Fernando Jáuregui – ¿Tener un ochenta por ciento de ocupación gana elecciones?.


MADRID, 29 (OTR/PRESS)

Es lo que dicen algunos operadores turísticos y algunos hoteleros ante las breves, pero intensas, vacaciones de semana santa que para algunos ya han empezado: se espera un ochenta por ciento, o más, de ocupación en hoteles y casas rurales. La Dirección de Tráfico nos hablará de los usuales millones de desplazamientos -más millones, parece, en esta ocasión–, las playas, los chiringuitos, los restaurantes, estarán llenos, para gozo de los noticiarios de televisión, que nos mostrarán una España alegre, confiada, próspera, soleada, lúdica, en la que proliferan las inauguraciones de museos y de arreglos en las calles que se preparan para la cartelería electoral.
Lejos de mi ánimo poner el contrapunto en esta visión optimista, de botella más que medio llena. Pero claro que hay que tener muy presente el número, considerable sin duda, de quienes no pueden pagarse estas vacaciones; sería injusto no hacer mención a este fenómeno, porque existe: hay dos Españas, la que se va de vacaciones estos días y la que no puede hacerlo.
La constatación de esta evidencia pesa también, como es natural, sobre las perspectivas electorales de quienes se atribuyen clamorosamente el bienestar y proclaman, al tiempo, su preocupación y su trabajo en pro de quienes resultan más desfavorecidos en el reparto de bienes y servicios. Las gentes del Gobierno insisten en lo bien que va todo; desde la oposición muestran, y no es nada nuevo, el reverso de la medalla. Cometerán los viejos errores quienes creen que el enunciado de las vacas gordas va también a engordar las urnas con votos del Partido Popular. Como se equivocarán los partidos de la oposición pensando, a la tradicional manera, que insistiendo en que las vacas flacas no son precisamente pocas acabarán desbancando del poder a quienes ahora lo ocupan.
Con esa vieja dialéctica de horizontes rosados frente a paisajes sombríos hemos venido conviviendo todos, debate del estado de la nación tras debate del estado de la nación, desde hace más de treinta años. Hora va siendo de esbozar soluciones conjuntas, acuerdos para progresar, reformas estructurales que hagan más equitativa, menos desigual, la sociedad española. Cosas todas ellas que me da la impresión de que los ciudadanos exigen cada día más a la hora de decidir su voto. No habrá apoyos a quienes muestren un talante excesivamente inmovilista, apelando a las bondades de lo que ya existe. Ni para los del «no a todo», los del «dime de qué se trata, que me opongo». Esa dialéctica ha sido, sin duda, uno de los elementos que están propiciando el auge de formaciones emergentes, como Ciudadanos o Podemos.
Vemos que los «nuevos» tiempos se llenan de elementos como la designación de la veterana Esperanza Aguirre como candidata nada menos que a la alcaldía de Madrid, o el rechazo de doña Rosa Díez a marcharse, o el encuentro de un comité federal del PSOE que solamente sirvió para constatar la escasa sintonía entre los dirigentes Sánchez y Díaz, o la pelea interna sin cuartel en Izquierda Unida, cada vez más desunida. ¿Le extraña a usted, entonces, que la curiosidad se vuelva hacia las formaciones de Albert Rivera o de Pablo Iglesias, a quienes muchos comentaristas, me parece que equivocándose, meten en el mismo saco? Claro que es cierto que ni uno ni otro tienen detrás cuadros, sedes, seguidores, líderes ni programas suficientes como para poder decir que son formaciones sólidas: pero tienen, al menos, el atractivo de la novedad, el constituir arietes críticos contra esa dialéctica aburrida de siempre a la que antes me refería.
Por eso comenzaba este comentario refiriéndome a ese ochenta por ciento -o más– de ocupación hotelera que nos aguarda esta semana santa. Y respondo a la pregunta que me hacía en el titular: no, esa previsión de bonanza turística, sobrealimentada quizá por la tragedia reciente de Túnez, no hace ganar elecciones. Ni perderlas, claro. Lástima que algunos no hayan entendido aún que el tema va por otro lado.

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