Francisco Muro de Iscar – El cambio, a prueba.


MADRID, 14 (OTR/PRESS)

Nos hartamos de llevarnos a la boca «la voluntad popular» para justificar o criticar la composición de los nuevos ayuntamientos. Quienes han pactado con lo que sea para descabalgar al PP del poder, sumando, incluso, lo insumable, se justifican diciendo que «la voluntad popular» ha dejado claro que no quiere arrogancia ni mayorías absolutas. Los desalojados del poder a pesar de haber ganado las elecciones con una mayoría que en ocasiones se quedaba a un escaño de la victoria absoluta, dicen que «la voluntad popular» ha sido burlada. Pero eso ya no importa. Los políticos, de uno y otro signo, se pasan con harta frecuencia la voluntad popular por donde les parece. Y mientras no haya una reforma de la ley electoral, con listas abiertas, distritos electorales y segunda vuelta, nada va a cambiar.
Los pactos son siempre buenos, incluso cuando se tiene mayoría absoluta, porque amplían los horizontes y reducen la discrecionalidad. Pero hay que hacerlos pensando en los ciudadanos y nunca desde el resentimiento ni desde la violación de los principios propios o de los límites constitucionales. En esta ocasión hay pactos contra natura -como los que ha firmado el PNV para llevar a EH Bildu a los ayuntamientos de Vitoria y Pamplona y el que se prepara de Navarra-; como los que ha firmado Podemos también con Bildu; o los del Partido Socialista en la Comunidad de Valencia, dando alas al independentismo de Compromís, o a Bildu, con su abstención en Vitoria, por sólo citar algunos. También podríamos hablar del apoyo del Partido Socialista en Madrid a Podemos, después de que su líder negara esa posibilidad en la campaña, tantas veces, al menos, como Pedro negó a Jesús. Los ciudadanos vuelven a ser engañados otra vez y el político que miente, en lugar de explicarlo y marcharse a casa, sigue en su puesto.
El «A por ellos, oé», dirigido este vez contra el PP -que había hecho muchos méritos para no contar con la simpatía de ningún otro partido y que ha perdido todo allí donde había ganado- ha producido ayuntamientos de riesgo, como lo son, sin duda, los de Madrid, Barcelona o Valencia, entre otros muchos. Algunos de esos ayuntamientos han contado con el aval del PSOE, incluso a alcaldesas dispuestas a infringir la ley o a concejales «de cultura», como el de Madrid, capaz de burlarse de los judíos o de las víctimas del terrorismo. Peor es lo de Vitoria o Pamplona, donde se están jugando asuntos de enorme trascendencia para el futuro de España y serio, muy serio, lo de Barcelona o Valencia.
Esperemos que los nuevos ayuntamientos gobiernen pensando en los ciudadanos y no desde el resentimiento. Pensando en crear empleo y riqueza y no en repartir miseria. En justicia y no en venganza. Cuatro años pueden levantar una ciudad o hundirla, pero pasan muy deprisa. Que se lo digan a los de Bildu en San Sebastián. Y nada es para siempre. Que lo piensen los que han gobernado durante décadas en Madrid o Valencia, por ejemplo. También necesitamos una buena oposición. El cambio está a prueba.

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