Antonio Casado – El Rey que habló.


MADRID, 26 (OTR/PRESS)

En la general complacencia política y periodística por el primer mensaje navideño de Felipe VI -contundente, acertado y menos retórico que los de su padre- suele mencionarse una excepción: el monarca no fue explícito sobre la conducta de su hermana, doña Cristina, sobre la que pesa una acusación judicial por doble delito fiscal en grado de colaboración necesaria.
Buscar algún pero a la alocución del Rey tal vez compense el pudor de un elogio sin reservas. Sin embargo, creo que no hay motivo de queja porque, aunque no mencionase el nombre de la infanta, ni el de su marido, Iñaki Urdangarín, es evidente que fueron directamente aludidos en los pasajes referidos a la necesidad de combatir la corrupción.
Valgan estas dos referencias textuales. La primera: «Debemos cortar la corrupción de raíz y sin contemplaciones». La segunda: «Las conductas que se alejan del comportamiento de un servidor público provocan, con toda razón, indignación» ¿Hacía falta que mencionase la situación penal de su hermana para saber que era tan destinataria del recado como Matas, Bárcenas, Granados, Fabra, Pujol, etc?

Descender al detalle hubiera desbordado el papel del Monarca. Es un jefe de Estado, no un comentarista de la actualidad. Lo mismo cabe decir respecto al señalamiento de otros males. Ya es mucho que los señale y coincida en el diagnóstico con la mayoría de los españoles y su clase política. A saber: paro, corrupción, riesgo de ruptura en Cataluña y defensa del principio constitucional como guía de todas las actuaciones políticas.
Sí encaja plenamente en su papel moderador del funcionamiento de las instituciones recordarnos a todos que no sirve de nada señalar los males y coincidir en el diagnóstico si eso no conlleva una inquebrantable voluntad indagatoria de las causas y el firme empeño en eliminarlas. Es la mejor receta frente al desaliento. Y así la formuló Felipe VI sin desbordar sus atribuciones.
Algunos pueden haber pensado que en la función del Monarca no encaja tan precisa defensa del Estado del Bienestar, que fue una constante en sus referencias a la crisis económica, sabiendo que no todas las formaciones se sienten igual de comprometidas con la apuesta por la pervivencia de servicios públicos de calidad, como la sanidad, la educación, el sistema de pensiones o la dependencia.
A este respecto cabe recordar que si la Monarquía Parlamentaria nos remite a la forma del Estado, el «Estado social» («social y democrático de Derecho») nos remite al fondo. Y en ese sentido Felipe VI se limitó a recordarnos el texto de la Constitución. Con un viejo enunciado humanista que todos los gobernantes deberían tatuarse en el dorso de la mano con la que escriben, pasan las hojas de un informe o consultan una estadística sobre los rendimientos de un sistema productivo: «La economía debe estar al servicio de las personas».

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