Fernando Jáuregui – La tele pública y otras disputas nacionales


MADRID, 25 (OTR/PRESS)

La dimisión del presidente de Radiotelevisión Española, Leopoldo González-Echenique, no es precisamente un paso más en esa especie de crisis larvada de Gobierno que, contra la obvia voluntad de Rajoy, está casi en marcha. Pero, si no es otra crisis como la que abrió Alberto Ruiz-Gallardón, lo cierto es que evidencia una quiebra en una institución que debería figurar como una de las más sólidas del país, si es que, como yo hago, creemos que la información, la comunicación, son bienes esenciales para la persona.
Y, con todos los claroscuros que usted quiera, RTVE sigue encontrándose a la vanguardia, técnicamente, en cuanto a medios y en lo referente también a imparcialidad informativa. He colaborado en diversas fases tanto con la radio como con la televisión públicas, y puedo atestiguar el enorme salto adelante en cuanto a fiabilidad en la época de UCD, después de que Adolfo Suárez, que fue director general del Ente, se aprovechase bastante del cañón que significa este medio. Debo lamentar que, tanto con Felipe González -cuando el «guerrismo» sobrevoló sobre aquella casa– como, en menor medida, pero también, con Aznar, ese grado de fiabilidad disminuyó.
En la «etapa Zapatero» creo que recuperó sus altos vuelos informativos, y básicamente los mantiene, hasta ahora, en la Legislatura de Rajoy, pese a que son, lógicamente si se quiere, constantes las quejas y protestas desde la oposición, alguna, pero no todas, cargada de razón. Pero, desde luego, la exquisitez con la que se está tratando el peligroso proceso secesionista catalán, o la equidistancia con la que se contempló el relevo en la secretaría general del PSOE, merecen un reconocimiento, más allá de puntuales y eventuales meteduras de pata.
Soy un firme partidario del mantenimiento de un canal público de radio y televisión, que coexista, como coexiste, con otros privados, que algunas veces, especialmente en el caso de ciertas «teles», no dan una talla comparable. Pienso que un país como España ha de mantener ese canal público, por elementales razones de servicio a la ciudadanía, de mantenimiento de unas líneas de credibilidad en los grandes planteamientos políticos y sociales y, si se quiere, hasta de complementariedad con otros planteamientos más, déjenme decirlo, «frívolos». Ha de ser un canal lo suficientemente controlado por las fuerzas parlamentarias, pero no asfixiado por ellas en su libertad. Ha de ser un canal lo bastante dotado en los presupuestos -si debe o no admitir publicidad privada sería otro debate ajeno a este escrito- como para hacer frente a unas necesidades básicas, aunque no supradimensionadas; hacer periodismo es caro, la información es algo costoso.
Digo todo esto ante la avalancha de rumores de todo signo que han acompañado a la dimisión del presidente de RTVE, una casa sin duda importante para cualquier Gobierno, pero mucho más aún para la totalidad de los españoles. Es mucho lo que nos jugamos, en cuanto a calidad de la democracia, en cuanto a prestigio exterior y en cuanto a credibilidad interior, en este envite. RTVE debe seguir siendo un ejemplo. Y parecerlo.

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