Victoria Lafora – Matas como símbolo.


MADRID, 5 (OTR/PRESS)

La salida por la puerta de atrás de Jaume Matas de la prisión de Segovia, cuando solo había cumplido tres meses de pena, sin mostrar el menor signo de arrepentimiento, con numerosas causas pendientes y en contra del criterio de la junta de clasificación de la cárcel, demuestra hasta qué punto el Gobierno de Mariano Rajoy está atado de pies y manos por los vergonzantes casos de corrupción que afectan a destacados dirigentes del PP.
No es, como dijo María Dolores de Cospedal, que el Partido Popular haya hecho todo lo que tenía que hacer frente a la corrupción, es que no pueden hacer otra cosa que intentar ayudar a sus presos porque el riesgo de que hablen y hundan aún más en las encuestas las expectativas electorales de la formación es un peligro inasumible.
Hace ya tiempo que el Gobierno y el PP funcionan a golpe de encuestas internas y ajenas, tratando de parar la marea de indignación ciudadana que puede llevar a Podemos al poder y dejar a Mariano Rajoy convertido, después de UCD, en el presidente que paso del todo a la nada en una sola legislatura. Con Bárcenas en prisión, frotándose las manos cada vez que el juez Ruz, hurgando en sus papeles, descubre un nuevo pago en negro (el último ayer mismo con el dinero sacado de España por el arquitecto Urquijo que, supuestamente, cobro de la «Caja B» por las obras de Génova); Carlos Fabra exonerado, de momento, de cumplir la pena de cárcel a la que fue condenado, la alcaldesa de Alicante, con dos imputaciones a sus espaldas y saludando al Rey en un acto con empresarios porque nadie se atreve a prohibírselo, Angel Acebes culpando al tesorero Lapuerta y este enseñando la patita con una declaración por escrito etc, etc.
Con ese saco de podredumbre a sus espaldas ni el PP ni el Gobierno tienen muchas alternativas donde elegir: o seguir tapando a los suyos o dar un golpe de timón que saque de una vez por todas a los mangantes de la vida pública. Pues bien, esta catarsis es impensable en un Mariano Rajoy.
Por lo tanto se aferran a las expectativas de una mejora económica (que Bruselas tiró por tierra está semana) o a la imposición de la ley en Cataluña que demuestre a su electorado que son los únicos capaces de mantener la unidad de España. Así un tema tan grave como el desafío soberanista catalán se convierte en una mercancía que se disputan CiU y PP solo pensando, cada uno de ellos, en lavar sus imágenes y el su rédito electoral.
Resulta evidente que el lastre de los casos de corrupción que asolan a ambos partidos les incapacitaría, en cualquier democracia consolidada, para permanecer en el poder. El choque de trenes del próximo domingo será, una forma más, de esconder los múltiples casos de robo de las arcas públicas protagonizados por las cúpulas de convergentes y populares.
Y, mientras tanto, Podemos sumando votos…

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