La semana política que empieza – El último mes del año en el que todo se tambaleó.


MADRID, 30 (OTR/PRESS)

Cuando comienza diciembre, en las redacciones de periódicos y agencias, radios y televisiones, comenzamos a hacer el resumen del año que se va, y a elaborar las previsiones para el año que nace. Año tremendo el que se va, que ha incluido, en apenas cinco meses, la abdicación de un Rey y la llegada de otro, la dimisión del líder de la oposición y la llegada de otro, el hundimiento de los partidos consolidados y la llegada de otros, el adiós a la política de muchos rostros que parecían estar ahí para siempre. Y, claro está, el enorme desafío independentista catalán, que ya se ve que desde el Estado central no se sabe cómo afrontarlo. Con esas premisas, ¿cómo no pensar que este 2015 que llama a la puerta va a ser un año, además de electoral, de enormes cambios, de grandes convulsiones?

No hay que temer, por supuesto, al cambio. A lo que entiendo que hay que temer es a no saber gestionar, desde el puesto de mando que sea, ese cambio. O peor: hay que temer a quienes pretenden detener artificialmente los cambios, a quienes se colocan de perfil, a quienes niegan el cambio evidente. Y de eso tenemos algunos notorios ejemplos en nuestra vida política, económica, social.
Puede que diciembre sea una buena ocasión para reflexionar, sobre la base de que, visto lo que nos viene, tal vez haya que poner muchas cosas en tela de juicio. No tiene sentido plantarse en Barcelona, como si eso fuese un viaje extraordinario, a encerrarse con el propio partido -me refiero al PP, claro- para lanzar un mensaje que todos han interpretado como rígido, de dureza, de hostilidad hacia los «otros». Y conste, ya lo he dicho muchas veces, que, entre el lenguaje secesionista de Mas, dirigido a unos catalanes, y el de Rajoy, que pretende dirigirse a todos los catalanes, me quedo, aunque con muchos reparos de fondo y forma, con el segundo. Sé, nos lo enseñan la Historia, el sentido común, la más mínima capacidad de análisis, que Artur Mas está llevando a Cataluña al desastre, con una «hoja de ruta» loca, llena de bandazos.
Me parece que lo suyo es ya irreversible, pero ¿cómo saberlo, si nadie intenta sondear hasta dónde está dispuesto a llevar las cosas? Nada tan absurdo como lo que vivimos este sábado en Barcelona, con un Rajoy que no quiso pisar la plaza de Sant Jaume y con un Mas que no quiso agachar la cabeza para encontrarse con el presidente del Gobierno central en un terreno «neutral»: hay muy buenos hoteles en Barcelona y en uno de ellos José María Aznar pudo concluir un pacto muy fructífero, en su momento, con los nacionalistas. La Moncloa no tiene por qué ser necesariamente el terreno de los encuentros.
El caso es que ahora comenzamos una semana que va a concluir con la celebración de un nuevo aniversario de la Constitución. Cada año, la pervivencia, tal como está, de nuestra ley fundamental se hace más difícil. Naturalmente que vamos a asistir a una nueva y recrudecida batalla dialéctica entre populares y socialistas, entre nacionalistas y no nacionalistas, entre izquierdas y derechas si se quiere, acerca de si hay o no que reformar la Constitución, cuánto y cuándo. Como si quedase mucho tiempo para ello. Como si ahora el dejar que todo se pudra pudiese ser -otras veces, lo admito, lo ha sido- la mejor táctica e incluso la más acertada estrategia. Ya no lo es, al menos según mi modesto entender.
No sé por qué, tengo la creciente sensación de que este va a ser el último, o el penúltimo, año -el próximo estaremos embarcados en la fiebre electoral- en el que la Constitución va a ser exactamente la misma que la que ahora conmemoramos, la de 1978. Lo que ocurre es que, cuando de verdad nos pongamos todos a la tarea de reformarla, puede que hayan triunfado las tesis de quienes hablan, me parece que algo ligeramente, del «corsé del 78» y cosas similares. Y entonces de poco valdrán las lamentaciones y los reproches. Ya será tarde.

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