Antonio Casado – El simulacro del 9-N.


MADRID, 10 (OTR/PRESS)

Hubo 9-N, hubo consulta de hecho -no de derecho-, los catalanes votaron libremente y Rajoy puede decir que el cumplimiento de la ley evitó la aventura segregacionista, mientras que Mas presume de cumplir lo prometido. Pero seguimos en las mismas. Cataluña donde estaba, con tirios y troyanos repicando hasta la saciedad sus respectivos argumentos Y otra vez a esperar acontecimientos. Si acaso, en una fase de descompresión. «¡Queremos votar!» era el mantra de muchos catalanes coreados por el nacionalismo gobernante. Pues ya han votado y eso contribuirá a bajar la temperatura y templar los ánimos. No obstante, insisto, seguimos donde estábamos.
Bastaría esta declaración del presidente de la Generalitat, Artur Mas, en el minuto uno del día después, para calibrar el alcance de las votaciones llevadas a cabo el domingo pasado: «Ahora hay que ir hacia un referéndum de verdad, dentro de la legalidad y a ser posible pactado con el Gobierno». Esa descarga verbal de quien ha venido pilotando la aventura nos ahorra de entrar en detalles sobre la inutilidad de la consulta («proceso participativo», según la Generalitat). Es coincidente, aunque dicho de otro modo, con la declaración que en el minuto uno del día después hizo el Gobierno por boca de su ministro de Justicia, Rafael Catalá: «Ha sido un acto inútil y estéril». Es verdad que, además, lo calificó de «simulacro» y de «acto de propaganda», pero ya me contarán si en lo esencial (la inutilidad) hay diferencia hay entre el sentir de Artur Mas y el de Catalá cuando ambos coinciden en que el 9-N deja las cosas exactamente igual que estaban.
Asunto distinto es la libre interpretación de lo ocurrido, sobre todo en clave política. De este 9-N, tal y como se ha llevado a cabo, se desprenden dos moralejas. Por un lado, viene a ser una dosis de recuerdo sobre la naturaleza política del problema. Por otro, mejora la cotización de Artur Mas frente a sus socios y competidores de ERC. En cuanto a la clave legal, no puede ser otra que la que es, aunque hemos de anotar la indolencia de la Fiscalía (un brazo de actuación del Gobierno, se diga lo que se diga respecto al estatuto de esta institución), probablemente a causa de una decisión de última hora de Moncloa, que quiso tener la fiesta en paz.
La visión de conjunto desprende algo parecido a un empate. Es como si la ley y la política hubieran aceptado las tablas antes de iniciar una nueva partida. Los que invocan solo la política, con Artur Mas al frente (el mantra es que la democracia está por encima de la ley) creen haber ganado porque siempre dijeron que su objetivo era votar. Y han votado. Y también creen haber ganado quienes invocan solo el cumplimiento de la ley, con Mariano Rajoy encabezando ese grito coral, porque han frenado la aventura segregacionista de quienes querían reventar el Estado. Querían y quieren, porque, por supuesto, volverán a la carga.

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