Fernando Jáuregui – Una «hoja de ruta» para el penitente Mariano.


MADRID, 2 (OTR/PRESS)

Es verdad que Rajoy no parece demasiado aficionado a los ritos procesionales de Semana Santa, falta de afición que comparte con la mayor parte de eso que se llama «clase política». Pero ello no le libra de ser un penitente. No es la primera vez que escribo que el presidente del Gobierno es, acaso, uno de los personajes menos envidiables de España, algo que ya dijo hace un par de años un comentarista creo recordar que del New York Times. Desde entonces, la situación política no ha mejorado mucho para Rajoy, aunque sí, al menos para Rajoy, la económica: yo creo, por ejemplo, que las cosas se complican más y más -con mayúscula y con minúscula- en una Cataluña en la que una parte minoritaria, pero muy activa y vociferante, de la sociedad civil insta a la desobediencia a las leyes, pura y simplemente, tratando ahora de que sus futuros cargos municipales se desliguen de la obediencia al Gobierno central y a las Cortes, e incluso a los tribunales de Justicia «españoles».
Me aseguran que en su «hoja de ruta» penitente, Rajoy tiene anotada en rojo la fecha del 27 de septiembre, que es cuando el president de la Generalitat y sus aliados, que siguen siéndolo pese a todo, pretenden celebrar esas elecciones autonómicas anticipadas que serían, según ellos, el pórtico del camino hacia la independencia no más allá de 2017. El jefe del Gobierno central no cree, aparentemente, que esas elecciones vayan a tener lugar en la fecha, tan cercana a la Diada, en la que Artur Mas las ha convocado, con meses de antelación. Pero sabe Rajoy que, si ridiculiza y destruye los planes de Mas, tiene casi asegurada la reelección, dos o tres meses después, en La Moncloa. Mientras que, si todo sale mal y comienzan las acusaciones de que «desde Madrid» no se ha hecho nada por evitar la catástrofe en la que sin duda caerá Cataluña…
Quién sabe lo que en la «hoja de ruta» de Rajoy está anotado para hacer frente a esos proyectos de Mas, que están horadando mucho más de lo que podría parecer a primea vista la estabilidad del Estado. Me dicen que el presidente del Ejecutivo pretende una «cumbre», o varias, con líderes europeos, especialmente con los franceses, para que, antes del verano, o inmediatamente a su vuelta, ellos dejen muy claro lo que piensan del proceso soberanista catalán: todos los países importantes de la UE lo repudian, pero eso ¿bastaría para frenar unas tentaciones independentistas que se manifiestan contra todas las advertencias? ¿O habría que hacer algo más «desde Madrid»?

Claro que Rajoy tiene temas de meditación y de inquietud mucho más inmediatos. Ahí están, a la vuelta ya de la esquina, las elecciones municipales y autonómicas del 24 de mayo. Una fecha clave para poder ir anticipando qué tal les irá a Rajoy y a su presumible principal contrincante, el socialista Pedro Sánchez, en las elecciones generales de noviembre o diciembre -se va diciendo por ahí que la fecha podría ser el 20-d-. De momento, las encuestas, incluso, o sobre todo, las que se refieren a Madrid, no son demasiado halagüeñas para el Partido Popular, según los trabajos demoscópicos en poder del propio PP. Lo que ocurre es que, como ya han demostrado tantas veces las encuestas, la opinión pública española es una veleta y aquella UPyD que ayer era toda una promesa, hoy ha quedado destrozada, lo mismo que aquella Izquierda Unida tan esperanzadora para los suyos. Ahora, el partido de Rosa Díez ha cedido el paso a Ciudadanos, e IU, a Podemos, que de paso ha mordido electorado al PSOE, como Ciudadanos -ya no le llaman desde la sede de Génova, menos mal, «Ciutadans»- parece que puede hacerse con un botín importante en los caladeros tradicionales del PP.
Y ahí, precisamente, se encuentra uno de los puntos de la estrategia mariana para cuando, el martes después del domingo de Resurrección, reúna, ¡por primera vez en dos años!, al máximo órgano de su partido entre congresos, la Junta Directiva Nacional. Uno de los miembros del Gobierno con mayor prestigio, el titular de Sanidad Alfonso Alonso, ha insinuado un viraje drástico en el trato, algo despectivo, que el PP venía dando a Ciudadanos: ahora, al partido de Albert Rivera -donde están proliferando otros portavoces distintos al líder, quizá para demostrar que liderazgos allí hay más de uno– se le mira casi como a un futuro aliado. Que, en opinión de muchos dirigentes locales «populares», es lo que debería ser, especialmente en Cataluña.
Rajoy ensayará nuevas políticas sociales, aprovechando esa cierta bonanza económica que él mismo predica, para que cale como «lluvia fina» (Aznar dixit). Un personaje cercano al presidente, y muy bien situado en el PP, aventuró, como «un ejemplo que no tiene por qué ser real», una eventual subida del salario mínimo. Por ejemplo, ya digo. Ese mismo personaje, que pasa por ser cercano a Rajoy y por conocer, en lo que cabe, sus pensamientos y proyectos, me reconoció lo improrrogable de la situación en el interior del partido, en el que crece la contestación a la secretaria general, presidenta de Castilla-La Mancha y candidata a lo mismo, María Dolores de Cospedal. Lo que ocurre es que, ante la menor insinuación en el sentido de que la dualidad es inconveniente, la señora Cospedal argumenta que está sufriendo ataques disimulados desde «el otro lado», es decir, desde el Gobierno, en el que su enemiga Soraya Sáenz de Santamaría sigue, pese a algunas críticas puntuales a su actuación, sigue teniendo influencia decisiva. ¿No tiene esto aroma a las primeras grietas en aquella Unión de Centro Democrático?

Y ahí, precisamente, se centra otro frente de la presumible «hoja de ruta» que se le atribuye a Rajoy: tiene que dar la sensación de que el Gobierno, y el partido que lo sustenta, es una piña homogénea. Que no hay, como ocurre con tan lamentable frecuencia en otros partidos, pugnas internas. Las hay, claro, pero Rajoy cree que, bajo su autoridad indiscutida, al menos oficialmente indiscutida, quedarán minimizadas o hasta anuladas. Pretender hacer todo eso sin cambios de rostros en puestos clave en el elenco ministerial y en la propia sede de Génova resulta casi impensable. Y hasta es posible que Rajoy se vea forzado a hacer alguna leve remodelación ministerial, alguna sugerencia de ajuste en el PP, para animar el debate y a su propio personal antes del 24-m. Claro que ya conocemos el horror de Mariano Rajoy a los cambios, a los contactos con la prensa -dicen que los va a intensificar, pero «a su modo»–, a eso que se llama «operaciones políticas».
Lo que ocurre es que, dicen quienes bien le conocen, más allá, por tanto, de su aire siempre imperturbable, el presidente del Gobierno y del PP se siente crecientemente acorralado. No por la oposición, ni siquiera por los más ansiosos independentistas catalanes, ni por las exigencias europeas en cuanto al déficit, ni siquiera por las encuestas, que le siguen dando unas cotas de popularidad por debajo de las de Cayo Lara: Rajoy se siente acorralado a veces por los suyos propios, por esos alfilerazos intestinos que se prodigan entre Génova y algunos ministerios y entre ciertos ministerios entre sí, para no hablar ya de según qué candidatos/as a las elecciones de este mayo. Y en eso, solamente en eso, el PP empieza a recordarme a la UCD; y en eso, solamente en eso, y en el carácter penitente, Rajoy se me empieza a parecer a aquel Adolfo Suárez que acabó tirando la toalla. Pero es obvio que, ni para lo bueno ni para lo malo, Rajoy, personaje que me empieza a parecer irrepetible, es Adolfo Suárez, ni su «hoja de ruta» es la de aquel admirable presidente que, diga lo que diga ahora algún insensato desde una tribuna de Podemos, tanto contribuyó a restaurar la democracia en España.

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