Siete días trepidantes – Leonor.


MADRID, 25 (OTR/PRESS)

Asistí, en el teatro Campoamor de Oviedo, a la última edición de los Premios Príncipe de Asturias. El año próximo, los premios se llamarán Princesa de Asturias, en honor, claro, de Leonor de Borbón Ortiz, la hija mayor de los reyes Felipe y Letizia. Creo que la niña, ni siquiera diez años tendrá, no pronunciará discurso alguno en la ocasión, aunque vaya usted a saber lo que ocurrirá de aquí a un año: quienes la conocen, aseguran que Leonor -Doña Leonor- tiene cualidades de sobra como para plantarse ante un mini-atril y, allí donde otros necesitan de una pantalla especial para leer sus discursos sin que lo parezca, largar un mensaje infantil que haga pensar mucho a los severos varones y ejemplares damas engalanados que se congregan en el Campoamor, frontera del lado de acá de una de las dos o tres Españas que se evidenciaron este viernes en las engalanadas calles de Vetusta.
Ignoro, claro, si la mala educación de algunos de los que –muy legítimamente, desde luego, pero con ciertas formas deplorables, como tuve ocasión de comprobar personalmente– se manifestaban el viernes por La Escandalera, insultando a quienes por allí y por las cercanías del Campoamor andaban con corbata y traje oscuro, se habrían mostrado tan agresivos contra cualquiera que para ellos representase a «la casta» si, en lugar de Felipe VI, el discurso lo hubiera pronunciado una niña que encarna al futuro que ellos no quieren. Creo que nada hubiera importado ni frenado algunos gritos -«los borbones, a los tiburones»- inaceptables, aunque pienso yo que las dos niñas del matrimonio Borbón y Grecia-Ortiz Rocasolano están haciendo más por la Monarquía que generaciones enteras de Habsburgos y Borbones.
Ya veremos lo que ocurre el año próximo: en todo caso, me parece que son muy necesarios esos discursos que el nuevo Rey administra con cuentagotas hablando de concordia, de rearme moral y de revisión -«revitalización», dijo- de algunas pautas políticas. Don Felipe, la verdad, comete pocos errores, a mi juicio: lo compartíamos prácticamente todos los que le escuchábamos en el teatro. Pero ahí fuera del Campoamor estaban la España que protesta, la España que se encoge de hombros, indiferente y atenta solo a su propia vida. Y estaba Rajoy en Bruselas, confiando en que los casos de corrupción, algunos de los cuales afectan a su propio partido, «no se repitan». Y ahí, en su sitio mal ubicado, estaba Artur Mas, dando las últimas pinceladas a su ya desvaída consulta de dentro de dos semanas, que sí, que estará aguada, pero que problemas vaya si los va a dar.
Me gustaría pensar que el año próximo, cuando, con discurso o sin él, la pequeña Leonor protagonice la 35 edición de los Premios Príncipe -perdón, Prrincesa: el propio Rey se equivocó- de Asturias, habrán desaparecido muchos de los temas que tensionan a las Españas varias, también a la «oficial» del interior del Teatro Campoamor. Ya no habrá, claro, pesadilla del 9-n, de consultas soberanistas; pero me pregunto cómo se gestionarán el 10-m, el 11-m y así hasta el próximo final de octubre de 2015, que será cuando nuevamente se entreguen los premios, abriendo la puerta a una especie de larga «recta final» hacia unas elecciones legislativas que nadie puede imaginar hoy por dónde van a discurrir, y menos aún cómo van a resultar. Ni, si nos atenemos a los deseos expresados en Bruselas por Rajoy, se habrán repetido esos casos de corrupción de los que cada día conocemos uno nuevo, aunque estén, eso sí, referidos siempre a un pasado, reciente, pero pasado. Ni recordaremos ya los bochornosos casos «familia Pujol», «tarjetas Caja Madrid», «nuevos paraísos fiscales de Bárcenas» o «dinero negro en la sede del PP», ERES andaluces y un largo etcétera de «affaires», que habrán sido, confiaría uno, castigados con una diligencia mayor de la que actualmente se practica en las instrucciones judiciales.
Ya sé, ya sé que acaso todo eso evidencia un excesivo optimismo por mi parte: al fin y al cabo, me estoy refiriendo a un tiempo futuro de apenas un año. Pero es que vivimos en tiempos de aceleración y, por tanto, de cierta confusión: ¿quién iba a pensar, en octubre de 2013, que en la edición de los premios ovetenses de este año en curso se iban a refundar ya bajo la denominación «Princesa de Asturias», y que los debates se iban a centrar en si una niña, que cumplirá los diez años precisamente a finales de ese octubre de 2015, está ya capacitada o no para encaramarse al atril utilizado durante más de tres décadas por su padre y lanzarnos un mensaje regeneracionista, aunque con voz infantil, a los hoy conmocionados habitantes de alguna de las tres españas?

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