Escaño Cero – «Ni un paso atrás».


MADRID, 12 (OTR/PRESS)

Me hubiera gustado haber estado en la manifestación de París. Unirme a todos los que han alzado la voz diciendo «Je suis Charlie». Me he tenido que conformar con estar presente en una manifestación en Madrid convocada por estudiantes franceses. Pero sí, yo también soy Charlie, quiero ser Charlie. Es decir comparto con los periodistas de «Charlie Hebdo» un principio irrenunciable: el de la libertad de expresión.
Sin embargo, estos días muchos de los que han condenado el atentado contra «Charlie Hebdo», y contra el supermercado judío, militan en el «buenismo» y en lo «políticamente correcto» y también tienen miedo.. Sí, miedo. De manera que añaden unas cuantas «coletillas» a la hora de condenar la brutalidad del atentado terrorista contra el semanario satírico francés. La primera de esas coletillas es que no ha sido un crimen religioso, o sea que el Islam no ha tenido nada que ver en las motivaciones de los terroristas. Y eso es una gran falsedad dicha al calor del miedo, del miedo a los terroristas, del miedo a no ser lo suficientemente políticamente correctos.
Los asesinos acabaron con la vida de unos cuantos trabajadores de «Charlie Hebdo», al grito de Alá es grande y lo hicieron como respuesta a sus dibujos y caricaturas sobre de Mahoma. Así de simple, así de terrible.
Los que militan en Al Queda, o en el Estado Islámico, han declarado una guerra a los infieles, o sea todos los que no tienen o comparten su visión del Islam. Esa es la cruda realidad.
Es una batalla entre el oscurantismo y la razón. Europa, Occidente, se han hecho grandes llevando la religión al ámbito privado y anteponiendo la libertad individual y social a las creencias religiosas. Esos valores se fundamentan en la libertad y en la democracia, en un conjunto de derechos y deberes que se recogen en la mayoría de las Constituciones europeas.
La manifestación de París ha sido no solo una protesta contra los terribles asesinatos en «Charlie Hebdo» y en el supermercado judío, sino una llamada de atención a los gobernantes por parte de los ciudadanos que no quieren, que no queremos que nuestro sistema de valores nos lo hagan añicos quienes, como los yihadistas, pretenden devolver a nuestras sociedades a la oscuridad.
En nuestra sociedad se puede blasfemar. Es un derecho. Y nadie puede ser condenado a muerte por blasfemar. Como nadie se juega la vida por caricariturizar al Papa o al mismísimo Jesucristo. Podrá gustar más o menos, pero hacerlo tiene que ver con el derecho a la libertad de expresión. Y no hay sociedad democrática ni libre sin libertad de expresión. De manera que en una sociedad libre no hay espacio para las excepciones. Nadie, ningún colectivo, ni por sus creencias ni por su cultura o costumbres, nos puede hacer retroceder, renunciar a nuestras libertades tan duramente conquistadas.
A quienes vienen a vivir con nosotros hay que decirles que hay líneas rojas que no les vamos a dejar traspasar, y esas líneas rojas tienen que ver con la libertad. Tendrán que aprender a encajar lo que supone la libertad de expresión y como esta no se puede devaluar en nombre de ideas religiosas o culturales.
Hay quienes tienen miedo, quienes defienden que hay que hacer estas renuncias en nombre de la convivencia, que el multiculturalismo supone que quienes vienen de otras latitudes puedan vivir de acuerdo con sus costumbres y creencias. Y hay que decir que hasta cierto punto. Que hay costumbres que no son tolerables, por ejemplo la ablación del clítoris. O que a las mujeres se las confine detrás de un burka. O impedirlas conducir como sucede en Arabia Saudita. Por no hablar de obligarlas a casarse con quienes eligen sus padres, o renunciar a la libertad de expresión, etc, etc, etc.
De la misma manera que tendrán que encajar que si en Occidente se puede caricaturizar a Jesucristo también se puede hacerlo con Buda o con Mahoma. Que eso es libertad de expresión y que a los católicos les puede doler ver una caricatura de Jesús pero no se dedican a matar a los caricaturistas.
Por eso, muchos de los que estos días dicen «yo soy Charlie» en realidad no lo son a fuerza de querer ser políticamente correctos, a fuerza de tener miedo.
Decir «yo soy Charlie» supone no dar ni un solo paso atrás, en nombre de nada ni de nadie, en la defensa del ejercicio de la libertad de expresión y de unos valores que son los de Occidente, donde la Revolución francesa hizo bueno aquello de a Dios lo que es de Dios y al Cesar lo que es del Cesar. Ni un paso atrás.

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