La corrupción del lenguaje: Interrupción voluntaria del embarazo


La crisis y los continuos casos que día a día van saliendo a la luz han colocado la palabra corrupción en un lugar preferente en nuestra vida cotidiana: en los discursos políticos, en las intervenciones televisivas y columnas periodísticas, y en la barra del bar. Todos hablamos de corrupción, porque a todos nos afecta. En efecto, si no se robara, se malversara, o se despilfarrara tanto dinero público, se podrían emplear mayores partidas para articular dispositivos para conseguir una sociedad más equitativa y justa.

Pero se nos escapa algo. Cegados por la cuestión económica hemos olvidado la parcela moral. Y este abandono propicia que en nuestro jardín espiritual crezcan malas hierbas y maleza, en lugar de flores de bonitos colores y aromas. De esto, todos somos culpables. Nuestras acciones, buenas o malas, siempre tienen consecuencias, aunque no sean visibles de inmediato. En estos momentos estamos sufriendo los efectos de ser demasiado laxos, demasiado frívolos, demasiado egoístas y demasiado permisivos. Nos hemos convertido en unos estúpidos. Hemos permitido que nos desahucien de nuestra parcela moral, y nos hemos dejado convencer por los que detestan las rosas y las margaritas, entiéndase la metáfora.

Esto también es corrupción, corrupción moral, y ella engloba la corrupción del lenguaje. De esto no se habla. No es política ni socialmente correcto analizar y gritar desde los tejados los efectos de causas que no hemos sabido combatir con valentía, a cambio de un bienestar ramplón y efímero que solo lleva a mini felicidades con minúsculas que dejan resacas crónicas.

Hemos aceptado la corrupción del lenguaje sin inmutarnos. De la mano de políticos irresponsables y ambiciosos, influenciados por tenebrosos ideólogos, nos hemos ido acostumbrando a los eufemismos creados ad hoc, por expertos en ingeniería verbal, para una sociedad que traga sin masticar, y que poco a poco ha ido perdiendo su capacidad de discernimiento. Así, decimos sin ningún rubor, “IVE, interrupción voluntaria del embarazo”, cuando nos referimos a matar a un bebé en gestación, o “morir dignamente”, al hecho de dejar esta vida por el método de la inyección.

Si ya en sí es un acto reprobable, que nuestras modernas leyes hayan convertido el aborto en un derecho, lo hace aún más, porque vemos la mano del mal dirigiendo las acciones de estos guiñoles de la justicia, que prescindiendo del derecho natural, muy anterior al derecho positivo, sirven a los políticos de turno –Montesquieu ha muerto—, a su vez al servicio de los think tanks, diseñadores de ideologías y tendencias.

Al papa Francisco siempre se le entiende aunque no se haya estudiado teología y se ignore el significado de inmanencia. Este sábado en la exhortación a los miembros de la Asociación de médicos católicos de Italia, nos alienta a tener la valentía de ir contracorriente en unos tiempos en los que se atenta contra la vida; y no solo se refiere a la denuncia de la eutanasia y el aborto, como pecados abominables, sino a la “producción” de hijos en laboratorio, y demás experimentos con la vida humana, que son “pecados contra el Creador”. Anima a los médicos a la objeción de conciencia. Dice que el aborto no es un problema religioso sino científico, porque no es lícito liquidar una vida humana para resolver un problema. “Es el pensamiento moderno –dice—. Pero escucha: en el pensamiento antiguo y en el pensamiento moderno, la palabra ´matar` significa lo mismo”. Y lo hace extensible a la eutanasia, aludiendo a la cultura del descarte.

Gallardón desvela su secreto mejor guardado: que fue un “lobby” quien lo descabalgó del cargo y acabó con su carrera política; al menos, de momento. No sabe si fue un lobby u otro, pero un lobby, al fin y al cabo, y eso le hace sentir asco. Demasiado tarde hay que decirle a este político del PP, adalid de los progres, de los que se dicen centristas. El arquetipo de la derecha moderada soñada por Polanco, que se pronunció a favor de los matrimonios gays y que convirtió la decoración navideña de Madrid en símbolo de una Navidad laicista, más que laica –menuda contradictio in terminis—, por miedo a que el anuncio del nacimiento de Cristo pudiera ofender a la progresía rancia e intolerante. Pero me gusta que Gallardón haya mencionado los lobbies. Son muchos los que creen que se trata de una conspiranoia más, pero ¡haberlos hailos!

Como decía al principio, la peor corrupción es la moral. Que nos hayan desposeído de esa condición de nuestra conciencia que discierne lo trascendente y lo efímero, el bien y el mal, es el peor de los desahucios. ¡Créanme! Y de esto se habla poco, incluso en los púlpitos.

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Por Magdalena del Amo
Periodista y escritora, pertenece al Foro de Comunicadores Católicos.
Directora y presentadora de La Bitácora, de Popular TV
Directora de Ourense siglo XXI
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Autor

Magdalena del Amo

Periodista, escritora y editora, especialista en el Nuevo Orden Mundial y en la “Ideología de género”. En la actualidad es directora de La Regla de Oro Ediciones.

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