Fernando Jáuregui – La pérdida de poder «de Madrid».


La votación registrada en las urnas el pasado día 24 se puede analizar desde muchos prismas: pérdida de electores para el PP y para el PSOE, ascenso de fuerzas inéditas, fin de las mayorías absolutas y comienzo de la era de los pactos, viraje a la izquierda… Creo que han sido muy pocos los análisis que han incidido en otro aspecto: la pérdida de poder «de Madrid». Entendiendo, lógicamente, por el término «Madrid» la existencia de un poder central fuerte, políticamente conectado con el Gobierno de la nación o con el principal partido de la oposición. Quizá el viraje más significativo que se ha producido tras estas elecciones haya sido ese: «Madrid» tiene que contar cada vez más, para hacer una política efectiva, con autonomías y ciudades crecientemente «díscolas» a los dictados del Ejecutivo central. El «cuarto poder», a añadir a los tres clásicos de Montesquieu, es ahora el de los territorios. «Madrid» era la palabra ficción de la que los nacionalistas se quejaban que provenían todos sus males; ahora, nada va a ser igual.
Ya solamente quedan cinco días hábiles para llegar a la constitución de los ayuntamientos. Es el primer «round» de una profunda revolución política que se plasma en el poder territorial. Analizar el mapa municipal de España que se forjará el próximo domingo es un buen motivo de meditación para lo que ha dado en llamarse «clase política»: si todo discurre como está previsto y salvo sorpresas o «tamayazos» de última hora, el Partido Popular pierde el gobierno de doce ciudades, algunas tan importantes como Madrid, Valencia o Sevilla, aunque es cierto que se «queda» con el gobierno de una veintena; el PSOE tendrá alcaldes «debilitados» en siete capitales más que ahora (dieciséis en total); partidos nacionalistas tendrán alcaldes en seis capitales de provincia y fuerzas políticas nuevas, conectadas con una visión genérica de izquierda no necesariamente nacionalista, controlarán otras siete ciudades importantes, entre ellas las tres más grandes del país. Todo un vuelco, que si es verdad que no refleja el auténtico sentido de la votación global del pasado 24 de mayo, en la que ganó el PP, indica que el cambio, merced a los pactos, ha sido sustancial. Y luego viene el segundo capítulo de la «revolución territorial», la constitución de los gobiernos autonómicos. Y en septiembre, el tercero de estos capítulos, las elecciones «autonómico-plebiscitarias» en Cataluña…
Si el término «Madrid», tal como he comenzado a emplearlo, se encarna hoy en el palacio de La Moncloa y, por tanto, en el rostro de Mariano Rajoy, es indudable esta pérdida de peso a la que me estoy refiriendo. Una pérdida cuantitativa y me parece que también cualitativa, pese al considerable poder que aún les resta al PP y a su principal dirigente. Pero Mariano Rajoy habrá de aprender, a su costa, cómo se conjuga, en todas sus formas, el verbo «pactar», y no solamente con Ciudadanos para que le den la ayuda que permita a Cristina Cifuentes ser presidenta en Madrid: tendrá que pactar el día a día en la ciudad de Madrid, en la Comunidad de Castilla-La Mancha, en Extremadura, en Andalucía, en Valencia, en Baleares, en Aragón, en Canarias y no digamos ya en Cataluña, en el País Vasco o en Navarra, autonomía esta última donde todos lo han hecho todo lo peor posible en todo momento, comenzando por no haber derogado una disposición transitoria en nuestra Constitución, lo que ahora abre la posibilidad, confiemos que remota, de una consulta de cariz casi secesionista.
Ahí es nada la que se le plantea a un Rajoy lleno de sentido común e indudablemente patriota, pero que a veces da la sensación de estar atenazado por su innato inmovilismo: La Moncloa manda ahora menos que hace quince días, y «mandará» menos aún cuando se constituyan los gobiernos autonómicos sometidos a votación. Y no quiero ya ni siquiera pensar en lo que pueda ocurrir si las elecciones que ha convocado Artur Mas -y que yo creo que finalmente celebrará, por muy insensatos que parezcan sus planes- derivan en una catástrofe de Estado: comprendo que algunos en el seno de un PP desmoralizado estén aconsejando al presidente que haga coincidir las generales con ese falso «plebiscito» catalán, adelantándolas a septiembre. Pero Rajoy es, como a él le gusta decir, previsible (salvo cuando es imprevisible, claro) y yo casi descarto cualquier salto arriesgado desde el trampolín al que se aferra. Temo que habrán de ser otros, con mayor cultura y facilidad para el acuerdo y para el trapecio, los que forjen ese gran pacto territorial, que debería ser el primero de los muchos -para la reforma constitucional, del estado de bienestar, socio-económico…– que habrían de cimentar la España regeneracionista a la que aspiramos muchos. Y en esa España diferente «Madrid» tiene, naturalmente, que perder poder. Mal que les pese a algunos.

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