Francisco Muro de Iscar – Homenaje Groucho Marx


MADRID, 24 (OTR/PRESS)

«Estos son mis principios; si no le gustan, tengo otros». No lo dijo Rajoy, lo dijo Groucho Marx. Esa práctica «marxista» es tan frecuente en la política española, a izquierda y derecha, que no debería sorprendernos. Hace muchos años, Manuel Fraga, el mentor y maestro de Alberto Ruiz Gallardón -podía haber aprendido de aquel político alguna de sus buenas cualidades y no tanto de sus indudables defectos- hizo famosa una frase referida a los socialistas: «sólo aciertan cuando rectifican». Acuérdense, por sólo citar un ejemplo aunque hay infinitos, del «No a la OTAN» convertido en un «Entramos de cabeza» con Felipe González. Groucho podía haber hecho fortuna en estos tiempos como político y no como actor, aunque ya saben ustedes que desde siempre la política es «puro teatro». Gallardón sería un protagonista clásico, una primadonna, y Rajoy ese secundario que, sin embargo, acaba siendo la clave de la obra. Los actores representan un papel y algunos dicen que les cuesta desembarazarse de ese otro que estudian, analizan y llevan a las tablas. Cuando termina la obra o el rodaje, muchos actores se quedan como vacíos, abducidos por su personaje.
Rajoy podía ser Don Tancredo, inmutable viendo pasar el tiempo y los personajes, y Gallardón el Gary Cooper de «Sólo ante el peligro», hasta el momento en que uno sabe que ya no puede permanecer indiferente -y hay que elegir entre lo malo y lo peor- y el otro entiende que la soledad es un abismo sin retorno. Unos eligen dejar que las cosas mueran y otros prefieren morir matando. Al final, todos piensan sobre todo en ellos mismos, en las urnas y casi nada en los espectadores, es decir, en los ciudadanos.
Pedir honestidad y coherencia a los políticos parece imposible. El PP ha traicionado tanto su programa electoral que ya no es más que un viejo y molesto recuerdo. Ruiz Gallardón, que ahora se va por no querer incumplirlo en el tema del aborto, es corresponsable en todas las demás promesas incumplidas y deja la Justicia como un erial. Su único éxito es que ha puesto de acuerdo a todos los operadores jurídicos -radicalmente disconformes con su trabajo, con la falta de diálogo y con el incumplimiento de sus promesas- y que ha dejado la Justicia mucho más lejos para todos los ciudadanos.
Los que pensamos que el aborto es un drama, y ya sólo confiamos, poco, en lo que pueda hacer el Tribunal Constitucional -¡cuatro años para dar un veredicto de constitucionalidad!- ya sabemos que el PP no se va a atrever ni siquiera a volver a lo que estaba vigente antes de que Zapatero hiciera otra de las suyas. Y que tampoco va a poner en marcha políticas de ayuda a las madres que sí quieren tener sus hijos, ni a dedicar más recursos a formación en las escuelas, ni a luchar contra esa tragedia que afecta a las madres, claro, pero también a los padres. Esta sociedad adormecida prefiere mirar para otro lado antes que luchar en defensa de la vida. Lo de Gallardón es una anécdota. Pero tendrá consecuencias de largo alcance.

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