Fernando Jáuregui – La detención del «pequeño Nicolás»


MADRID, 13 (OTR/PRESS)

Conste que ninguna simpatía especial siento hacia ese fenómeno de la naturaleza que es el llamado «pequeño Nicolás». Ni siquiera esa simpatía colectiva hacia el delincuente más o menos insignificante, que, como el Dioni o, antes, El Lute, constituyen una especie de reencarnación de Luis Candelas. Y conste que ninguna animadversión especial me inclina contra Jordi Pujol y su familia, más allá de la lógica indignación hacia quien abusa de su cargo para tomarnos el pelo a todos. Pero convendrá usted conmigo en que el hecho de que todos los Pujol sigan libres y sin ser policialmente molestados casa mal con esa detención, con nocturnidad y alevosía, del jovencísimo Nicolás Gómez Iglesias por irse supuestamente sin pagar una cuenta en un restaurante en el centro de Madrid. Por lo visto, en una cena de amigos se dejaron a deber quinientos euros.
O todos cargan con los rigores, quizá excesivos, de la prisión preventiva, o ninguno. Esto me recuerda al trato de pena infamante que reciben algunos presuntos delincuentes que, por cierto, luego son puestos en libertad sin fianza en este país donde las imputaciones vuelan como bandadas de palomas, algunas de ellas impuestas, por cierto, en las proximidades de algunas de las muchas elecciones que van a jalonar nuestro año político, ¿verdad señora Alaya?. Mientras que otros pasean impunemente sus nombres por listas falcianis o lo que fuere, seguros de que lo suyo podrá arreglarse: será por dinero…(o porque, mire usted por dónde, la cosa prescribe).
Ya sé, ya sé, que a algunos se les pueden imponer, desde Hacienda o desde donde fuere, sanciones ejemplares, mientras que otras conductas de mal ejemplo salen de rositas. También comprendo que los desafíos al estado de cosas, y más lanzados por un casi chiquillo insensato, no se pueden permitir, ni por el «stablishment» ni, como decía la canción de Serrat sobre los piratas, por la censura. Circunstancias cambian casos, lo que va mucho más allá de los propósitos que animan a la ley. Puede que todos seamos iguales ante esta ley, pero unos son más iguales que otros. Y al «pequeño Nicolás», por ejemplo, le ha tocado, al menos durante unas incómodas horas, pagar el pato. Y la comida.

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