Siete días trepidantes – En busca (y captura) del candidato.


MADRID, 4 (OTR/PRESS)

La selección de candidatos es algo que siempre provoca tensiones internas, desavenencias y malos humores en el interior de los partidos. Antes, eso se debía a que había muchos más aspirantes a candidatos para la mayor parte de los puestos que plazas por cubrir; y, claro, eran muchos los que se quedaban fuera. Bastantes indicios señalan a que el proceso, ante las municipales y autonómicas del próximo 24 de mayo, es el contrario: faltan aspirantes a entrar en política y son bastantes los que, hartos, están saliendo de ella. La «caza y captura» del candidato está en su apogeo, pese a la aparente tranquilidad de las vacaciones de semana santa.
La renovación de la «clase política» española es, obviamente, un hecho, al menos en la mayor parte de las formaciones que componen la oposición, y no tanto en el PP. Y el surgimiento de Podemos, y el de Ciudadanos como partido nacional, y no meramente catalán, está acentuando esa necesidad de búsqueda de «caras nuevas», fiables, con prestigio. Algo que no siempre se consigue entre el aluvión de trásfugas, oportunistas y aventureros que en no pocas ocasiones concurren a la «pedrea» sabiendo que las formaciones emergentes tienen más prestigio de marca que cuadros, más expectativas que militantes. Me consta, por ejemplo, que la dirección de Ciudadanos, que sigue establecida en Barcelona -lo que puede ser una ventaja para muchas cosas-, ha rechazado aspirantes en varias autonomías, como Galicia o Castilla-La Mancha.
Y, así, tanto Podemos como Ciudadanos están encontrando dificultades para encontrar candidatos idóneos a muchas alcaldías, para no hablar ya de las concejalías, e incluso, en el caso del partido de Albert Rivera, en alguna Comunidad Autónoma, como Cantabria. Resulta difícil armar toda una estructura partidaria para concurrir en ocho mil municipios -lo que ninguno de los dos citados hará, obviamente-, con la exigencia de poseer decenas de miles de militantes dispuestos a concurrir a las urnas, y más difícil aún es hacerlo en apenas unos meses. Se multiplican sobre mi mesa de trabajo los casos que narran cómo, con la vista puesta en el 20 de abril, que es cuando concluye el plazo de inscripciones, los «estados mayores» de todos los partidos, incluyendo los dos grandes nacionales, PP y PSOE, andan a la búsqueda del candidato idóneo. Por ejemplo en Cataluña. Porque allí, y en otros puntos de España, también «populares» y socialistas se enfrentan a serias dificultades para conseguir reclutar para sus candidaturas a gente nueva -no necesariamente, pero sí preferentemente, joven–, con trayectorias de honradez y preparación intelectual y con algún atisbo, al menos, de formación política.
Las primarias organizadas por casi todos los partidos, excepto el PP, no han dado un resultado tan satisfactorio como se esperaba, especialmente en el caso de Podemos, donde se han entrevisto conflictos internos en varias comunidades, derivados básicamente de la prisa con la que ha habido que organizarlo todo: cuando le comenté a un candidato andaluz de la formación de Iglesias que «se puede morir de éxito», me respondió, con cierta sorna, que «de éxito es de lo que siempre se muere, porque del fracaso se aprende; lo que pasa es que hay que tener tiempo para el éxito y para el fracaso, y nosotros no lo hemos tenido». De esta manera se explica en Podemos el proceso patentemente algo desordenado que está llevando a la selección, y a la elección, de responsables locales y de candidatos.
El cuerpo político de la nación, para colmo, está experimentando un fuerte y casi vertiginoso vuelco. El hecho de que, solamente en el último mes, Ciudadanos haya registrado un aumento en su afiliación de cinco mil personas -el crecimiento en Podemos se ha estancado, pero no se ha detenido; en los restantes partidos, excepto el caso del hundimiento de UPyD, la sensación es de inmovilidad-, muestra hasta qué punto se está registrando un vuelco que afecta no solamente al partido de Rosa Díez, que se ve afectado con dimisiones en masa por ejemplo en Málaga, sino también al PP. De la misma manera que el auge de Podemos ha desestabilizado muy seriamente a Izquierda Unida, donde la pugna de candidatos es clamorosa, y en menor medida también al PSOE, donde, tras la «batalla interna de Madrid», parecen haber quedado aparcadas las cuestiones referentes a las candidaturas, merced a unas elecciones primarias que, al menos, según comentó un miembro de la ejecutiva en la última reunión del comité federal, «han cumplido su misión».
Las tensiones internas afectan también a los partidos nacionalistas, incluyendo al PNV, que este domingo celebra el Aberri Eguna en un ambiente en el que los «moderados» de Urkullu se enfrentan a las tesis de quienes creen que hay que pelear con la ideología de Bildu en un espacio ideológico más cercano a los «abertzales»: ahí está ese algo extemporáneo «homenaje a Sabido Arana» previsto para este domingo. E incluyendo, desde luego, a Convergencia -no digamos ya a Unió, que parece estar cediendo militancia a formaciones independentistas–, en cuyo seno hay indicios de serias fricciones, concretadas en trasvases, incluso de posibles candidatos municipales, a Esquerra.
El fenómeno que está estallando en España no es único: resultó clamoroso el éxito de los «partidos pequeños» en el debate televisado de la campaña electoral británica, un debate que Cameron se negó a mantener en solitario con el candidato socialista Ed Miliband. Y es bien sabido lo que está ocurriendo en países como Francia, con la «amenaza lepenista» -que ha provocado el renacimiento del denostado Sarkozy-, en Italia, en Holanda o en Bélgica. Solamente en Alemania, donde, en cualquier caso, están surgiendo formaciones de carácter extremista, parece, en general, mantenerse una cierta estabilidad partidaria, derivada quizá, según algunos observadores, de la facilidad para formar gobiernos de gran coalición, algo que no ocurre en la mayor parte de los países citados.
La gran pregunta es si los resultados del 24 de mayo en España servirán para calmar las tensiones partidarias en España, en el mismo sentido en el que lo han hecho las elecciones andaluzas del pasado día 22. Qué duda cabe de que unos malos datos de votación para PP o PSOE acelerarán el éxodo de militantes y simpatizantes hacia otras formaciones. De la misma manera que los analistas de esos «estados mayores» de los dos grandes partidos creen que unos resultados «realistas y de sentido común» (es decir, menor votación de la esperada) de Podemos y Ciudadanos, como ha ocurrido, hasta cierto punto, en Andalucía, servirán para restablecer, hasta cierto punto, el «estatu quo» bipartidista. De lo que nadie habla, sorprendentemente, ni siquiera en vísperas de una infrecuente «cumbre» de la junta directiva nacional de PP, es de las reformas profundas imprescindibles para empezar a lograr ese restablecimiento.

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