Francisco Muro de Iscar – Padre Nuestro


MADRID, 1 (OTR/PRESS)

Padre Nuestro. Para pedir, para consolarse, para comprometerse, para gozar. De todas las oraciones que Cristo nos enseñó, seguramente es la más perfecta. El cardenal Ravassi, en un maravilloso y reciente artículo en Vida Nueva, recordaba unas palabras de la judía Simone Weil en su libro «A la espera de Dios», en el que observaba que el Padre Nuestro «tiene un recorrido antitético respecto al que habitualmente siguen todas las oraciones, que van desde abajo hacia arriba, desde el hombre y su miseria a Dios y su luz». En el Padre Nuestro, «esta oración aprendida de niños y luego sepultada bajo el polvo de la existencia y, tal vez también, de la incredulidad», señala el presidente del Pontificio Consejo de la Cultura, «por el contrario, se parte del cielo y se desciende hasta la maraña oscura del límite y del mal. Esta es, dice, la parábola de la encarnación, es decir, el acontecimiento de un Dios que en Cristo desciende a la humanidad encarnándose en ella para librarla del mal». Y para morir por todos.
«¡Padre!» es el grito de abandono de Cristo en la cruz. Esta Semana Santa, como todas, es el recordatorio de la entrega del Hijo de Dios hecho hombre al Padre para dar la libertad a los hombres, sus hermanos. Y como «el que ha sido padre una vez ya no puede ser más que padre», que decía Charles Peguy, hay que aprovechar para pedir al Padre que nos libre del mal, del odio, de la confusión, de la intolerancia, de las voces superficiales y de las malintencionadas.
Pedirle que perdone a los violentos. A los que matan a inocentes, sin escrúpulos, sin arrepentimiento, sin misericordia. A los corruptos. A los que se aprovechan de los más débiles para ser más ricos. A los que utilizan su poder, capaz de generar tantas cosas buenas, para el mal. A los que no respetan los derechos humanos de nadie. A los que hacen posible el hambre de millones de hombres, aunque sobren alimentos para todos que se derrochan y se tiran.
Pero, sobre todo, hay que pedirle que dé consuelo a las víctimas inocentes de todos ellos. A los sencillos; a los pobres; a los que no necesitan casi nada para ser felices y hacer felices a los demás; a los que, humillados y ofendidos, son capaces de perdonar; a los misericordiosos que esperan misericordia para todos; a los humildes que apenas aspiran al último lugar en otra vida; a los íntegros que no se dejan corromper; a los que, en medio del sufrimiento, son capaces de sonreír: a los que han elegido servir en lugar de que les sirvan. A los que no quieren caer en la tentación del mal. A los que quieren cumplir la voluntad del Padre.
La Semana Santa es incomprensible si no es desde la fe y desde la asunción del sufrimiento, como elemento vivificador. Pero tampoco sería comprensible sin la alegría y la esperanza del Domingo de Resurrección. Como el cristianismo no puede explicarse sin la solidaridad, sin el perdón y sin la paz. En Semana Santa, siempre, hay que ponerse en el lugar del que sufre. Y elevar la mirada al Padre.

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