Carlos Carnicero – El final del bipartidismo y muchas cosas más.


MADRID, 5 (OTR/PRESS)

La mayor parte de los españoles de nuestro tiempo ha vivido en una época de crecimiento continuo. En lo económico y también en lo social. La Transición fue un éxito. Pero ahora casi todo aquello que configuró una España relativamente moderna y próspera, es historia. Hemos entrado en la época de la incertidumbre y no hay nada sólido en el horizonte español. Crisis profunda sistémica, económica, institucional y social. Enfrente hay un inmenso vacío.
España, como estado-nación, parece sumida en una pendiente hacia el abismo. Del sueño de Aznar (jugar en las grande ligas) y de Zapatero (dar el sorpasso a Italia y a Francia) hemos pasado a la insignificancia internacional. Del «milagro» económicos español, a figurar en el tren de cola de las economías eeuropeas, a pesar del ligero repunte. De ser uno de los países con derechos sociales más extendidos, a tener en crisis todo nuestro sistema de protección en un universo de millones de parados sin esperanza de volver a trabajar. Nuestras universidades, expedidoras de jóvenes brillantemente preparados, necesitan una agencia de viajes para colocar a esta generación perdida en la emigración.
Con ser grave todo lo anterior, hay cosas todavía o igualmente de fondo:

Una parte considerable de españoles, sobre todo residentes en Euskadi y Cataluña, ni se sienten ni quieren ser españoles. Este incremento considerable sobre una base que ha existido durante toda la transición, se debe también a la crisis general de España y, sobre todo, a la torpeza con que se ha manejado la cuestión catalana en los últimos años. Es mucho más fácil el desapego de una España en crisis que de una prospera.
El nacionalismo radical español alejó a muchos españoles de esa pertenencia. José María Aznar, con su descreimiento hacia la concepción plural de España, hizo mucho por la causa secesionista en Cataluña. Pascual Maragall con sus piruetas y su empeño en un nuevo estatuto que nadie más que él reclamaba, trazo una hoja de ruta. José Montilla, president de la Generalitat encabezó una multitudinaria manifestación, nada menos que contra el Tribunal Constitucional. José Luis Rodriguez Zapatero quiso contentar a todos y aceleró el caos.
Y en esto llegó Artur Mas, empecinado a emular, con otros parámetros históricos, a Lluis Companys. Quería entrar en la historia y lo va a conseguir, uniéndose a la destreza de UCD para deconstruir un partido de gobierno y provocar un caos institucional en Cataluña. Los sondeos pronosticas su inevitable entierro político.
El caos no es solo la amenaza latente de un referéndum declarado ilegal por el Tribunal Constitucional, y que a día de hoy no sabemos si se celebrará de alguna manera el 9 de noviembre. A la vuelta de la esquina.
El grave problema, pase lo que pase, se presentará el día después del 9-N. La legalidad sirve como freno de iniciativas imposibles dentro de la Constitución. Pero la política es imprescindible para reconstruir todo lo que se ha roto. Encontrar una España en la que la inmensa mayoría de los españoles, y entre ellos los catalanes, se sientan cómodos no es fácil. Si se estudia con detenimientos las competencias transferidas a Cataluña se puede determinar con toda objetividad que no hay estado federal en Europa, y probablemente en el mundo, en el que el autogobierno sea tan amplio. ¿Cuál es el paso siguiente en esa progresión para la que ya no hay contenido? ¿Qué le puede ofrecer el resto de España a Cataluña para conseguir un marco estable de relación y convivencia?

El estado federal es una abstracción si no se concreta su esencia. Pero un estado federal es un estado-nación con una división de poderes y competencias igual entre todos los estados federados ¿Eso es lo qué aceptarían los partidarios de la secesión en Cataluña? A la altura que estamos, iniciar un proceso de reforma constitucional solo tendría sentido si asegurase, con un compromiso serio y estable de todos los representantes políticos de todos los españoles de todas las latitudes, una Constitución indiscutida por todos.
La gran pregunta que estamos obligados a contestar, sin pasiones ni prejuicios, es cuales son las causas de este fracaso histórico de la España constitucional para construir un estado-nación en la que todos estén conformes y arraigados. Se me ocurren unas cuantas que desarrollaré en otro artículo.
Pero, por si faltaba algo, a esta profunda crisis de estado que se ha materializado en la desobediencia de las autoridades legales de Cataluña, se une un destrozo muy difícilmente reparable de la mayoría de los españoles en sus instituciones. La forma de conducir la crisis y el tremendo vacío ético de la corrupción han separado de forma brutal a los españoles de sus representantes y de las instituciones.
Un inventario de la corrupción resulta demoledor. Casi todos los partidos, los sindicatos, las patronales, los directivos de cajas de ahorro, la propia familia real están salpicados por esta lacra. La confesión de Pujol y el obsceno, cutre y amoral asunto de las tarjetas opacas de Caja Madrid ponen en un espejo convexo el grado de corrupción al que hemos llegado. ¿Se puede pedir paciencia a los tenedores de preferentes cuando observan el comportamiento de Miguel Blesa y sus consejeros? Se puede consentir que los fondos de dinero de todos los españoles, miles de millones de euros, destinados a rescatar estas cajas que eran una cueva de ladrones, se quede sin devolver?

¿Se puede pedir confianza después de observar que el padre de la patria catalana, permanente denunciador del «saqueo» que España ha realizado en Cataluña, al observar el saqueo llevado a cabo en su patria por él y su familia?

El bipartidismo está herido de muerte. Sobre todo porque los electores no se fían de los partidos que han sido responsables desde el gobierno y de las instituciones de todo este estado de cosas.
La alternativa, que está en los manuales, es la aparición de populismos inherentes a toda situación de crisis sistémica. En España han tardado en aparecer, a pesar de que ha habido intentos, algunos con relativo éxito, como el paso por la política de Jesús Gil, de José María Ruiz Mateos y de Mario Conde.
Ahora, la eclosión de Podemos en las elecciones europeas demuestra que la historia tiene razón. En situaciones de falta de esperanza, decir lo que los electores quieren oír desde su desencanto total con lo establecido, es una realidad tozuda e ineludible.
Recetas mágicas, e imposibles, para situaciones sin salida. Inteligencia en la comunicación con los ciudadanos, frescura en las actitudes y una tendencia a romper con todo lo relacionado con la «casta» que ha estado gestionando los asuntos públicos hasta conducirnos a una situación sin salida. Receta para el éxito.
Las fórmulas para solucionar todos estos desaguisados no parecen fáciles. Y no se observa en los grandes partidos la decisión imprescindible para una catarsis que devuelva la confianza. Es cierto que el nuevo secretario general del PSOE está haciendo algunos gestos de ruptura con el pasado reciente del partido. Pero no parece que sean suficientes. A la izquierda queda un inmenso espacio que Podemos quiere acaparar y no parece que le vaya mal.
Probablemente estamos en un cambio de época con todo lo que puede significar esta situación. Y realizar otro inventario, este de medidas regeneradoras, es urgente. Seguiremos reflexionando sobre esto.

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