Fermín Bocos – Una farsa


MADRID, 6 (OTR/PRESS)

A la gente hay que decirle lo que no está dispuesta a escuchar. En el caso del proceso separatista impulsado por Artur Mas, lo que muchos en Cataluña no quieren saber es cuanto había de farsa, de táctica política sin objetivo mayor por parte de CiU que no dejarse madrugar (en términos de expectativas electorales) por ERC ,un partido, ellos si, partidarios de la independencia.
Desde el día en el que hace quince meses viajó a Madrid para decirle a Mariano Rajoy que quería un «concierto fiscal» y obtuvo un «no» como respuesta, Mas no ha parado de sobreactuar. Ante la negativa razonada del Presidente del Gobierno («Si hoy me pides tú un trato fiscal especial para Cataluña, ¿cuánto tardarán en pedir lo mismo el resto de las comunidades autónomas?»), Mas buscó los focos para anunciar que rompía con España. Bajo el eufemismo del «derecho a decidir» se inventó un referéndum a sabiendas de que ni la «Generalitat» tenía competencias para convocarlo, ni la Constitución contempla el derecho de autodeterminación. Abandonó asuntos acuciantes para la sociedad catalana tales como el creciente desempleo (más del 20 %),la falta de recursos para mantener el sistema público de salud (cierre de ambulatorios, hinchazón de las listas de espera, impagos a las farmacias) o el crecimiento imparable de la deuda y desvió todos sus esfuerzos hacia el «proceso». En aras de esa quimera desnaturalizó las señas ideológicas iniciales de CiU. Utilizando de manera abusiva la televisión autonómica y contando con el apoyo de medios privados agradecidos por los reiterados favores en forma de concesiones de frecuencias de radio, consiguió que pasaron de puntillas sobre los casos de corrupción y centraran todas sus líneas -las editoriales y las estrictamente informativas-,en los avatares del «proceso». Dicho con otras palabras: en echar leña al fuego en el «pulso con Madrid». Entre medio: dos «Diadas», multitudinarias. La última albardada con las tergiversaciones del tricentenario. La mitificación de la derrota de los defensores de Barcelona en 1714. Una guerra de sucesión, convertida por la propaganda nacionalista en «guerra de secesión». Todo se mezcla en el puchero si alimenta el victimismo y favorece la causa. Suspendido el referéndum por el Tribunal Constitucional, estamos a horas de que el domingo se pueda reproducir un nuevo «11 de Septiembre». Con mucha gente participando en un simulacro llamado a convertirse en una foto que será difundida fuera de España como «prueba» de que los catalanes son un «pueblo oprimido». Si no hay incidentes de otro tipo que también serían oportunamente magnificados, el lunes 10, Artur Mas le mandará una carta a Rajoy para «explicarle lo que ha sido el 9N», recordarle los «23 puntos» que resumen sus quejas e invitarle a negociar. Es decir, quiere volver a la casilla inicial. Pero la política no es el juego de la oca y los puentes que se han roto, los afectos quebrados, las deslealtades puestas en evidencia -por no hablar del riesgo de fractura social instalado en la sociedad catalana-, tardarán en olvidarse. La farsa de Mas ha durado demasiados meses. Estamos ante un impostor político o un desaprensivo. No sé qué es peor.

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