Francisco Muro de Iscar – 66 años después, ¡lo que nos queda!


MADRID, 10 (OTR/PRESS)

Cada 10 de diciembre se celebra el aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. En un fantástico chiste del gran Máximo, Dios con un ejemplar de la Declaración en su manos decía: «Es lo mejor que he leído después del sermón de la Montaña». La pena es que 66 años después de aquel 10 de diciembre de 1948, muchos de los artículos de la Declaración siguen siendo una utopía, un desiderátum, algo que sigue estando muy lejos. Este año ha coincidido con las terribles revelaciones de las torturas que Estados Unidos ha infligido impunemente a los presos encerrados en Guantánamo. Torturas brutales, al margen de toda ley y, además, absolutamente ineficaces porque los detenidos no podían revelar lo que no sabían.
Muchos de esos presos fueron detenidos irregularmente, trasladados por diversos países europeos en vuelos que los Gobiernos europeos ignoraron deliberadamente, y confinados en Guantánamo sin leyes, sin derechos, sin abogados, sin un juicio y, lo que es peor, sin consecuencias para los torturadores y para los gobernantes que lo permitieron. Hay todavía miles de documentos sin desclasificar que, sin duda, ocultan nuevas atrocidades de esta civilización de los Derechos Humanos. Una vergüenza para la humanidad que se produzcan estos hechos, pero mucho más vergonzoso es que no se persiga y se castigue a los violadores, no sólo físicos, de estas personas.
No es ni mucho menos el único caso ni Estados Unidos el único país que se salta las reglas. Hay muchos países que siguen siendo dictaduras donde la vida sólo vale lo que sus gobernantes tardan en acabar con ella. Países «marcados» y otros como China o algunos emiratos, donde las empresas y los Gobiernos se ponen una venda en los ojos y se tapan los oídos porque el negocio es el negocio. En Afganistán, en Siria, en Libia, en Irak, en el territorio saharaui, en el centro de Africa, en la India y en muchos lugares más, las personas no tienen derechos, las mujeres son de segunda o tercera fila, la educación no es para todos y miles de niños mueren cada día por falta de agua y de alimentos.
Entre nosotros, la pobreza y el desempleo de millones de ciudadanos son una ofensa a la Declaración de los Derechos Humanos; los desahucios siguen siendo un grito ante el que nos tapamos los oídos; hay demasiados sin papeles, demasiados inmigrantes sin derechos ni siquiera a la asistencia sanitaria; sigue siendo noticia diaria la violencia contra la mujer; y en nuestras fronteras ponemos concertinas para evitar que lleguen los desesperados o los perseguidos por razones políticas o de religión. A pesar de todo, los que estamos aquí, todos, somos afortunados. Con lo que a nosotros nos sobra podrían vivir casi todos los que no tienen nada. Con la mitad de nuestros derechos, el mundo sin derechos sería otro. 66 años después del sueño de unos visionarios, nos queda mucho por hacer.

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