Andrés Aberasturi – Miedo y/o espectáculo


MADRID, 10 (OTR/PRESS)

Es fácil entender -y triste- que tratar de reflexionar con una cierta tranquilidad sobre lo que nos rodea, no «vende» en esta sociedad-espectáculo que entre todos hemos creado. Y tanto da que los medios de comunicación, más la fuerza brutal y descontrolada de las redes sociales, hablen de la secesión improbable de Cataluña, de que los móviles se recargan en un microondas, de las idas y venidas de una tonadillera o de lo que ahora nos ocupa y nos preocupa: el ébola y esa mujer cuya intimidad se ha perdido por completo en una maremágnum en el que todo se combina: el derecho a la información, la torpeza de los responsables políticos, las banderías partidistas, el morbo, la audiencia y la explotación del miedo. Y naturalmente que hay que exigir responsabilidades y naturalmente que hay que informar, pero pongamos aquella vieja raya roja que una vez existió para todos y que nadie tendría que cruzar. Por sensibilidad, por respeto, por el bien de la sociedad. Pero en el caso que nos ocupa la polémica empezó ya antes del contagio, empezó con la repatriación de los dos misioneros y hoy, quienes cuestionaron esa decisión, parecen cargarse de razones y restregarnos a todos el «ya te lo decía yo».
Y no. Aquí ha fallado algo y habrá que saber qué, pero la repatriación de nacionales -fueran o no religiosos- la han llevado a cabo, por ejemplo, Inglaterra, Alemania, Francia o EEUU; las preguntas que siguen siendo válidas es si España estaba o no preparada para tratar estos casos y el por qué del contagio de la auxiliar de enfermería, profesión, por cierto, dentro de la escala sanitaria a la que habría reconocer alguna vez todos sus méritos y todos sus riesgos porque son ellas y ellos los que están en contacto más directo con la traducción real de eso que tan finamente llamamos «fluidos».
El resultado de todo este espectáculo es, naturalmente, el miedo; un miedo que se va extendiendo y al que, desgraciadamente, los españoles estamos habituados. No hablo de las pandemias generales como la gripe aviar, la porcina o las «vacas locas» que en su momento crearon más alarma que tragedias; tampoco del sida, aquella tremenda realidad que aun sigue cobrándose vidas y que no sólo provocó miles de muertos sino la exclusión social de colectivos como posibles apestados. Pero sí hablo de la angustia continuada del entonces llamado «síndrome tóxico» provocado al parecer por un aceite de colza en 1981 que dejó una secuela de más de mil muertos, sesenta mil afectados y casi la mitad de estos con secuelas irreversibles. Nadie entonces sabía nada; aparecían nuevos casos en distintas zonas, teorías descabelladas y otras no tanto que durante casi dos meses sumieron al país en un pánico generalizado más propio de la Edad Media pero absolutamente comprensible ante algo nunca había sucedido. ¿Qué tenemos hoy en el caso del ébola? Una enfermedad conocida y lamentablemente olvidada porque hasta ahora solo afectaba a países del tercer mundo. Pero la realidad es que la amenaza ha saltado las fronteras y la OMS ha tocado las campanas de la alerta roja. Y ha sido en España donde se ha dado el primer caso de contagio en Occidente actuando con rapidez en el aislamiento de la enferma aunque, evidentemente, con errores que habrá que encontrar y solucionar de la forma más inmediata posible.
No pretendo exculpar a nadie con estas líneas y mucho menos justificar o aceptar la forma en que el las autoridades sanitarias, empezando por la ministra, han informado sobre el tema. Pero de ahí a ofrecer a una sociedad-espectáculo como dije antes el despliegue que se ha montado alrededor de esta tragedia, me parece excesivo. Hay una mujer que a la hora de redactar esta columna está grave. La gente con la que ha podido estar en contacto, parece ser que está aislada y bajo observación y hasta expertos en medicina tropical y virología están convencidos de que no habrá un brote epidémico de ébola en nuestro país «si las cosas se hacen bien». Y las cosas, parece, se empiezan a hacer bien. La información, insisto, ha sido absolutamente desafortunada por parte de las autoridades -incluso en alguna ocasión, más que mala: inmoral-. Pero la realidad es la que es y resulta peligroso crear una alarma social más allá de la lógica tan solo por hacer política o tener audiencia.

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