Andrés Aberasturi – Intercambio de parejas


MADRID, 31 (OTR/PRESS)

Según se acercan las horas de la verdad, esto se va convirtiendo en un baile de salón dónde las parejas se intercambian. Y digo lo del baile de salón para ser fino porque la moda, ahora, son esos clubs de las llamadas «parejas liberales» en los que no se intercambian precisamente unos brazos por otros en hermosos valses sino placeres, digamos, más profundos. Dejémoslo ahí que ya nos entendemos: lo de los extraños compañeros de cama más que de viaje.
Pues en esas estamos con todos mirándose de reojo y rebajando las promesas de fidelidad eterna mientras echan cal blanca sobre las líneas que antes habían pintado ellos mismos de rojo. Les pasa a todos y a los que no les pasa, se fracturan en amargos debates internos que les acercan peligrosamente al desastre final o al fracaso espectacular.
La primera prueba del algodón la vamos a ver pronto en Andalucía en donde las matemáticas no cuadran hasta el punto de que si cada uno de los partidos se mantuviera fiel a sus promesas, se daría un empate y no habría más remedio que ir a nuevas elecciones. Pero no pasará porque se dan dos circunstancias que hacen poco probable esa posibilidad: la primera es que hay tantas combinaciones posibles que alguna prosperará como fatal consecuencia de la segunda circunstancias: la tan traída y llevada «erótica del poder». Qué difícil les resulta a todos los partidos no caer en la tentación de renunciar a esa atracción fatal. Y lo bueno -o lo malo- es que hay mil disculpas para autojustificar teñir las lineras rojas, a las que antes me refería y que fueron bandera durante la campaña, con unas paladas de cal blanca en nombre de… da igual: la estabilidad que se merece el ciudadano, el respeto a la lista más votada por los ciudadanos, el mandato de las basas de ciudadano… Hay mil maneras de nadar y guardar la ropa y siempre en nombre de los ciudadanos.
El ejemplo más claro es el de Podemos -aunque no sea el único-. En Andalucía se marcaron unas fronteras claras y tres condiciones indispensables pero, a la vista de los resultados, en Madrid ya empiezan a bajar el listón, a decir que tampoco se trata de exigirlo todo y ya mismo, que se consultará a las bases, que el diálogo es lo mejor etc.
Y me refiero a este extraño y repetido baile posterior siempre a las elecciones. ¿Pero qué decir cuando las partituras de las promesas empiezan a variar por culpa de los sondeos? Aquí se pasa del rock duro a la balada en menos que se reúne un consejo de ministros y lo que era absolutamente prioritario, necesario y justo hasta unos días antes de las elecciones, de pronto deja de serlo y las manos del poder se abren generosas para que llegue el maná a todos los indecisos.
La democracia es un zoco y lo mejor de todo es que, encima, debemos estar agradecidos: mejor un zoco en el que se pueda regatear que no una única tienda obligatoria con el precio fijo. Pero acostumbrados ya a la libertad, la imagen no es demasiado positiva; este mercadeo de apoyos y pactos, este vestir al santo con una túnica nueva e incluso cambiar de santo, esta siempre desgarradora lucha interna de los partidos que dan el paso fatídico que separa la necesaria dialéctica al enfrentamiento radical que les acerca a la ruptura… Todo esto no es bueno para el diario vivir de las gentes. Y aun quedaría otro punto para reflexionar sobre el triunfo de los emergentes Podemos y Ciudadanos: carecen de eso que se llaman «cuadros» y como se ve que pinta bien la cosa, hay aluvión de acercamientos y necesidad de improvisar listas sin saber casi nada de los candidatos. A ver cuánto duran en salir a la luz los arribistas y qué se puede hacer con ellos.

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