Fernando Jáuregui – La propina de Pablo Iglesias+


MADRID, 3 (OTR/PRESS)

Seguir a Pablo Iglesias se ha convertido en una especie de deporte. Leí que había almorzado en un restaurante (caro, por supuesto, decían las crónicas), creo que en Avila ¡y se había ido sin dejar propina! Gravísimo delito, a añadir a sus otros muchos vicios, como cobrar por ser europarlamentario, bendecir a los proetarras o ser partidario del régimen de Corea del Norte, ese cuyo líder se rompe los tobillos por andar sobre dos tacones-andamio a ver si así parece que ha crecido, al menos en estatura, ya que no en dignidad.
Lo de la propina no sé si es o no cierto; yo mismo me acuso de que, muchas veces, cuando no me siento bien tratado, olvido la propina. Y qué. Sí sé que es falsa su inclinación «abertzale» y que no existe esa admiración por el Kim coreano de turno que le atribuyen. Que Pablo Iglesias bese a su novia en la calle se ha convertido en noticia y en comentario, desfavorable, por supuesto, para el líder de Podemos. A quien desde algunos círculos le están haciendo el enorme favor de presentarle casi como un monstruo por cosas que poco tienen que ver con él, o que son perfectamente normales –¿quién no ha besado a su pareja en la calle?¿acaso no cobran los demás eurodiputados?–, con lo que aumenta su condición de víctima de esa «casta» que se gasta una «pasta» con «tarjetas-jetas» de una entidad que hemos rescatado -y a qué precio- entre todos, o que dimite por sedicente dignidad, para, de inmediato, beneficiarse de una sinecura en la que económicamente va a ser tratado, el dimisionario digo, mucho mejor que en la poltrona del Ministerio.
No se confunda usted: esto no es una defensa de «Podemos» ni de Pablo Iglesias, a quien conozco apenas de una tertulia televisiva en Bilbao y que no me pareció que fuese ni irrazonable ni faltón, como otros, pero tampoco tan, tan brillante como algunos de sus incondicionales quieren presentarle. Creo que a este movimiento, que parará en lo que sea, pero no, desde luego, en el Gobierno (ni siquiera en alguno de carácter local que tenga cierta importancia), se le pueden criticar muchas cosas. Como profesional de la comunicación, tengo numerosas objeciones sobre el funcionamiento hermético de esta formación. Como observador político, sigo extrañado de algunos silencios, como, por ejemplo, qué piensan sobre las soluciones a dar al conflicto secesionista en Cataluña y, ya que estamos, qué opinan sobre la estructura territorial a dar a España. Como estudioso -bien que aficionado, mal que me pese- de los fenómenos económicos, estoy convencido de la inaplicabilidad de sus recetas.
O sea, que hay sin duda muchos motivos de crítica, dentro del debate político lógico en una nación, sobre la trayectoria y proyectos de esta formación que arrasa, parece, en las encuestas, tengan las encuestas el valor que tengan. Pero me parece que a muchos de quienes, pese a todo, no nos sentimos atraídos por las proclamas de «Podemos», nos desconciertan algunos ataques, más dictados desde luego por el sectarismo que por la imparcialidad informativa, contra esta opción electoral a la que, no lo olvidemos, han apoyado un millón trescientas mil personas, que seguro que ni son filoetarras ni admiradoras del tipo ese de los tacones. Debemos, todos, volver a la mesura, a la sobriedad en los análisis políticos, que ya se ve cada día más que se van convirtiendo en análisis preelectorales. Y que van degradando, a base de sal gorda, medias verdades, mentiras completas y difamaciones, el terreno democrático en el que nos movemos. No, así no podemos seguir con Podemos.

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