Pujol y su bruja gallega.


El gran escándalo Pujol viene aderezado con un ingrediente festivo que, dentro de la gravedad del caso, tiene la particularidad de provocar sonrisas y comentarios jocosos, a la vez que descubre aún más la voracidad de este catalán por la pela. Jordi Pujol, como todo mandatario que se precie, también tuvo su bruja, Adelina, una meiga gallega de O Carballiño, la villa termal del “pulpo á feira”, que creció al amparo del monasterio cisterciense de Santa María de Oseira, fundado por el propio Bernardo de Claraval, allá por el siglo XII.

Cuentan que Pujol visitó a su vidente en Andorra –sería en uno de sus viajes a llevar dinero—, para que le quitase el tic nervioso de la cara y le hiciese una limpieza de aura. Los resultados no debieron ser muy satisfactorios, pues el tic nunca desapareció, pero el político debió atisbar un filón para sacarse una entrada extra. Se llevó a la bruja a Barcelona, le puso un despacho y ella empezó a ejercer su arte a cambio de ciento cincuenta euros diarios. Él le suministraba los clientes –al parecer, todos de alto nivel—, previo pago de trescientos euros. Aparte de adivinar el futuro, la bruja hacía otros trabajos de magia. Al final, por temas económicos rompieron las relaciones y ella habla pestes de él en los platós, que es lo que se estila ahora. Dice que Pujol llegó a embolsarse a su costa más de dos millones de pesetas diarios. No voy a negar que me encantaría conocer el modus operandi, desde que Pujol recomendaba al cliente los servicios de la bruja, y la información que el político le suministraba a la vidente para el manejo de su estrategia. No cabe duda que más que una flaqueza, el tema de la vidente era otra estafa de Pujol, comparable a los célebres fraudes espiritistas de Londres de la época victoriana.

La relación entre políticos y videntes se pierde en la noche de los tiempos. Desde las tribus animistas a la propia Casa Blanca, pasando por el antiguo Egipto, las civilizaciones amerindias o el nazismo, en mayor o menor medida, el ocultismo siempre ha estado presente en los grupos de poder aunque no trascendiese al gran público.

En los autores griegos y romanos leemos relatos pormenorizados de cómo actuaban y profetizaban sus adivinos y nigromantes. Cicerón escribió un tratado sobre la materia, titulado De divinatione, en el que abunda sobre los diferentes tipos de adivinación. Virgilio hace toda una descripción de la escenificación de la Sibila de Cumas antes de proferir el oráculo que Apolo le inspira. Lucano también se recrea en especificaciones sobre la famosa Pitia. Tácito narra cómo Popea, esposa de Nerón estaba rodeada de una corte de astrologos. Suetonio, por su parte, nos habla de las consultas del emperador Octavio al astrólogo Teógenes. Horacio, Petronio, Séneca o los dos Plinios también han hecho referencias a la magia. Celso incluso señala los grandes males acontecidos a muchos pueblos por no haber seguido los consejos de sus arúspices y augures. (Los pueblos precolombinos también tenían sus sistemas de adivinación y profecías. Una de ellas pronosticaba la llegada por mar de unos hombres blancos barbados, lo cual ayudó a que Cortés fuese bien recibido por Moctezuma).

A lo largo de la historia, el poder político ha estado siempre rodeado de estos personajes que supuestamente poseen el secreto de la comunicación con el más allá. Sin embargo, no se permitía que el pueblo accediese a estas prácticas, incluso se prohibía. En el Código de Hammurabi, de 2350 a. de C., se establece una clara distinción entre la magia oficial y la magia privada. El emperador Augusto ordenó quemar más de dos mil libros adivinatorios y expulsó a los magos de Roma. Más tarde, Tiberio condenaría a muerte a los echadores de cartas, astrólogos y magos. En el fondo era por miedo. No les gustaba oír malas noticias, ya que muchas veces el augur pronosticaba desastres e incluso la muerte del consultante. Tal es el caso del emperador Valente, a quien un adivino le pronosticó que su sucesor empezaba por “Teo”. Para romper el maleficio, el mandatario ordenó asesinar a su secretario Teodoro y al español Honorio Teodosio, gobernador de África. Sin embargo, el vaticinio se cumplió al suceder a Valente, Teodosio el Grande, hijo del asesinado Honorio Teodosio. Este también dictó severas medidas contra los adivinos y declaró reo laesae maiestatis al arúspice que pretendiese descubrir el futuro por medios ilícitos.

Aparte de prohibirlo expresamente la Biblia, cuando el cristianismo fue declarado religión oficial, se prohibió todo tipo de adivinación, tanto por parte del poder civil como por el eclesiástico. En España, en tiempos de Recaredo se condenaba con una multa de seis onzas de oro, al “godo, romano, sirio, griego o judío que consulte a adivinos, caragios o sorticularios”. Y si quien consultaba era siervo o criada debía ser, además, azotado en público. San Isidoro en sus Etimologías, así como Chintila, Chindasvinto y Recesvinto condenaron las artes adivinatorias, aunque hay datos que confirman que este último sentía fascinación por ellas. En el Fuero Juzgo se prohibía a los sacerdotes consultar a arúspices, y se castigaba con cincuenta azotes a los jueces que consultasen con adivinos para resolver un juicio. La magia y la adivinación fueron condenadas en los concilios de Toledo y Braga, y los papas Gregorio VII, Gregorio IX e Inocencio VIII publicaron sendas bulas insistiendo en las condenas.

Pero, a pesar de las prohibiciones, el ocultismo se ha mantenido vivo y los poderosos siempre lo han utilizado para conseguir favores materiales. Decíamos al principio del artículo que Jordi Pujol no era el único que tenía bruja propia. Salvando todas las distancias, los reyes Felipe II y Alfonso X el Sabio eran muy aficionados a las ciencias ocultas. En cuanto a la reina Isabel II, se sabe que recibía consejo de sor Patrocinio, la monja de las llagas, que tenía visiones místicas. Jomini era uno de los consejeros videntes de Napoleón, y los zares de Rusia tenían su médico mago Rasputín. Es de sobra conocido el astrólogo húngaro Ernest Krafft y el mentalista Eric Hanussen, asesores de Hitler. El Tercer Reich elevó el ocultismo a religión de Estado a través de las sociedades esotéricas Vril y Thule.

Continuando con la relación, José López Rega era el curandero y asesor de Juan Domingo Perón. Era conocido como el “Rasputín de la Pampa” e influyó en su política anticomunista. El hipnólogo profesor Fassman consiguió curarlo de su fobia a volar. Menen tenía a su vidente de cabecera, Oriana. A López Portillo también le gustaba obtener dosis de poder de manera artificiosa. Son conocidas las escapadas de su hermana Margarita en busca de brujos y chamanes mexicanos. También es de dominio público que Ronald Reagan tenía sus asesores de lo oculto, especialmente su astróloga de cabecera Joan Quigley, y Hillary Clinton invoca, de la mano de su consejera espiritual, Jean Houston, a los espíritus de Eleonor Roosevelt y de Gandhi, para recibir de ellos fortaleza y suerte en la política.

Según las crónicas, Franco tuvo también sus asesores videntes. En los primeros años de su carrera militar, recibió los servicios de la bruja magrebí, Mersida y del esoterista Corinto Hazza. Después, durante unos años tuvo una vidente de cabecera. Se trata de una catalana de Vic, llamada Ramona Llimargas Soler, superiora de la congregación de las Hermanas de Jesús Paciente, y fundadora de Can Trilla. Esta monja recibía mensajes del más allá y tenía el don de la ubicuidad, es decir, podía estar en dos lugares a la vez. Dicen que José María Pemán llegó identificar al personaje con la misma santa Teresa, cosa que Franco negaba porque la monja le hablaba en catalán. Parece que la monja libró al Caudillo, en más de una ocasión, de una muerte segura.

Hay muchos más casos, incluso de España, que no enumeramos porque algunos no hemos podido contrastarlos, y otros porque aún están en activo. La videncia, la magia y la adivinación siempre han estado unidos al poder y este los ha monopolizado siempre que ha podido. El asunto de la bruja de Jordi Pujol es solo una anécdota, un caso más que viene a engrosar el gusto de los poderosos por la obtención de bienes y dones de muy dudosa procedencia.

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Por Magdalena del Amo
Periodista y escritora, pertenece al Foro de Comunicadores Católicos.
Directora y presentadora de La Bitácora, de Popular TV
Directora de Ourense siglo XXI
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Autor

Magdalena del Amo

Periodista, escritora y editora, especialista en el Nuevo Orden Mundial y en la “Ideología de género”. En la actualidad es directora de La Regla de Oro Ediciones.

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