras que planean sobre la causa del independentismo catalán en vísperas de la «Diada» es la de las disensiones internas entre los socios de la aventura nominalmente pilotada por Artur Más. Sobre todo las que se refieren al camino a seguir cuando el Tribunal Constitucional declare la ilegalidad de la consulta. Es en este cuadro de discrepancias internas en el que se están haciendo cada vez más presentes la sed de centralidad y las ansias de retorno al sentido común que de siempre caracterizó a las corrientes moderadas del nacionalismo catalán.

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