Otoño, buen tiempo para reflexionar sobre la Creación.


La rueda de la vida sigue y nos deja un nuevo otoño. Ya lo vienen diciendo los del tiempo desde hace días. La bajada de temperaturas y las tormentas anunciaban el fin del verano. Siempre me llama la atención que nos preocupe tanto el tiempo y nos gusten esos espacios interminables tan tediosos y pormenorizados con la chica o el chico delante del pantallón, persiguiendo nubes y ciclogénesis. A mí me recuerdan un poco a mi maestra doña Covadonga cuando desplegaba el mapamundi y nos apuntaba con una varita los ríos y los montes. Aquello sí era provechoso y de mayor alcance. Cuando una vez volando a Quito, el comandante nos indicó que a nuestra derecha teníamos el Chimborazo y vi su cumbre nevada, me acordé de ella y de lo sabia que me pareció siempre.

Sé que llega el otoño, no por los del tiempo sino por los amaryllis o azucenas de santa Paula. Esta mañana salí al jardín y ya tenían dos palmos. Dentro de una semana se abrirán las primeras flores, de un color rosa exultante y un perfume delicioso. Llegan sin avisar, pero siempre vienen de la mano de los higos de san Miguel, de las castañas tempranas y de los girasoles que maduran sus pepitas al sol, cada vez más lánguido. Siempre me sentí atraída por los girasoles, pero recientemente descubrí por qué. Fue a través de la lectura sobre la proporción áurea, el número sagrado de la naturaleza, presente en la mayoría de los templos de todas las religiones. Los griegos lo conocían. Euclides (300 a.C.) habla de él en su obra Elementos de Geometría. Se define la proporción áurea como “la división armónica de un segmento en media y extrema razón. El segmento menor es al segmento mayor, como este es a la totalidad. Se establece así una relación de tamaños con la misma proporcionalidad entre mayor y menor”. Esta proporción o forma de seleccionar proporcionalmente una línea, se llama proporción áurea. Esta aparece en la naturaleza y en el crecimiento de las plantas, las piñas, el ordenamiento de las hojas de un tallo, en la formación de las caracolas y en dimensiones de pájaros e insectos, ¡y en el cuerpo humano!

Fibonacci, es otro de los pioneros de la ciencia de los números. En su obra El liber abaci (El libro del ábaco), publicado a principios del siglo XIII, trata de demostrar la ventaja de los algoristas, que utilizaban números árabes para el cálculo, frente a los números romanos, que eran los utilizados por los abacistas.

La espiral es otro de los símbolos relacionados con el número áureo. Es el esquema más repetido en la naturaleza intangible. Se puede decir que es la figura que rige el universo: las galaxias se expanden en espiral, los planetas rotan en espiral alrededor del sol; los electrones giran en espiral en torno al núcleo; una espiral forman los ácidos nucleicos, base de la vida orgánica. A lo largo de la historia este patrón ha estado presente, sea en rústicos petroglifos, en capiteles románicos o en los laberintos de las catedrales.

Matemáticos y naturalistas se han quedado maravillados con el descubrimiento de lo que se ha denominado espiral “equiangular” vinculada a los rectángulos áureos que rigen el crecimiento de algunas flores y futos. Investigando sobre la proporción áurea y la sucesión Fibonacci, descubrí el porqué de mi fascinación por los girasoles. “Cuando se mira un girasol se ven espirales a favor y en contra de las agujas del reloj, formadas por las semillas; las cantidades de cada una de ellas son términos consecutivos de la sucesión de Fibonacci”. Esta proporción también se da en las conchas de moluscos, cuyo ejemplo más representativo es la del nautilus.

Partiendo del número áureo, el matemático francés de origen polaco, Benoit Mandelbrot, acuñó en 1975 el concepto fractal en su libro Los objetos fractales: forma, azar y dimensión. El fractal es difícil de definir. Podría considerarse como una serie de subdivisiones de una expresión, ad infinitum sin variar el patrón. ¡Algo verdaderamente impresionante! Todo esto me lleva a admirar aún más al Creador y a ponerlo más alto, si cabe; a considerar que la naturaleza es una obra maestra maravillosa que solo puede entenderse bajo la perspectiva de un plan divino.

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Por Magdalena del Amo
Periodista y escritora, pertenece al Foro de Comunicadores Católicos.
Directora y presentadora de La Bitácora, de Popular TV
Directora de Ourense siglo XXI
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Autor

Magdalena del Amo

Periodista, escritora y editora, especialista en el Nuevo Orden Mundial y en la “Ideología de género”. En la actualidad es directora de La Regla de Oro Ediciones.

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