No te va a gustar – El penúltimo superviviente


MADRID, 19 (OTR/PRESS)

Juan Barranco, que era el presidente del PSOE en Madrid, además de diputado y vicepresidente de la Asamblea madrileña, ha anunciado que deja todos sus cargos y, con 67 años, se retira a la vida privada. El que fuera alcalde de Madrid tras Tierno Galván era el penúltimo superviviente de la «era Felipe González» -el último es el ex presidente andaluz Manuel Chaves, que mantiene su escaño–: todos los demás rostros han experimentado una profunda renovación en la dirección socialista y en el grupo parlamentario.
Barranco, cuya proximidad a Pedro Sánchez era, parece, bastante escasa, se marcha, me dijo, por voluntad propia: nadie le empuja, pero tampoco le otorgan un papel relevante en esta «nueva era», en la que parece que los rostros que llevan muchos años en política ya no tienen lugar. De hecho, del Rey abajo, 2014 significó una enorme renovación de caras, aunque no tanto de ideas, e incluyo en esta consideración general la irrupción de Podemos, cuyo programa ideológico completo, más allá de la razonable crítica a «lo que hay», confieso aún desconocer: la formación de Pablo Iglesias es más una promesa de mudanzas no concretadas que una realidad regeneracionista, por el momento. Pero buena parte de la ciudadanía ha conferido a Podemos la pátina reformista que estima que necesita el país, una pátina que el PSOE no ha conseguido darse del todo y a la que el PP parece renunciar pura y simplemente.
La renovación en los cargos ha sido, así, casi total en el PSOE y total en IU, con un coste pagado de renuncia a veteranías y experiencias que nadie, de los recién llegados, quiere. A ver ahora cuáles son los próximos pasos, incluyendo esa no confirmada sospecha de elecciones autonómicas anticipadas en Andalucía: se deshoja una margarita complicada en una coyuntura no menos complicada. Hemos jubilado a decenas de personas que durante años representaron, mejor o peor, a los ciudadanos. Le queda ahora la pelota en el tejado al partido gobernante, que ya este fin de semana podría empezar a desvelar qué personas encarnarán las principales candidaturas autonómicas y municipales en los lugares que aún son una incógnita, como Madrid o la Comunidad Valenciana. Ahí veremos hasta dónde llegan los afanes innovadores.
Pero el PP, en todo caso, marcha a otro ritmo y la «estabilidad» de la que tanto habla Rajoy parece primar sobre cualquier voluntad de cambio o reformas. La máxima ignaciana de que en tiempo de crisis no conviene hacer mudanzas ha sido adoptada a rajatabla por el presidente y su equipo, y así me parece que ha quedado plasmado en la entrevista periodística que Rajoy «concedió» –me gusta poco la expresión- este fin de semana. Esa estabilidad se plasma también en la permanencia de los mismos rostros en sus escaños, de los mismos responsables de áreas institucionales o gubernamentales y, desde luego, en la voluntad de permanencia del propio presidente. Ello abre complicadas expectativas de futuro, actuando contra esa previsibilidad que Rajoy se quiere dar, basando toda la estabilidad en la mejora económica y fomentando el inmovilismo en la política.
Estamos ante dos modelos de país: el de Barranco, inscrito en un proceso de renovación, y que ya ha visto cumplido su trayecto público -fue un buen alcalde y un político honrado-, y el de Rajoy, que siente un legítimo deseo de perpetuarse, sin mover demasiado el barco, por entender que eso es lo que conviene al país. Y esos dos modelos, incluyendo el abrazo intergeneracional, son los que habrán de entenderse cuando pase este bronco año electoral. Que, aunque hoy parezca algo lejano, casi imposible, pasará.

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