Francisco Muro de Iscar – Una manera de ejercer el poder


MADRID, 17 (OTR/PRESS)

John Arbuthnot, un escritor satírico escocés, decía que «todos los partidos políticos mueren al final por haberse tragado sus propias mentiras». Buen diagnóstico, válido para la Escocia de hace doscientos años y para la España de hoy. Hay cosas que cambian poco y lecciones que no aprendemos, por mucho que mejore la educación y la ciencia. Seguramente alguien dijo también hace cientos de años -y más cerca- que las promesas electorales no se hacen para cumplirlas y que los programas electorales son sólo «sugerencias», por lo que eso del «compromiso» con los electores es, demasiadas veces, una patraña para engañar a incautos. La única solución es que la futura ley electoral -muy futura- obligue a los candidatos y a los partidos a firmar ante notario qué van a hacer y a qué se obligan si no lo hacen. «De vez en cuando, escribió Frank Mckinney, un hombre inocente es elegido para una legislatura». Amén.
Lo mismo sucede con el poder absoluto, que todos creíamos que era agua pasada. No he sido nunca partidario de que una sola persona, después de hablar consigo mismo -o, incluso, sin necesidad de hacerlo-, decida asuntos que nos afectan a todos, nombramientos para ejercer cargos públicos de primer orden o inversiones que nos van a endeudar a todos los ciudadanos durante décadas. Pero eso, lamentablemente, se produce en el Gobierno de la nación, en los partidos, en las comunidades autónomas, en los ayuntamientos y en los sindicatos un día sí y otro también. Con dinero de los contribuyentes.
El presidente Rajoy -pero antes Adolfo Suárez, Felipe González, Zapatero, Aznar, etc.- ejerce el poder como si fuera suyo y no lo tuviera delegado por los ciudadanos. Que algunas competencias, como disolver las Cámaras, convocar elecciones o nombrar ministros, le estén reservadas, no quiere decir que deba ejercerlas de forma individual ni que pueda hacer lo quiera ni que pueda designar a quien le plazca sin explicaciones. Y lo mismo se puede decir de los partidos políticos, donde el aparato es un eufemismo que esconde el absolutismo más impresentable.
Que, además, Rajoy diga un día que no va a hacer cambios; al siguiente que ya veremos; al otro, que la semana que viene; y más tarde que quién ha hablado de cambios, es una ofensa a los ciudadanos y una manera de ejercer el poder, sin dar explicaciones a nadie, sin debatirlo con su equipo, que está reñida con la democracia. Nadie puede tirar la primera piedra. Todos hacen lo mismo. Las listas de Ahora Madrid-Podemos o las del PSOE al Ayuntamiento de Madrid se las han hecho a Manuela Carmena -y así nos va- y a Antonio Carmona y los dos han tragado. Lo del movimiento asambleario y la responsabilidad es una coña para llegar al poder. Ciudadanos toma más decisiones en la cúpula que en la base. En UGT y Comisiones o en la CEOE, otro tanto. Tenemos que cambiar las reglas del juego para acabar con esa forma de hacer política.

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