El Abanico – Franklin, el devorador de libros


MADRID, 27 (OTR/PRESS)

A veces la vida te pone ante espejos que te deslumbran, ante personas que te cautivan solo con mirarlas. Una experiencia que tuve la oportunidad de vivir el miércoles pasado después de una charla que pronuncié sobre «La princesa Paca, el gran amor de Rubén Darío», en Caja Castellón, dentro del ciclo «Femenino singular» y a la que asistieron numerosas personas. La mayoría de ellas, mujeres de mediana edad, salvo un niño de no más de 6 años que había en la última fila y a quien acompañaba una señora que pensé que sería su madre pero que resulto ser su abuela. Una mujer joven, de aspecto modesto, que al terminar el acto se acercó hasta donde estaba para que le firmara el libro. Antes de que me diera tiempo a preguntarle su nombre, el muchacho me dijo que lo había leído y le había gustado mucho. Ante mi cara de asombro me comentó que era un apasionado de la lectura y que leía todo cuanto caía en sus manos.
La explicación me sorprendió tanto que no resistí la tentación de preguntarle a Amores, su abuela, si eso era lo habitual en un niño de tan corta edad y fue entonces cuando me dijo que Franklin había aprendido a leer y escribir por sus propios medios a los 3 años de edad, antes siquiera de que su madre le llevara a la escuela. Empezó leyendo el periódico, devorando cuanta letra impresa caía en sus manos, sin que nadie le hubiera inculcado su amor por la lectura, preocupada como estaba su familia por subsistir, después de que hubiera fallecido el abuelo y cabeza de familia.
Cuando a los 3 años llevaron a Franklin al colegio le tuvieron que pasar tres clases por encima de la que le correspondía por edad, ya que no solo leía y escribía sin apenas faltas de ortografía, sino que también lo hacía al revés, con una agilidad que dejó pasmados a los profesores que inmediatamente recomendaron a la familia que lo llevaran a un centro de «niños prodigios» que hay en Castellón. No le admitieron porque su carácter no se correspondía con este tipo de muchachos, que según me comentaron suelen ser muy retraídos e introvertidos. Todo lo contrario que Franklin, de una viveza y alegría contagiosa y una facilidad para la escritura sorprendente. Tan sorprendente que a los cuatro años escribió su primera carta a los Reyes Magos, no pidiéndoles imposibles, solo libros para poder seguir avanzando en su crecimiento intelectual. Con seis años este niño habla inglés y valenciano con fluidez y sus notas de segundo de primaria son siempre de notable para arriba.
No sabe la familia donde o a quién recurrir para que Franklin pueda seguir sus estudios, ya que no tienen medios económicos con los que sufragar los gastos que una educación especial como la suya requiere, pero están dispuestos a llegar hasta donde haga falta con tal de que tenga la educación que se merece. En su última carta a los Reyes, que envió hace tan solo unos días, ha pedido una Biblia porque, según dice, quiere saber de donde venimos y a donde vamos. Confieso que la historia de Franklin me ha conmovido, como estoy segura de que conmoverá a muchos lectores, por su tesón, por sus ganas de aprender, por su interés en salir de la difícil situación económica en que se encuentra su familia. Y me ha conmovido también porque ahora que dedicamos tanto tiempo y tanta letra impresa a quienes nada hacen, a los corruptos y vagos de solemnidad, bien merece la pena dedicarle unos minutos de atención a un chaval a quien pese a que la vida no ha sido demasiado generosa ni con él ni con su familia, bien merece que se le dé una oportunidad.

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

COLABORA

Recibe nuestras noticias en tu correo

Lo más leído