Francisco Muro de Iscar – No es la comunicación.


MADRID, 5 (OTR/PRESS)

Los partidos políticos, especialmente los que gobiernan, le echan la culpa de sus malos resultados a la comunicación. Muchos de sus dirigentes se quejan de que a pesar de lo que han hecho, del cambio que se ha producido en la economía, «no lo sabemos contar». Ese «echarle la culpa» a la comunicación no es sólo cosa de los partidos. Empresarios y dirigentes de instituciones se quejan de que su problema es la comunicación. Que el PP tiene un problema de comunicación, como lo tienen el PSOE, UPyD o Izquierda Unida, es indudable. El problema es que no hay comunicación sin estrategia, sin objetivos claros, sin una hoja de ruta. El problema es saber qué parte de culpa toca a la estrategia, a la dirección del partido, de la empresa o de la institución, y qué parte toca, de verdad a la comunicación.
No se puede hablar de un problema de comunicación cuando se esconden o se ignoran problemas internos como la corrupción o los escándalos financieros; cuando se sustituyen las ruedas de prensa por comparecencias sin preguntas o a través de plasmas, para evitar que los medios de comunicación cumplan su trabajo; cuando se quiere domesticar a los medios y que sólo hagan halagos al poder; cuando se evita el contacto directo con los ciudadanos y se ignora a las organizaciones que les representan social, cultural o profesionalmente y sólo les llaman para que voten a favor cada cuatro años; cuando no hay autocrítica; cuando, haciendo un ejercicio indigno, se compara a Caritas con un partido político; cuando el dedo del máximo dirigente lo decide todo; cuando se ignora, incluso, a los órganos representativos del partido -Rajoy acaba de convocar a la Junta Nacional del PP que llevaba dos años sin reunirse- y sólo se les implica cuando se adivina el desastre. ¿Un problema de comunicación o un proyecto cuyo único objetivo real es tratar de conservar el poder al precio que sea?

«No sabemos explicar lo muchísimo que hemos hecho», dicen sus líderes. La comunicación no es un ungüento mágico que soluciona los problemas de fondo. La comunicación exige estar presente siempre, abrir las puertas, ser transparente, responder cuando la gente pregunta, escuchar a la gente, crear confianza.
No es un problema de comunicación, en mi opinión, sino un problema de liderazgo. El liderazgo político es la capacidad de combinar visión y objetivos para cambiar la sociedad. Pero, a diferencia del liderazgo empresarial -mucho más vivo, más ligado a los resultados, a la innovación- exige coherencia y transparencia. Las empresas que triunfan han tenido que pasar de modelos absolutamente jerarquizados a otros mucho más colaborativos, más horizontales. En la política, seguimos donde estábamos. El «líder» o los «aparatos» de los partidos -pasa incluso en Podemos- lo deciden todo por inspiración divina. Hasta ahora. No se puede hacer política sin ideas, pero tampoco sin identidad, sin coherencia y sin contar con los votantes. No es sólo ni principalmente un problema de comunicación. Es un problema de saber dónde vamos. Y de olvidar la vieja política y a los viejos líderes.

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