El Abanico – Juan Carlos de Borbón: genio y figura.


MADRID, 25 (OTR/PRESS)

Dos magníficos periodistas como son Fernando Onega y Pilar Cernuda han escrito sendos libros sobre el Rey Juan Carlos de obligada lectura. El primero bajo el título «Juan Carlos I, el hombre que pudo reinar» de la Editorial Plaza y Janés. El segundo de la Editorial La Esfera de los Libros, en el que Pilar recupera de sus archivos personales los muchos recuerdos y anécdotas que ha ido recopilando a lo largo de los años, de sus muchos viajes con los Reyes, de encuentros privados y públicos con los miembros de la Familia Real, lo que le ha permitido trazar un retrato certero sobre su personalidad del Rey Juan Carlos, de la Reina Sofía, del entonces Príncipe de Asturias y de sus hermanas Elena y Sofía. Las aportaciones que hace Fernando Onega son más pegadas a la actualidad, ya que él tuvo el acierto y la suerte de entrevistarse personalmente con el Rey, con el fin de saber por su propia boca lo que pensaba y sentía sobre temas tan complejos como su abdicación, la relación con Corinna, que asegura terminó en el mes de noviembre, etc. etc. etc..
En estos dos libros, que pueden perfectamente ser complementarios, de ahí su interés, los lectores tienen la oportunidad de conocer en profundidad a un Jefe de Estado que si bien estaba destinado a reinar, supo ganarse el cariño de los españoles y el respeto de los representantes de todas las instituciones. ¿Cómo? Dialogando, consiguiendo el consenso de todas las fuerzas políticas, empresariales, sindicales. Términos hoy en desuso desgraciadamente, y que él puso de moda a la muerte del dictador Franco, con el éxito consiguiente. No solo porque arriesgó mucho en aquellos encuentros secretos con los entonces líderes de los partidos de la izquierda Felipe González y Santiago Carrillo, sino por los continuos malabares que tuvo que hacer para convencer a los militares que sin democracia este país no podría sobrevivir. Una hoja de ruta que no estuvo exenta de peligros, especialmente por los continuos ruidos de sables en los cuarteles, que culminarían con el golpe del 23F, que paró, y gracias a ese gesto de autoridad suyo, hoy disfrutamos de una gran libertad y de una democracia al estilo de las más avanzadas de Europa.
En el haber del rey saliente hay anotarle su olfato para saber cuando debía abdicar a favor de su hijo Felipe VI, que ha dado un buen empujón a la monarquía, en el momento en que estaba muy cuestionada, no solo por los escándalos de Urdangarín, también por las continuas recaídas de Don Juan Carlos, que fueron minando su salud, pero no su prestigio en el mundo.
Basta con ver la naturalidad con la que se ha llevado a cambio el recambio en la Jefatura del Estado para comprender que no se podía haber hecho en el momento más oportuno. Lo que ha propiciado que hoy nadie se cuestione, salvo algunos republicanos de viejo cuño, su continuidad, que es bien sabido se trata de una institución que da estabilidad a la política, y también a los inversores que ven en nuestro país la posibilidad de hacer negocios en paz.
Es de justicia que la figura del Rey Juan Carlos no caiga en el olvido, que no se convierta en un jarrón chino, porque sin quitarle protagonismo a su hijo, son muchas las cosas que todavía puede hacer por este país. Despreciar su experiencia, su conocimiento de los personajes más relevantes de la política y de las finanzas, sería un derroche que no nos podemos permitir.

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