La semana política que empieza – 2015, como 1975: volver al reformismo suarista.


MADRID, 28 (OTR/PRESS)

Los breves días de vacaciones de los que disfruta buena parte de la ciudadanía, clase política incluida, no sirven para distraer la convicción de que el año que se inicia este miércoles va a ser uno de los políticamente más decisivos desde que, en 1982, el PSOE de Felipe González se alzó con la victoria electoral, inaugurando una nueva etapa de cambios tras los puestos en marcha por Adolfo Suárez, quien, entre julio de 1976 y junio de 1977 «dio la vuelta como un calcetín» al Estado. Son también ahora muchas las cuestiones pendientes que deberán quedar resueltas este año, sea mayor o menor el espíritu «reformista» que anime a nuestros gobernantes y a los diversos partidos de oposición. Los estudios que manejan el Gobierno y los partidos indican algo semejante a esto: se hace necesaria una etapa de «nuevo suarismo», en la que se pongan en cuestión muchas cosas, se reformen y actualicen bastantes y se den soluciones a problemas tan urgentes como los intentos secesionistas en Cataluña e, incluso, en el País Vasco, dos comunidades cuyos dirigentes, Artur Mas e Iñigo Urkullu, se entrevistaron de manera reservada este domingo.
Hay elecciones de diverso calibre en el horizonte: las municipales y autonómicas de mayo y las generales que teóricamente tendrán lugar en noviembre. Pero nadie puede descartar que haya urnas autonómicas en Cataluña, donde se vive ahora mismo en la indefinición, o en Andalucía, en función de cuáles vayan a ser los planes personales que se albergan en la cabeza de la presidenta de la Junta, una nuevamente muy activa Susana Díaz.
Asistiremos este año a un recrudecimiento de diversas polémicas heredadas del trepidante 2014 que nos abandona: sí o no a la reforma constitucional, y cuánto de reforma debería hacerse; qué alianzas irán formando los partidos -especialmente en el centro y a la izquierda del PSOE_para posicionarse ante las urnas, o para adquirir algún poder tras el veredicto de las mismas; qué cambios en las estructuras internas realizarán las principales formaciones políticas para evitar perder muchos votos a favor de opciones nuevas, como Podemos. Y, por supuesto, asistiremos a la propia transformación interna del partido de Pablo Iglesias, que ahora se mueve en una cómoda y muy rentable ambigüedad, una situación que, obviamente, no puede prolongarse ya mucho.
Profundizando en este calendario previsible, se diría que en los «estados mayores» de los partidos, y cunde la sensación de que ocurre lo mismo con los sindicatos, se ha entrado en un período de cierto corte con el pasado. Es algo muy perceptible en el PSOE y en Izquierda Unida, menos en formaciones como UPyD o Ciudadanos, y mucho menos en el Partido Popular, cuyos principales dirigentes, en el Gobierno y en el partido, parecen hacer suya la máxima ignaciana según la cual en tiempos de crisis no conviene hacer mudanzas. Lo que ocurre es que hasta niegan, a base de afirmar que estamos en el mejor de los mundos, la misma existencia de crisis.
Y, sin embargo, sospecho que será precisamente en el PP donde asistiremos, quizá ya en la «cumbre» que prevén para enero, a una mayor pulsión interna en busca de cambios: mucho de esto lo influirán las encuestas y, luego, lo decidirán las elecciones del 24 de mayo en trece autonomía y ocho mil municipios. Donde se prevén vuelcos considerables y la necesidad de coaliciones y pactos diversos para poder gobernar. De momento, Madrid, Castilla-La Mancha y la Comunidad Valenciana se configuran como los grandes quebraderos de cabeza, desde el punto de vista estrictamente electoral (lo de Cataluña es otra cosa, claro está), para Mariano Rajoy. Y Andalucía, por su parte, podría convertirse también en un problema para Pedro Sánchez, en función de las mencionadas decisiones personales que pueda adoptar Susana Díaz respecto de su propio futuro político: ¿se presentará ella también, frente a Sánchez, a las primarias socialistas de julio?

Lo que ocurre es que el tiempo para poner en marcha de manera efectiva las reformas se va agotando. No va a bastar con la previsible disminución de la corrupción y el relativo aumento de un estado de bienestar para frenar los deseos ciudadanos de que se les gobierne de una manera diferente a como se ha hecho hasta ahora. Este año 2015 será el que conmemore los cuarenta desde la muerte de Franco y la subida al trono de Juan Carlos I. Dos hitos que, pese a la ingente producción bibliográfica que nos va a llegar en torno a ellos, para nada cuentan ya en el ánimo de los españoles. Que, con un nuevo Rey que me parece que es consciente de ello, están mirando con inquietud, y seguramente también con esperanza, al futuro que se inaugura este miércoles. Un año que no puede ser el del mero continuismo, si no queremos que sea el del gran, imprevisible, vuelco.

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