No te va a gustar – Adornos de Navidad.


MADRID, 16 (OTR/PRESS)

Para nosotros, los cronistas de la cosa política, la Navidad comienza cada año con la recepción en el Congreso con motivo de la Constitución: una oportunidad de encontrarse por los pasillos con gente no siempre fácilmente accesible -los políticos nunca son fácilmente accesibles, excepto que, por unas u otras razones, les convenga serlo–. Luego vienen las «copas de Navidad» de los grupos parlamentarios y de los partidos, la cena, como la de la noche de este martes, en la que los periodistas parlamentarios entregamos unos premios bienhumorados -por nuestra parte, digo; no siempre se reciben con el mismo talante festivo- a Sus señorías. Y, claro está, tenemos la copa que La Moncloa ofrece a los representantes de los medios.
Esa copa, largamente esperada por cuanto es una oportunidad de departir con cierta distensión con el presidente, con la vicepresidenta y con algunos ministros que se dejan caer por ahí, ocurrió a mediodía de este martes, horas antes de la mentada cena de los informadores parlamentarios, que es lo más cercano a la que los corresponsales acreditados en la Casa Blanca suelen compartir con el presidente de los Estados Unidos: todos de smoking -allí, digo– y con el hombre más poderoso del mundo lanzando chanzas contra sí mismo, y todos a reír de buen humor. Allí, repito. Claro que ni nuestra copa monclovita ni nuestra cena parlamentaria son exactamente lo mismo: faltan las risas. Y, ya que estamos, también falta el sentido del humor.
Dirá usted que esta es una crónica de la frivolidad, con la que está cayendo. No crea que estoy siendo tan, tan frívolo: las formas, en política, son tan importantes como el fondo, y es eso, precisamente las formas, lo que más está fallando: ni Rajoy se relaja -como no lo hacían Zapatero, ni, antes, Aznar, ni siquiera Felipe González- cuando se topa con sus tan poco queridos periodistas, aunque sea en un sarao, ni suele, tampoco, asistir últimamente a esas cenas navideñas de la Asociación de Periodistas Parlamentarios. Y, cuando te ve, casi siempre sin mirarte, te lanza algún tópico semejante a los que ha repetido en el mitin de la noche anterior –cuando se concentraron, en una cena de Navidad, más de un millar de militantes «populares»-: que la cosa económica va bien, vaya. Y, como mucho, te informa de que ha dejado, definitivamente, de fumar puros. Y ya.
Que no digo yo, que conste, que no haya que asistir a estos festejos, como hacen algunos intransigentes, quizá demasiado conscientes de su propia importancia, los pobres: siempre es bueno mantener el contacto y saber, por ejemplo, que la salud presidencial mejorará ahora que no se mete una docena de habanos diarios entre pecho y espalda. Además, ves a los compañeros, intercambias cromos acerca de cómo les afecta «lo de Google» o qué perspectivas ven para el año próximo. O si piensan, también ellos, entrevistar al «pequeño Nicolás», o qué les pareció la última con el líder de Podemos. Yo, al menos, confieso que lo paso bien en estas «copasnavideñas», veo a amigos a los que hace tiempo que tenía perdidos y me pongo al día sobre un montón de chismes. Y aprovecho para desear muchas felicidades y éxitos para el año próximo al anfitrión, seguro de que, de que acierte en sus emprendimientos, depende también en buena parte mi bienestar.
Otros años, la segunda gran fiesta era la que nos ofrecía el líder del PSOE en Ferraz. Este año, creo que no habrá, lo que también sería, vaya por Dios, sintomático. Ya digo: las formas son indicativas de los fondos, a veces. Muchas veces. Felicidades.

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