Fernando Jáuregui – Golf y otras golferías


MADRID, 23 (OTR/PRESS)

Erase que se era un país amante de los bares en cada esquina, de la fiesta nacional, de la difamación y de hacer oídos sordos al clamor de la calle. Un país en el que algunos gobernantes y sus familias pensaban, y por lo visto pensaban bien, que todo se les debía y que, por tanto, todo podían tomarlo gratis, hasta el punto de que los ciudadanos se habían acostumbrado ya a los desmanes y consideraban excepcional cualquier comportamiento que otras naciones vecinas hubiesen creído simplemente normal. Un país que se desangraba continuamente en peleas territoriales sin causa ni método y en las que los contendientes sabían de antemano que, fuese cual fuese el resultado, la cosa acabaría peor que como empezó. Un país en el que encontrar petróleo era una desgracia, motivo de fricciones políticas, lo mismo que el sanamiento de una paciente heroica, a la que las autoridades difamaron y maltrataron: en lugar de alegrarse por la mejoría y de la buena acción de los médicos, se organizó una gran trifulca para hablar de lo mal que iba la sanidad nacional.
Aquel país que digo, y que no identificaré, se perecía por las discusiones bizantinas; con decirle a usted que acabó la actividad de una banda terrorista asesina y algunos hasta parecían lamentarlo o, al menos, seguían negando la evidencia muchos meses después.. Nada gustaba más a los habitantes de aquel país que interrogarse acerca de si se trataba de galgos o de podencos, mientras los canes destrozaban la moral nacional con sus mordiscos.
La última imagen surrealista de aquel muy surrealista país consistió en la reproducción en los periódicos de una fotografía a todo color en la que se mostraba una idílica mañana soleada en un campo de golf. Una atractiva joven, ataviada para la ocasión, comenzaba un swing y su acompañante la miraba, plácido. No era el único que miraba: unas decenas de personas, de color oscuro, también parecían seguir la partida, encaramadas a una alta valla metálica, quién sabe si adornada o no con eso que eufemísticamente se llamó «concertinas» y que el vulgo de aquel país identificaba con cuchillas. Puede que aquellos espectadores oscuros estuviesen jugándose la vida, quizá para entrar en el campo de golf y aprender a practicar un deporte que en sus países parece no estar muy extendido. Dicen que, mientras tanto, en el Parlamento de aquel extraño país discutían acerca de cómo llamar a la devolución «en caliente» de aquellos espectadores tan atípicos a sus lugares de origen, porque, decían las autoridades con su superior criterio, en aquel campo de golf no cabían.
Aquel país tenía en su álbum otras muchas fotografías surrealistas, aunque quizá no tanto como sus propios debates políticos. Menos mal que le quedaban los bares y la mala leche para ir tirando.

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