No te va a gustar – Que no nos den las uvas


MADRID, 30 (OTR/PRESS)

Se nos van a atragantar, a este paso, las uvas, temen algunos. Y es que acaba el año prometiendo inestabilidades sin cuento. Si Grecia se acatarra, todos podemos contraer una neumonía. Europa ha dejado de ser un islote de paz y satisfacciones. Las europrevisiones de cara a 2015 se complican con lo que pueda ocurrir en las elecciones en Grecia, en Portugal, en España. Y desde ahora crecen las aprensiones ante lo que pueda suceder luego en Francia, aunque allí las elecciones presidenciales no tendrán lugar, en principio, hasta 2017, por más que la ultraderechista Marine Le Pen –que va en cabeza en los sondeos– pida la disolución anticipada de la Asamblea Nacional.
Me dicen que la preocupación en Alemania ante esta deriva electoral tan poco convencional es máxima: pero quizá los afanes por el ajuste del superministro Schäuble, ese ansia de aplicar la austeridad a los demás, han sido excesivos. Quizá la supervisión de la marcha económica a cargo de los «cabezas de huevo» de la UE ha sido, hasta ahora, deficiente, como lo ha sido, y en grado máximo, la coordinación política. Puede que Grecia no haya sabido hacer los deberes –nunca los hizo, por otro lado–, puede que, de nuevo, una gestión deficiente de los políticos esté sirviendo para hundir la economía. Pero aquí no hay un solo culpable, ni es esta una película de buenos y malos.
No me asustan ni Syriza en Grecia, ni Le Pen en Francia, ni Podemos en España, ni UKIP en Gran Bretaña –que también tiene elecciones en 2015– , suponiendo que se puedan hacer equiparables unos fenómenos políticos que tienen escasa relación entre sí: pero ocurre que todos son fenómenos relativamente nuevos, que están amenazando a los partidos confortablemente establecidos. Como no me asusta la posibilidad de que este 2015 albergue unas elecciones anticipadas en Cataluña en las que la independencia tenga un carácter plebiscitario. Por no asustarme, ni siquiera me asustaría una victoria (improbable), allá por 2016, de alguien como el republicano Jeb Bush en los Estados Unidos, y eso sí que sería acaso más preocupante, sobre todo porque en Rusia está ese remedo de zar belicista que se llama Vladimir Putin: choque de trenes seguro. Menudo panorama, atizado por el fin de la «primavera» en el norte de Africa, las atrocidades de los fanáticos islamistas y la evidencia de que sí, existe ese conflicto de civilizaciones radiografiado por Huntington, por más que algunos se empeñasen en negarlo.
Pero que no nos den las uvas. El destino de España, de Grecia, de Europa… será el que quieran y decidan sus habitantes. Creo en la sensatez de los pueblos y en la madurez de la ciudadanía, globalmente considerada. De la misma manera que creo que se está produciendo un corte radical entre una manera antigua de gobernarnos y lo que venga, sea lo que fuere. El miedo al cambio puede ser tan dañino como abrazar sin más fórmulas nuevas que ni siquiera sabemos de verdad en qué consisten, más allá del afán por derribar lo existente. Frases como la de Alexis Tsipras, el líder de Syriza, que dice que «hoy en día, toda lucha social debe desafiar la estabilidad del poder», pueden ser una buena patada en las espinillas de ese poder, pero no sirven para gobernar al conjunto de la sociedad. Como no sirve arrogarse la representación única y exclusiva de todos los griegos, de todos los españoles, de todos los catalanes: asumir la pluralidad, reconocer que otros también pueden tener una parte de razón, es también una nueva forma de gobernar, la más democrática.
Dicen –yo lo practico– que con la llegada del nuevo año hay que proponerse algo bueno, cosas que nos hagan superarnos. Tomaré las uvas una a una, expresando un deseo para este 2015 con cada una de ellas, que nunca deberían ser las uvas de la ira que dieron título a la magnífica novela de Steinbeck y, luego, al filme de John Ford. Sino las uvas de la confianza, de la estabilidad, de la fe en nosotros mismos. De un nuevo diálogo desde las entrañas de la ciudadanía. De la unidad, dentro de todas las discrepancias que usted quiera. Del afán regeneracionista: hay que construir un mundo nuevo para nuestros hijos, mejor de lo que lo encontramos. De la tolerancia y el respeto a los demás. Del afán por emprender una revolución en la educación y en las pautas culturales. De la necesidad de entregar nuestra representación a los mejores, para que ellos gobiernen con nosotros, no solamente para nosotros. Del fortalecimiento de la sociedad civil. De la recuperación de valores cívicos y morales, que alejen las prácticas de corrupción que tan extendidas han estado entre nosotros, y desde luego no solo aquí, en los últimos años.
Mi última uva irá destinada a pedir una mayor fraternidad, que haga disminuir las desigualdades que están en el origen de todos los conflictos. Habrá quien me diga, para amargarme las uvas, que son deseos «buenistas». ¿Y qué? Luego, pediré que no ocurra lo de siempre, que todos nuestros buenos propósitos caen en saco roto, como cuando nos prometemos adelgazar o dejar de fumar. Así, armado con mi saco de uvas idealistas, permítame compartirlas con usted y felicitarle, desde esta columna, este año 2015, que será mejor que el 2014 solamente si nosotros de verdad lo queremos. Porque somos nosotros quienes hacemos y deshacemos los acontecimientos, que obviamente son incapaces de gobernarse por sí mismos. Que los malaúva no nos den las uvas. Brindo por eso.

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